Aunque no fuesen su única obsesión, los vehículos eléctricos fueron la mayor obsesión de Sinclair, para quien las calculadoras o los ordenadores (en especial estos últimos) no eran sino un accesorio para obtener sus fines. Esa obsesión no se vio mitigada tras el fracaso del C5, y pese a sus consecuencias, Clive volvería a la carga transcurridos apenas seis años lanzando la bicicleta Zike, de la que apenas vendió 2.000 unidades en el plazo de un año (había previsto vender 10.000… cada mes). Al menos, a Clive le dio la oportunidad de volver a aparecer en la tele como el showman que era.

Man business, show business.

Por descontado, aquel traspiés no desanimó a nuestro hombre, que en el plazo de sólo veinticuatro meses (en realidad doce tras el cese de producción de la Zike por la baja demanda) volvió a la carga con otra propuesta para motorizar “limpiamente” las calles. El ZETA (acrónimo en inglés de “accesorio para el transporte cero emisiones”) era ni más ni menos que eso. Visto en la actualidad podría pasar por una de esas aspiradoras robot que tanto gustan a los gatos para subirse en ellas, pero no era otra cosa que un motor eléctrico que podía acoplarse en cualquier bicicleta y la propulsaba con ayuda de una correa de goma para mover la rueda trasera.

Como era costumbre en los inventos del profesor Bacterio Tito Clive, la idea la era muy buena pero fallaba en cuanto a su puesta en práctica, en parte por chocar con las limitaciones de una época para la que llegaba demasiado pronto. En ausencia de tecnología capaz de proporcionar un producto adecuado a las circunstancias, el ZETA era difícil de montar, pesaba mucho y en funcionamiento resultaba sorprendentemente ruidoso. En cuanto a prestaciones la impresión tampoco era mejor: su autonomía real apenas alcanzaba un puñado de kilómetros incluso pedaleando nosotros al mismo tiempo, mientras que la escasa potencia lo inutilizaba en las cuestas y lo recalentaba al extremo de tener que apagarlo para que se enfriase, indicativo de un diseño no muy bien depurado cuyos problemas se agravaban a causa de un deficiente control de calidad durante el proceso de fabricación. Un tiempo de carga de 14 horas ponía la guinda a un trasto que, pese a recibir críticas furibundas, aún consiguió vender 15.000 unidades y tener dos versiones posteriores con peso y tamaño más contenido, lanzadas en 1997 y 2000 respectivamente.

No es un recortador de setos, es un ZETA II funcionando.    

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