Poder tortugoso

En esta web son muy pocos los juegos que he comentado pertenecientes a la última etapa comercial del Spectrum, que va más o menos de 1989 a 1993. La razón es que mi primer Spectrum llegó en 1983, siendo yo un niño, y eso marca. Seis años después me había convertido en un adolescente con inquietudes propias de esa etapa de la vida (resumidas esencialmente en follar y emborracharse), por lo que pasar horas enganchado a los videojuegos quedó en un plano secundario. Además sabía muy bien lo que se cocía en otros universos tecnológicamente mucho más desarrollados que el del Spectrum, como el del Amiga, y veía el Spectrum como una cosa viejuna, obsoleta, desfasada y pasada de moda, por lo que no tardó en acabar fuera de casa.

Así era como muchos veíamos al Spectrum entre el final de los ochenta y el principio de los noventa. Algunos lo veían incluso más antiguo aún.

Poco podía imaginar que a mediados de los noventa volvería a trastear con un Spectrum gracias a los emuladores, pero básicamente me centré en disfrutar otra vez con los juegos que habían marcado mi niñez. Por supuesto aproveché para probar un montón de juegos pertenecientes a esa última etapa comercial del Spectrum antes citada, que en muchos casos ni siquiera conocía o de los que a lo sumo había visto fotos desparramadas en alguna revista. Pero mi interés se reducía a probarlos más que disfrutarlos porque en general los encontraba fríos y sin alma, carentes de la personalidad que había destacado a la mayoría de clásicos primigenios que yo veneraba. Por supuesto eran juegos técnicamente muy avanzados, porque para 1989 y más allá los programadores que aún trabajaban profesionalmente con el Spectrum conocían sus entresijos mejor de lo que se conocían a sí mismos; pero aunque conseguían logros que yo jamás hubiese imaginado posibles en una máquina semejante, aquello no tenía la gracia de los juegos de antaño. O quizá sólo fuese que, simplemente, había dejado de ser niño.

Aun así, hubo juegos que consiguieron impresionarme más allá de la técnica o de lo bonitos que pudiesen ser sus gráficos, porque además resultó que también eran muy divertidos.

Durante el paso de los años ochenta a los noventa del siglo XX, las Tortugas Ninja contribuyeron a revolucionar el atrasado panorama cultural de los jóvenes españoles, que en aquel periodo entre décadas se morían por todo lo que oliese a manga o anime japonés… aunque tuviese origen estadounidense. A las Tortugas las habían parido dos historietistas yanquis en 1984 con la intención de parodiar a los superhéroes tradicionales, influidos de paso por las culturas orientales y sobre todo por la japonesa. Japón era entonces el país de moda especialmente en USA, donde su influencia se dejaba sentir en todos los aspectos de la vida cotidiana, y aquellos dos hombres no hicieron otra cosa que aprovechar el tirón. Pero merced al atraso antes mencionado, aquí nos conformábamos con series japonesas que se hacían pasar por españolas y transcurrirían años hasta que las Tortugas llegasen a la Piel de Toro. E inicialmente lo harían sólo en formato de dibujos animados, justo a tiempo para que la película producida entre otros por Raimond Chow (muñidor de los trabajos más conocidos de Bruce Lee, así como también implicado en el legendario desastre de Blade Runner) no cayese en saco roto.

Lo crean o no, toda esta gente está lejanamente emparentada con las Tortugas Ninja.

La repentina popularidad de las tortugas fuera de Estados Unidos no era un hecho aislado en absoluto. En el Reino Unido también lo estaban petando entre los adolescentes locales, por lo que su desembarco en el Spectrum era inevitable, aunque antes serían los japoneses (cómo no) los encargados arrancar una franquicia de videojuegos que aún hoy perdura pese a que sus protagonistas no gocen ya de la popularidad de otras épocas. A finales de los ochenta Konami se encargó de lanzar los que seguramente son los dos más conocidos y recordados, el primero de ellos un plataformas para la NES; el segundo una recreativa del tipo «yo contra el barrio» (lo que conoce como un beat ´em up). Ambos alcanzaron grandes cotas de reconocimiento, particularmente en el segundo caso, y por tanto era de esperar su conversión para ordenadores personales, Spectrum incluído.

En 1990 nadie dudaba que el Speccy era un ordenador en vías de extinción; pero aunque así fuese, continuaba siendo importante para el negocio de muchas empresas de software, incluso de aquellas que estaban migrando con éxito al floreciente mercado del los 16 bits y las videoconsolas japonesas de nuevo cuño. El Spectrum seguía teniendo una fuerte presencia en los hogares de medio mundo (especialmente en los europeos) y desdeñarlo podía ser un grave error, como prueba el hecho de que el juego protagonista de este artículo vendiese 420.000 copias ¡en un sólo mes!; en noviembre de aquel año.

A ello construyó, indudablemente, la inmensa popularidad del fenómeno Tortugas Ninja, pero también la no menos inmensa calidad del juego diseñado por David Perry y Nick Bruty. Era tal que puede afirmarse, sin temor alguno a exagerar, que estamos ante uno de los mejores programas jamás realizados para Spectrum en cuanto a la parcela técnica. Pero es que además tampoco desmerece en el resto.

Sobre el equipo formado por Perry y Brutty ya conté algo en este artículo y por ello no me voy a extender glosando su biografía, particularmente interesante en el caso del primero y que aún recuerda con mucho cariño sus inicios como programador profesional gracias al ZX-81 primero y al Spectrum después. De su habilidad dándole a la tecla dan fe programas como Teenage Mutant Hero Turtles, caracterizados por un explosivo colorido al que Nick Bruty contribuía de forma decisiva con sus diseños gráficos. Desde su primera colaboración (Trantor en 1987) ambos dieron probadas muestras de su talento. Se divertían trabajando en el filo de la navaja, al límite de las posibilidades del Spectrum, buscando rebasarlas a la menor oportunidad. Así fue como crearon Savage (1988), que de inmediato se convertiría en uno de los grandes clásicos para el ordenador de Sinclair; un juego imprescindible para cualquier talifán del sistema, capaz de impresionar incluso a los propietarios de máquinas mucho más potentes.

La orden transmitida a Perry y Bruty por su jefe («Escribidme el mejor juego de la historia») fue cumplida al pie de la letra.

Sin embargo, aunque la calidad de aquel programa sea incuestionable, Teenage Mutant Hero Turtles es probablemente su obra maestra para el Spectrum. Convencidos en la idea de llevar al micro de Sinclair un juego originalmente creado para la NES, el dúo Perry – Bruty no sólo consiguió «calcarlo» a la perfección sin dejarse nada en el tintero, sino en ocasiones hasta mejorarlo teniendo en cuenta las posibilidades del Spectrum . Todo ello en 48 Kb, lo que sin duda constituye una hazaña se mire como se mire. El juego era visualmente deslumbrante, colorista a más no poder. Exprimiendo a tope las técnicas usadas en trabajos previos, Perry se las arregló para crear un programa fenomenal, cuyos gráficos lucen sin rastro de la temida mezcla de atributos pese a la arriesgada combinación de sprites y fondos a todo color desplazándose unos sobre otros, cosa que por lo demás se hace de forma rápida y suave, con una respuesta a los controles sin titubeos. Es algo verdaderamente admirable, pese a que el área de juego no sea demasiado grande. Porque parte del truco para conseguir lo que aquí se consigue reside en eso, en reducir el tamaño de la «zona de acción» (lo que se hace dentro de unos límites razonables, todo sea dicho) y, para evitar sensación de «vacío» llenarlo todo alrededor con marcadores de puntos, de energía e incluso con los logotipos de las tres empresas que pagan las facturas, colocados indisimuladamente en las esquinas.

Pero eso no resta méritos al resultado final, ni muchísimo menos. Hay miles de juegos para Spectrum que, aún con una pantalla más pequeña que la de este, no alcanzan su excelencia visual ni remotamente. El juego que nos ocupa es más que eso, afortunadamente, y si bien el argumento sobre el cual gira (el clásico rescate de rehenes, con April y el Maestro Astilla como elementos principales) no es más que una excusa, su desarrollo es entretenido. Ya que las Tortugas viven y se ocultan en las alcantarillas, será este el escenario principal de la acción y sólo hará falta salir a la superficie en momentos puntuales, por lo general para trasladarse de una cloaca a otra.

De ello se deduce que la variedad de escenarios no es muy abundante pero ¿qué más quieren? ¡Este juego funciona en un Spectrum de 48 Kb! Y por si fuera poco se carga de un tirón, algo muy, muy raro de ver en 1990, cuando hasta los programas más sencillos que aún se publicaban para el micro de Sinclair lo hacían con destino a los modelos de 128 Kb y divididos en cargas múltiples. Si no tenías a mano una unidad de disco compatible o directamente un Spectrum +3, aquello implicaba morirse de asco. Daba tiempo a ver la versión de Guerra y paz filmada por Sergei Bondarchuck (ocho horas de vellón) en las pausas para cargar un programa.

Un verdadero tormento que Mike Perry y Nick Brutty quisieron evitar a los sufridos usuarios, acordándose ya puestos de quienes aún tenían un Spectrum «pequeño» en casa (ordenador para el que encontrar software nuevo era, cada vez más, misión imposible) mostrando de paso un genio poco común, ofreciendo un juego que además divierte. Aunque estemos hablando de la conversión directa de un juego procedente de otro sistema, su desarrollo me recuerda bastante al de otros inventos del dúo como Dan Dare III, un arcade en el que lo principal es desplazarse entre plataformas acabando con todo bicho viviente. La dificultad está bastante bien ponderada, y leyéndose las instrucciones para tener una mínima idea sobre lo que hacer y cómo, es posible aguantar una partida durante un tiempo razonable tras haber practicado un poco. Sea como sea aburrirse es muy difícil: los enemigos no dan tregua y en consecuencia la acción discurre vertiginosamente, hasta tal extremo que es posible completar el juego en menos de media hora.

Teenage Mutant Hero Turtles es un juego sensacional, que mostraba lo que un Spectrum era capaz de hacer incluso entonces, cuando ya pocos creían en él. Cada vez menos, a decir verdad. De muchos juegos de aquella etapa suelo decir que llegaron demasiado tarde; que tenían que haber llegado antes para haber dejado huella. Pero el caso de TMHT es una excepción y llegó en el momento justo: aprovechando la fama de las Tortugas Ninja (entonces en su máximo apogeo), el venerable Speccy pudo disfrutar uno de sus últimos clásicos gracias al talento desbordante de dos hombre geniales.

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