Enemigo mío

La llegada del Spectrum a mi hogar, a eso de finales de 1983, supuso un vuelco total a mi vida en muchos aspectos. Uno de ellos fue, en abierta paradoja a lo que se suele decir de los ordenadores, consolas y videojuegos en los medios de desinformación (que si encierran a los jóvenes en casa, si que les incitan a practicar la violencia macarra por la calle y cosas por el estilo) que me permitió conocer gente. Yo, que siempre me he considerado una persona retraída y nunca he sido de salir mucho por ahí, vi en el ordenador una manera de abrirme al mundo, de salir a conocer otras gentes y otros ambientes. De integrarme en la sociedad o en una parte de ella, al menos.

Hay que integrarse en el conjunto de la sociedad y tal.

De un modo u otro, bien a través del colegio, bien a través de sus padres, uno iba conociendo a chicos que, como tú, también tenían ordenador en casa. En aquella época formábamos una especie de “clase privilegiada”, el germen de la actual sociedad de la información, donde las computadoras representarían bien el inicio del Apocalipsis, bien la solución a todos los males del mundo.

Pero claro, que hubiese más gente que también tuviese ordenador en casa, no implicaba necesariamente que esa gente tuviese el mismo ordenador que tú. En aquella época estábamos todavía lejos de la relativa unificación de sistemas en que vivimos hoy, la oferta de marcas y modelos era sorprendentemente nutrida… y básicamente incompatible entre sí. Cierto que en el momento de la verdad, la elección se reducía a tres o cuatro opciones predominantes. Pero aún así era posible encontrarse con algunas curiosidades, como conocer a un chaval de origen norteamericano que tenía una Colecovision en casa. Nunca había visto nada semejante. Estamos hablando del año 82 más o menos, y para mí una Game & Watch era ya un artefacto de otra dimensión, así que imaginaos cuando me iba a casa de este tío a echarme unos “rulos” con el videojuego de Los Pitufos que tenía. O a ver capítulos de La Batalla de los Planetas (aka Comando G) en su video sistema 2000, otro artefacto que no había visto en mi vida. Pero esa es otra historia.

Los aficionados a los videojuegos somos gente normal.

La informática se abría paso a marchas forzadas por los hogares de todo el mundo. España no era ajena a este fenómeno solo que aquí el Spectrum, nuestro querido Spectrum, era el ordenador que la mayoría decidía comprarse por múltiples razones, que son de todos conocidas y sobre las que no vamos a insistir aquí. Pero siempre había alguien que se salía por la tangente y decidía descarriarse del rebaño comprando un ordenador de otra marca. ¿Quién no tuvo “enfrentamientos” con ellos? ¿Quién no discutió en el colegio con sus amigos, poseedores de un Amstrad o un C-64, sobre qué ordenador era mejor? ¿Qué poseedor de un venerable Spectrum no salió en su defensa cuando los tenedores de una máquina mejor se reían de él?

Durante el tiempo que tuve un Spectrum, ya fuera de 48 o 128 Kb, conocí a varios propietarios de C-64 y Amstrad CPC. Incluso tenía un amigo que era poseedor de un Dragon 64, además de un ZX-81 de segunda mano. Intercambiábamos mucha información sobre nuestros sistemas, pero rara era la vez en que la conversación de nuestras reuniones no derivaba hacia qué ordenador era mejor que otro. A lo mejor yo me traía la última Micromanía a casa de un amigo e indefectiblemente, al contemplar las imágenes de un juego de C-64 previamente visto en Spectrum no tardaba en “saltar la liebre”. O al revés: nos poníamos a jugar al Commando de Spectrum, después de haberlo jugado la semana anterior en la conversión para C-64, y no tardaba en escucharse el típico comentario de “vaya mierda” procedente del propietario del C-64 antes citado. Y desde luego tenía razón, pero a uno le enervaba ver cómo “esa gente” ponía su querido Spectrum a la altura del betún: “joer, es una mierda de ordenador. Fíjate que el Staff of Karnath no ha sido convertido al Spectrum porque no se puede”.

Aquí quería poner la imagen de una tangana en un colegio y al escribir “college fight” en Google me ha salido esto. No hagáis preguntas.

La típica conversación sobre “qué ordenador era el mejor”, tan habitual en aquellos tiempos en que convivían varios sistemas tan diferentes entre sí, era una de las cosas más absurdas, estúpidas e inútiles en las que una persona, tenga la edad que tenga, haya podido perder el tiempo jamás (a la misma altura de ver la TV o una peli de Michael Bay). No tenía en sí misma sentido alguno, porque todos sabíamos lo que era evidente: que en comparación a la inmensa mayoría de competidores el Spectrum era poco más que una mierda. Los que conocíamos otros sistemas “más serios” sabíamos de sobra que nuestra posición como propietarios de un Speccy era indefendible a la hora de compararnos con otros. Simplemente no había color, por ejemplo, entre el Ghostbusters de C-64, con su apabullante despliegue de sonido en la presentación inicial, y la versión de Spectrum, con ese “refrito de pitidos” que pretendían pasar por el conocido tema de Ray Parker Jr.

Hasta yo me reía entre dientes cuando me acordaba de eso. Pero hacíamos lo que podíamos para mantener nuestro honor lo más limpio posible, no dando tregua a aquellos que pretendían mancillarlo. En este sentido actuábamos un poco como los políticos o los picapleitos: aun a sabiendas de que nuestro adversario decía la verdad, nosotros tratábamos de buscar cualquier argumento favorable para defender lo prácticamente indefendible, asiéndonos a un clavo ardiendo con todos nuestras fuerzas. En este sentido las tácticas a utilizar podían llegar a ser hasta crueles de puro absurdas, como atacar a Jack Tramiel, el fundador de Commodore, superviviente de Auswitz y luego famoso por sus tácticas empresariales poco recomendables. Eso cuando no nos mentábamos directamente la madre, claro. En el actual clima de hipocresía, donde todo el mundo alza la voz por la pésima educación que reciben los niños mientras se pide a gritos retirar de la TV a Shin Chan por “obsceno”, a la vez que a ningún padre bienpensante parece importarle que su hijo de cuatro años se destete contemplando imágenes de una masacre en el noticiero de turno, apuesto a que nosotros habríamos ido a parar directamente al reformatorio, que no a prisión, acusados de hacer apología del Holocausto o de la xenofobia.

“Es un hijo de puta, pero lo decimos desde el máximo respeto y con todo el cariño”.

Que conste que todo era de muy buen rollo y sin ánimo de ofender, quede claro. Muchos éramos verdaderos amigos, que no dejábamos de tomarnos esto de la “competencia” entre sistemas un poco a coña marinera. Yo me refería a alguno de ellos como “enemigo mío”, tomando prestado el título de aquella peli de Dennis Quaid donde dos enemigos irreconciliables acaban convirtiéndose en grandes amigos pese a sus diferencias. Y como yo, conocía a unos cuantos usuarios de Spectrum que se pirraban por mangonear en otros sistemas, casi siempre mejores, dentro de un entorno de absoluta armonía. Al menos mayormente, porque recuerdo que en alguna ocasión algún crío acabó llorando porque otros aprovechaban su ordenador como “arma arrojadiza” para meterse con él. Ya se sabe lo cabrones y perracos que pueden llegar a ser los niños si se ponen a ello con ganas. Pero el caso es que ¿quién en su sano juicio no “presumió de ordenador” alguna vez para ganarse la popularidad entre amigos y compañeros de clase? Yo mismo fui de los primeros de toda mi clase en tener ordenador, y además traído de Inglaterra, lo que lo hacía más especial que un Spectrum “corriente”. Durante mucho tiempo utilizaba ese argumento para “imponer respecto” entre mis amigos y los recién iniciados con el Speccy: no solo era más veterano que la inmensa mayoría de ellos, sino que además mi ordenador también era “especial”.

Como diría cualquier vejete igual que yo, “eran otros tiempos”. No se si hoy en día los críos harán lo mismo con sus PCs, pero sea como sea no creo que se llegue a los extremos de jactancia que algunos teníamos entonces para con nuestros ordenadores, ya fuera en broma o en serio; hoy en día la informática es algo tan usual y está tan extendido en nuestras vidas que casi carece de sentido “presumir de PC”. O al menos esa es la impresión que tengo cuando me muevo por los cibercafés de Madrid, habitualmente atestados de críos a media tarde. Además hoy en día los chavales (y hasta los niños) presumen de móvil, no de PC, con la ventaja añadida de que el susodicho te lo puedes llevar a la disco y enseñarlo a alguna tía con la esperanza de que suene la flauta y así ventilártela en el asiento trasero del coche tuneado.

Y si no, puedes apelar a su estómago, a ver si cuela.

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