La primera tele de bolsillo. O casi.

No es la primera vez que mencionamos en esta web una de las principales obsesiones de Clive Sinclair a lo largo de su carrera como inventor y empresario: la tele de bolsillo. En su juventud, allá por los años cincuenta del siglo XX, la electrónica aún era una ciencia nueva y Tito Clive la aprendió de manera autodidacta a base de miniaturizar y simplificar diseños. Pronto cayó en la cuenta de que si fabricaba grandes cantidades de componentes pequeños y sencillos podría hacerlos más baratos y así también podría vender más. Su primera empresa, Sinclair Radionics, se fundó en 1961 con esa idea y no tardaría en alcanzar el éxito con sus microamplificadores y radios de bolsillo, pero Clive era ambicioso, tenía la mira puesta en retos mayores y así, en 1966 presentaba el prototipo de una revolucionaria TV en miniatura. La elegante Microvision constituía un reto tecnológico para cualquier empresa; de hecho, no pasó la fase de prototipo porque su fabricación en serie habría salido tan cara que esfumaba cualquier atisbo de rentabilidad. Pero si algo distingue al Tío Sinclair es su cabezonería: tuvo que esperar una década entera para ver realizado su sueño, pero al final se salió con la suya como no podía ser de otra manera:

A pesar de su pequeño tamaño, la Microvision TV1A nos parecerá hoy día un simpático armatoste, pero a finales de 1976 se convirtió en la segunda TV de bolsillo comercializada en el mundo (seis años antes Panasonic había lanzado la TR-001)  Todo un hito para Sinclair Radionics, que por esas fechas atravesaba un profundo bache tanto financiero como de confianza tras el pandemónium del Black Watch y el bajón experimentado por el sector de las calculadoras de bolsillo, en el que la empresa británica también era un referente a escala mundial. Con la amenaza de quiebra merodeando sobre su cabeza, Sir Clive confió sus escasas posibilidades de salvación a una máquina que en principio no parecía carente de buenos mimbres, pero que se apartaba por completo de la filosofía que hasta entonces había distinguido al negocio que regentaba: ofrecer productos vanguardistas al precio más bajo posible.

Inicialmente destinada a ejecutivos sibaritas (hoy los llamaríamos ejecutivos geeks) y gente con un poder adquisitivo tirando a alto, razón por la cual se vendió inicialmente sólo en los USA, la Microvision estaba construida en torno a una pantalla CRT en blanco y negro de tan solo dos pulgadas de ancho, diseñada por la casa alemana AEG Telefunken en exclusiva para Sinclair Radionics y alimentada por unas caras baterías recargables, aunque su rasgo más especial estaba en la compatibilidad tanto con la norma PAL/SECAM como con la NTSC. Esto convertía a la Microvision en una suerte de “dispositivo global” capaz de funcionar en cualquier país del globo, algo nunca visto hasta entonces ni siquiera en los televisores de salón más elitistas.

Pero claro, tanta exclusividad se cobraba su precio y cuatrocientos (400) dólares yanquis de 1976 no era una suma a despreciar. En la práctica, tal como se indica aquí y teniendo en cuenta que pesaba en torno a 26 onzas, unos 700 gramos, el precio por onza de la Microvision era superior al de la plata (!). Ésa fue la principal razón de su fracaso, pero no la única: el aparato era bueno y hasta ofrecía una calidad de imagen aceptable para los estándares de la época, pero el mundo era entonces muy diferente al que conocemos y las prioridades de la gente, incluso de aquella susceptible de adquirir un chisme como este, eran otras. Hoy no concebimos salir a la calle sin nuestro smartphone a cuestas y en Madrid incluso los autobuses urbanos tienen Wi-Fi gratis con el que puedes conectarte a Internet. A finales de los 70, si no querías aburrirte camino del trabajo te llevabas un libro y santas pascuas. Captar la señal de TV con una tele en miniatura y una antena orientable era muchas veces imposible. Perdías más tiempo haciendo que “eso” se viera bien que abriendo una buena novela, y encima era mucho más caro. Definitivamente, y tal como le ocurriría a Sinclair otras veces, la Microvision fracasó porque se adelantó demasiado a su tiempo.

La foto la he sacado de aquí, por si os interesa sumergiros en el proceloso océano de las teles tamaño mascota.

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