Cuando el Renault 12 fue presentado en España al principio de los años setenta, un grupo de periodistas de una importante revista del motor tuvo la idea de viajar hasta la casa de Salvador Dalí en Cadaqués para que el artista estampase su firma en el capó de sendos coches, los cuales se convirtieron de inmediato en piezas de museo. Salvando las distancias la imagen siguiente me recuerda aquella anécdota, con la diferencia de que la persona que firma el Gomas no esta tan mal de la pinza como lo estaba Dalí; pero al igual que él, fue y es un gran artista.

Siempre he sentido admiración hacia Steve Turner. Incluso en la época en que no me gustaban sus juegos procuraba hacerme cuanto antes con todo lo que publicaba, para ser el primero en probarlo. A pesar de su desmesurada dificultad, Avalon (1984) estableció nuevas pautas a seguir en el futuro y tanto su secuela Dragontorc como Astroclone o Quazatron estaban muy bien realizados, aunque yo siempre echaba a faltar detalles que me enganchasen a ellos. Todo cambiaría en 1987 con la llegada de Ranarama, que mezclaba la estética de la recreativa Gauntlet con conceptos sacados de Avalon y Quazatron para dar forma a una auténtica obra maestra. Incluso el nivel de dificultad estaba perfectamente ahorquillado para, si no acabar el juego, al menos poder avanzar durante largo rato sin poner en peligro nuestra salud mental.

La historia se repetiría al año siguiente con Intensity, en comparación un producto menor pero injustamente olvidado por los fans del videojuego clásico, que no deja de ser otro manjar cuya degustación ocasional resulta más que recomendable; otra delicatessen servida en bandeja de plata por un Turner al que muchos considerábamos el Bryan Ferry del bit, y cuyo talento se exhibió más allá del elegante código con el que modelaba sus programas: fue de los pocos que logró hacer fortuna con ellos a través de su propia compañía, Graftgold, y también de los pocos que sobrevivieron a la debacle europea de los 8 bits (la propia Graftgold sobrevivió hasta 1998), si bien acabo dejando el mundillo para dedicarse a otras labores relacionadas con las tecnologías de la información, ganando aún más dinero que cuando hacía videojuegos. Hoy disfruta de una apacible vida de jubilado, aunque tampoco pierde ripio del sector que le hizo famoso y de vez en cuando concede alguna entrevista o se deja caer por algún sarao para fans del retrogaming, casi siempre de la mano de quien fue su socio (a la par que amigo) durante muchos años: Andy Hewson.

Tanto esta foto como la primera pertenecen al foro de discusión que Hewson mantiene en Facebook, cuya visita se recomienda por el material audiovisual que aglutina, sobre todo fotos olvidadas o poco conocidas de los tiempos en que Hewson dirigía la empresa para la que Graftgold trabajaba: Hewson Consultants. La simbiosis de ambas dio pie a una de las uniones más fructíferas en la modesta historia europea de los videojuegos, particularmente desde 1986. Un legado que convirtió a Steve Turner en mito y que hoy le capacita para otorgar valor a cualquier cosa en la que estampe su firma. Aunque se trate de un pequeño Spectrum.

2 thoughts on “El valor de una firma”
  1. No entiendo de programación pero puedo apoyar tu idea de que esta gente hacia obras maestras. Me acuerdo de un tipo allá en montevideo que tenia un negocio de venta de juegos para spectrum, o como le decíamos, para tk90x, que decía lo mismo de los programas de hewson. Que tiempos, esta nota me trajo a la memoria esa época… Y un día todo se perderá como lágrimas en la lluvia…

  2. Ya se ha perdido en buena medida. Los fans del Spectrum y otros chismes contemporáneos de esa época nos parecemos cada día más a los coleccionistas de juguetes de hojalata.. Hacer lo que esta gente hacían en máquinas como el Spectrum tenía, indudablemente, mucho mérito.

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