Poco o nada nuevo puede contarse en torno a Clive Sinclair, fallecido de cáncer en septiembre de 2021 y sobre cuyo legado se vertieron ríos de tinta tras el suceso. Especialmente en los medios de comunicación británicos, porque su figura representa el último periodo en que la industria del país, entendida como algo que manufacturaba productos tecnológicos destinados al consumo masivo y buscaba innovar en ese campo generando valor añadido, pintó algo en el concierto de las naciones desarrolladas.

Hoy la «innovación» británica reside y se ejerce aquí.

Como inventor y empresario, Sinclair no puede entenderse fuera de la época en la que comienza a despuntar. Entre el final de los años cincuenta del siglo pasado y hasta mediados de los setenta, las clases medias surgidas tras el final de la Segunda Guerra Mundial vivieron una época de esplendor jamás visto, origen a su vez de un baby boom que más tarde se convertiría en una marea de consumidores potenciales de productos como la música, generándose a su alrededor un negocio de proporciones gigantescas. No es casualidad que Sinclair comenzase su carrera vendiendo amplificadores y otros aparatos similares, igual que hizo Alan Sugar.

Amplificador Sinclair System 2000 (1968).

Esa clase media maduró en el seno de una economía pujante que, al calor del Estado del bienestar auspiciado por temor a lo que Nikita Jrushchov denominó Plenitud Roja, repartía cierta riqueza entre el vulgo permitiéndole aspirar a una vida mejor, empujada en parte gracias a una revolución tecnológica sin precedentes en la historia. Llegó un momento en que los consumidores buscaron acceso a las innovaciones que esa revolución proporcionaba.

Y ahí, al quite, estuvo un tipo como Sinclair, dispuesto a brindarles ese acceso asumiendo los riesgos que comportaba ponerlo al alcance de la gente corriente, adelantándose por años al futuro. Hoy todo eso ha desaparecido: paradójicamente, la implantación de un capitalismo salvaje que adopta políticas económicas cada vez más ultraliberales ha matado la innovación, porque fomenta la creación de oligopolios que no necesitan arriesgarse compitiendo entre sí para obtener beneficios. Un Clive Sinclair dispuesto a jugárselo todo por adelantarse al futuro es hoy por hoy inimaginable; pero a cambio tenemos a sujetos como Elon Musk, que pueden venderte eso que llaman «cultura del esfuerzo» sin necesidad de mencionar que sus padres hicieron fortuna explotando minas de oro en la Sudáfrica del apartheid con mano de obra esclava.

La herencia recibida.

Pero conviene no olvidar que Clive no fue ningún santo: aunque muchas veces se refiriese a sí mismo como «un inventor» seguía siendo capitalista de pro que renegaba de las ayudas públicas que le habían salvado de la ruina al final de los 70; y pese a no dar prácticamente pie con bola desde que lanzó el Spectrum, se las arregló para dejar una fortuna al morir estimada en cien millones de euros. Lo que le diferenciaba respecto a coetáneos / competidores como Jack Tramiel o el mismo Alan Sugar, caracterizados por un pragmatismo casi brutal a la hora de hacer negocios, podría definirse con palabras utilizadas por el actor y productor francés Jacques Chancel, quien afirmaba que no pretendía darle al público «lo que quería» sino «lo que podía llegar a querer». Y eso fue lo que hizo Clive (o al menos lo que intentó hacer) casi desde sus inicios, pero sobre todo a partir de los años setenta: crear productos para un mercado todavía inexistente, y convencer a la gente de comprarlos.

El empeño de Clive por «abrir mercados» ofreciendo productos de alta tecnología a precios accesibles para la clase media europea, le llevó a lanzar una serie de chismes estrafalarios tanto en su planteamiento básico como en su diseño interior y exterior. Especialmente cuando Sinclair alcanzó la cima de su trayectoria vital y empresarial y pudo hacer realidad todos sus sueños, aunque la mayoría acabasen en pesadilla por ese empeño tan suyo de adelantarse al futuro en un mercado que, para su desgracia, toleraba cada vez menos ensoñaciones. La era gloriosa de Sinclair Research, con su auge y estrepitosa caída, representó el punto álgido de una filosofía que era más un modo de vida que de empresa, en la que el trabajo de Rick Dickinson forma parte de la leyenda no ya de una marca, sino del diseño industrial en su conjunto.

«Es feo, lento y poco práctico». Lo mismo que se decía del Volkswagen Escarabajo.

Por todo ello quise montar una encuesta en la que la gente pudiese votar cual fue, a su juicio, el producto más esperpéntico lanzado por Clive Sinclair. Obviamente no están todos, sino los que en su día fueron juzgados precisamente como «esperpénticos» (amén de con otros calificativos a modo de epíteto) por todo lo que intentaban ser pero sin lograrlo, a causa de las limitaciones impuestas por esa mencionada filosofía «tan Sinclair» que pretendía (haciendo una analogía algo chusca) poner la Luna al alcance de la plebe sólo poco después de que Neil Armstrong la hubiese pisado, y sin necesidad de empeñar una fortuna a cambio. Pretensión que, continuando el símil lunar y salvando las distancias, podría equipararse al argumento de películas como esta, esencialmente muy loable pero que no siempre se traduce en éxitos, como el propio Sir Clive pudo comprobar a lo largo de su vida.

 

Sin votos: a Microvision TV1

Ya he escrito numerosas veces en esta web acerca de la tele de bolsillo como una de las principales obsesiones de Clive Sinclair, y uno de los inventos que mejor ilustran su carácter visionario. Desde que existen los teléfonos móviles multimedia (o smartphones, si es usted un español palurdo de esos que se empeñan en usar el inglés para referirse a todo pero no tienen ni puta idea de hablarlo), ver la tele en cualquier parte es un hecho cotidiano que no llama la atención de nadie. Sinclair lo hizo posible… en 1976.

Como ya dediqué un texto a este peculiar chisme, no me extenderé más sobre él. Que no haya recibido votos tiene cierto sentido, porque la realidad es que muy poca gente lo conoce y menos aún lo ha visto con sus propios ojos. Hubo quien me sugirió que debería haber metido la TV80 en su lugar, coetánea del Spectrum, antecesora de otros inventos jloriosos de Sir Clive y más conocida por haberse lanzado cuando la marca Sinclair vivía su apogeo y estaba en boca de todos. Pero en relación a la TV80, la TV1 resulta más esperpéntica por lo inoportuna, demasiado adelantada a su tiempo, lo que la condenó al fracaso desde el principio.

 

5 votos: la A-Bike

Primera aparición en la encuesta de la otra obsesión de Sir Clive: la movilidad urbana personal, condensada hoy en el acrónimo / anglicismo / nuevo guiño a palurdos presuntuosos MVP.

Aunque las bicicletas ciudadanas existen desde hace lustros, no fue hasta tiempos bastante recientes que se pusieron de moda en virtud de una serie de factores estimulantes. El primero de ellos la «guerra al coche» emprendida por muchas grandes ciudades para combatir su eterno caos circulatorio y la creciente contaminación, que unida a una mejora significativa en los transportes públicos convirtió la bicicleta en el medio ideal para cubrir distancias cortas (por ejemplo la que separa tu oficina de la estación de Metro más próxima) en poco tiempo, como alternativa al coche particular.

Si a eso le unimos la posibilidad de plegarla para poderla llevar en el vagón sin ocupar apenas sitio, pudiendo incluso guardarla bajo la mesa de tu escritorio o despacho durante tu jornada laboral, pues miel sobre hojuelas. El problema es que muchas bicis plegables para ciudad pueden no ser del todo apropiadas para megalópolis como Londres, cuyo Metro transporta más de mil millones de pasajeros al año y tiene una hora punta demencial. Incluso una bici relativamente pequeña puede ser incómoda de llevar por los pasillos y molestar a otros pasajeros en un vagón atestado. Modelos como la célebre Brompton, con una relación pliegue / practicidad insuperables, son como un Rolls Royce de dos ruedas y cuestan un ojo de la cara. ¿Qué hacemos entonces si queremos prescindir del coche o la moto, pero sin renunciar a movernos más aprisa que andando?

La respuesta de Sinclair fue llevar al extremo el concepto de bicicleta plegable proponiendo esto:

Obra del diseñador británico de origen griego Alex Kalogroulis y lanzada al mercado en 2006, la A-Bike sufrió el destino de otros «inventos locos» del Tío Clive: considerada inicialmente como esperpéntica por diseño y tamaño, lo que a juicio de muchos ridiculizaba a quien se montaba en ella, el tiempo la ha colocado en su sitio de una forma que pocos podríamos haber imaginado entonces. Su cortísima distancia entre ejes unida a su escaso peso la hacía inestable al pedalear, y el pequeño tamaño de las ruedas (inicialmente seis pulgadas y media) provocaba que hasta el mínimo bache se notase en tus nalgas; pero hay que reconocer que el diseño básico era muy ingenioso. Sucesivas mejoras y la introducción de una versión eléctrica en 2016 no han despojado a la A-Bike de su aire esperpéntico, pero se ha convertido en un digno medio de transporte personal que hasta ha sido copiado descaradamente por los chinos. Algo tendrá, digo yo. Y ojo porque sigue a la venta, lo que convierte a la A-Bike en el producto by Sinclair más longevo comercialmente de la historia.

 

6 votos: el QL

El propósito de Clive de introducirse en un mercado de ordenadores más serio que el destinado al Spectrum, teóricamente más estable y lucrativo, acabó mal. Si damos por cierto lo que se cuenta en la película Micro Men (y no hay razones para pensar que sea mentira), la idea de comerle la tostada a IBM desarrollando un competidor en cuestión de meses en vez de años poniéndolo a la venta cuatro veces más barato, sólo podía salir como salió. Y así y todo, estuvo a punto de salir bien, al extremo de que si Clive y sus chicos del Metalab hubiesen empleado un poco más de tiempo en depurar fallos y puesto una disquetera al cacharro, estoy convencido de que habrían tenido un bomba entre manos. Dicho en el buen sentido, claro.

Atentos a lo que guarda aquí este tío.

 

7 votos: el Spectrum

No podía faltar, no me lo nieguen. Y los votos son ciertamente merecidos, porque el Spectrum no dejaba de ser un esperpento en virtud de sus pretensiones. El periodista Jim Lennox lo despedazó en la revista Technology Week afirmando que no era otra cosa que un ZX-81 mejorado, incapaz de estar a la altura de sus competidores por su aspecto de chiste, su teclado confuso, sus decepcionantes colores y la inutilidad de su altavoz más allá de unos cuantos pitidos sólo aceptables para videojuegos. Como rúbrica sin atisbo alguno de compasión, apostilló que «después de probarlo, creo que las pretensiones de Sinclair de haber fabricado el ordenador más potente por menos de quinientas libras son insostenibles«.

Transcurridas cuatro décadas desde aquello me gustaría saber la opinión del tal Lennox si es que vive. Porque nadie en su sano juicio durante 1982 habría imaginado nunca, jamás, que un día el Spectrum se convertiría en esto.

 

11 votos: en realidad, todos lo fueron

Y es que tampoco se le podría negar a quien lo sostenga que todos los productos Sinclair seleccionados para esta encuesta eran esperpénticos, cada uno a su nivel. En realidad casi podría decirse que todo el catálogo de productos Sinclair fue esperpéntico en mayor o menor grado. Las razones ya han sido sobradamente expuestas a lo largo de este artículo. Incluso en relación a su primer producto comercial, un diminuto microamplificador lanzado en 1962, el dibujante de la revista ZX José Carlos Tomás escribió que «no es mayor que una pelotilla nasal».

 

12 votos: el Black Watch

El Reloj Negro que hizo honor a su nombre. Poco más puede comentarse sobre el mayor desastre tecnológico y comercial en la historia de Sinclair.   

 

15 votos: el C5

Otro cacharro sobre el que casi huelga comentar nada; para empezar porque, dada la cantidad de espacio que le he dedicado en esta web casi podría pasar por «mascota no oficial» de la misma. Ganador indiscutible de la encuesta con total merecimiento: sólo unos días antes de ser presentado al público con gran pompa y boato allá por 1985, nadie habría imaginado que semejante esperpento sería posible y se haría realidad.

Un vehículo que hace girar las cabezas a su paso. Igualito que un Ferrari.

No es para menos. Del C5 podría decirse que, junto a la ya mencionada tele de bolsillo, es el otro artefacto que ilustra lo visionario que podía llegar a ser Clive Sinclair. Posiblemente sea el que más lo ilustra, corrijo. La popularidad del C5 es hoy mayor que nunca, algo en lo que han ayudado no sólo Internet y las redes (a)sociales, sino el auge experimentado por el coche eléctrico desde hace ya algunos años y del que Clive intentó sacar tajada a su manera. Un auge que él predijo e intentó convertir en fenómeno de masas dos décadas antes de que Tesla lanzase al mercado su primer coche eléctrico.

Clive Sinclair: «Dicho esto me puedes comer la polla, Elon».

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