Vida después de la muerte (II)

La publicación de nuestro anterior editorial ha tenido consecuencias: algunas personas me escribieron para felicitarme por el texto y por descubrirles el excelente artículo de Richard Gabor, aunque en realidad deberían felicitar más a quien puso el enlace en Speccy.org. Lo que más me sorprendió fue recibir un correo del mismísimo Richard, al que un colega le había traducido el texto y que, aparte de agradecerme los buenos comentarios vertidos sobre su trabajo, realizó una serie de jugosísimas puntualizaciones. A continuación os pego parte de aquel correo con los respectivos comentarios, traducido del inglés:

“En tu artículo he encontrado dos pequeños errores (si lo he leído correctamente):

– En Hungría el 99% de nosotros no usaba clones del Spectrum sino Spectrum originales con teclado de goma, comprados en Austria y pasados a escondidas por la frontera :). Por supuesto que podías comprar un clon en Hungría, pero el precio era muy superior.

– La imagen de tu artículo no está digitalizada, sino que está dibujada a mano con la particularidad de que tiene ¡47 colores! Originalmente se trata de una imagen gigascreen (mezcla de dos imágenes idénticas con un máximo de 15 colores entrelazados, lo que nos da un máximo de 30 colores en la imagen final). No se cómo, pero con esta lograron superar el límite de 30 colores. Se trata de algo único en los videojuegos rusos para Spectrum, créeme. He jugado con unos 800 juegos (400 de ellos rusos) y este es el más colorido.

Richard”

Cuantos más detalles conozco sobre esta imagen más asombrado estoy. Para hacer esto ¡a mano!, saltándose además los límites teóricos del gigascreen, hay que ser un puto genio. Y tener unos huevos como melones, por supuesto.

De todo lo anteriormente expuesto por Richard, lo que más me llama la atención y me resulta más divertido es la referencia al ¿contrabando? de Spectrum en la frontera austrohúngara. Era algo que desconocía y de hecho, si os leéis la editorial anterior, veréis que cito Hungría como podía haber citado Polonia o cualquier país del antiguo bloque soviético. No obstante debí habérmelo imaginado dada la situación estratégica de Hungría al otro lado del Telón de Acero. Sinceramente desconozco si en otros países del este de Europa se daba la misma situación, que no era ni mucho menos exclusiva de los empobrecidos regímenes comunistas de la zona. Parece que ya nadie recuerda que algunos tuvimos que hacer lo mismo en la próspera y capitalista España de principios de los 80, comprando nuestros ordenadores en Inglaterra para ahorrar en un precio que aquí era dos veces más caro. Cierto que no fuimos tantos como en Hungría y que yo tuve mucha suerte al conocer un amigo que me hizo el favor. Pero estoy seguro que, de haber podido, la inmensa mayoría de quienes tuvieron que pasar por cojones bajo el yugo de Investrónica habría ido a esa cuadrilla de usureros y le habría hecho un corte de mangas a la primera oportunidad.

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