Un homenaje a Paco Menéndez (primera parte)

Su nombre nunca salió en la primera página de los periódicos. Nunca fue titular de portada en un telediario. No fue una gran estrella mediática siempre en candelero. Ni siquiera era conocido entre los muchos que disfrutaban su obra día si día también. Sin embargo aquel joven retraído y poco dado a los baños de masas acabó siendo, queriendo él o no, uno de los mayores genios que ha dado el software de entretenimiento español en toda su historia. Aquel chico se llamaba Paco Menéndez.

Detrás de tan poco rimbombante nombre se escondía un personaje excepcional que ocultaba bajo su apariencia, tan común como la del más común de los mortales, una mente febril que hervía de actividad y ansias de conocimiento dentro de la rama en la que mejor desarrollaba sus habilidades: la electrónica y los ordenadores.

Me atrevería a decir que Paco Menéndez era un personaje realmente atípico para su época. En 1988, viviendo en la cumbre de su fama, premiado por la revista Microhobby como el mejor programador del año, con su Abadía del Crimen siendo alabada por la crítica y el público, Paco seguía empeñado en llevar una vida corriente y moliente. En un momento irrepetible en el que personajes de la talla de Don Priestley, Steve Turner o nuestro Víctor Ruiz eran tratados por los aficionados a los videojuegos casi como si fueran estrellas de rock, Paco Menéndez llevó siempre una existencia discreta, alejada completamente del glamour de algunos de sus colegas más famosos.

Al más puro estilo Ultimate, cuyos juegos él admiraba, su vida estaba envuelta en un halo misterioso, casi místico, aun a pesar de conceder entrevistas con mayor frecuencia que los impenetrables hermanos Stamper. Mientras tanto Paco se dedicaba a lo suyo: programar juegos como forma de superarse a sí mismo y a las limitaciones de las máquinas con las que trabajaba, contemplando el oficio de programador como una prueba de ingenio, un arte cuya mayor satisfacción no era tanto el ganar grandes cantidades de dinero como el reconocimiento personal, tanto proveniente de uno mismo como de todos aquellos que probasen sus juegos. En esto último Paco Menéndez era si cabe aún mucho más atípico. Cuando el mundo de los juegos de ordenador empezó a convertirse en lo que es hoy, en una industria donde la ley del mercado impera sobre el romanticismo, Paco decidió abandonar y marcharse. Quizá pensó que una retirada a tiempo era una victoria. Lo hizo siendo fiel a su estilo, con discreción, sin armar jaleo. La cortinilla que hasta entonces envolvía su vida se convirtió en un grueso telón, quedando las andanzas de aquel hombre cubiertas por la penumbra para la inmensa mayoría de los mortales. Tal era esa penumbra que cuando murió pasó mucho tiempo hasta que se pudo confirmar la triste noticia. Paco se fue de la misma forma que había vivido: con discreción. Para entonces ya había dejado una impronta indeleble en la historia del software de entretenimiento.

Asturies, patria querida, Asturies, de mios amores.

Aquel ilustre avilesino había nacido allá por 1965. Llegó a esto de los ordenadores del mismo modo que muchos colegas suyos durante los primeros años ochenta: por pura y simple casualidad. Cursando el bachillerato empezó a mangonear como quien no quiere la cosa con el aparatoso y rudimentario Commodore PET del instituto. En esa época lo normal era que no hubiera un solo ordenador en la inmensa mayoría de los centros de enseñanza, por lo que el joven Paco podía considerarse muy afortunado. Sin apenas darse cuenta empezó a destacar en el manejo de la máquina y unos pocos meses después, contando sólo 17 años, ya estaba trabajando de modo “profesional” junto a dos amigos del centro de estudios, Carlos “Charlie” Granados y Fernando Rada. Los dos habían llegado a aquella situación de un modo tan casual como el de Paco, casi cómico: un representante de la empresa Indescomp que pululaba por el SIMO les pescó toqueteando en un ZX-81. Debió quedar bastante impresionado por las habilidades de los dos zagales, y al poco los tres ya estaban trabajando a todo gas en un puñado de proyectos para promocionar la llegada del Spectrum a España. Uno de esos proyectos, Fred, se convertiría en el primer juego para el ordenador hecho en España junto con la legendaria Pulga, este último ideado por otro peso pesado del software de entretenimiento español: Paco Suárez.

El éxito de Fred sobrepasó todo lo imaginable. Luego llegarían Sir Fred (teórica segunda parte de Fred, aunque no tenía nada que ver con aquel) y el juego que colocó a Paco Menéndez en el Olimpo de los creadores de videojuegos: La Abadía del Crimen. Yo tuve la inmensa suerte de poder vivir el nacimiento de todos aquellos mitos, y tenía diez años cuando en el mismo año que se publicó Fred (1983) llegó a casa mi primer ordenador, un Gomas de 48 Kb que un amigo de mi padre nos trajo desde Manchester aprovechando un viaje para visitar a unos familiares que vivían allí. Fred fue el cuarto juego que tuve para mi recién estrenado cacharro (el primero fue el Jet Pac) y por supuesto enseguida me enganché con él. Era muy simple, tenía poco colorido en comparación con el Jet Pac, un scroll muy brusco y no sé cuantos defectos más para mi gusto; pero rezumaba simpatía por los cuatro costados, y lo más importante: era terriblemente divertido además de variado, por aquello de que en cada partida los laberintos nunca eran iguales. No tenía ni idea de quienes eran los creadores de aquel invento, pero me daba igual. Simplemente me dedicaba a pasar gélidas tardes invernales de sábado jugando al Fred, tratando de llegar lo más lejos posible para ver qué sorpresas escondían los nuevos niveles y batir mi récord de puntos.

Durante los años posteriores asistí al resto de lanzamientos de Paco Menéndez y los jugué. Reconozco que Fred fue mi favorito por lo sencillo que resultaba y el ajustado nivel de dificultad. Sir Fred lo recibí con mucha más tibieza. Técnicamente era portentoso, y nada más ver las primeras fotos me moría de ganas por verlo funcionando y echar unas partiditas con él. Cuando por fin lo probé coincidí plenamente con los críticos de Micromanía, que achacaban el peor defecto del juego a lo que paradójicamente era su mayor virtud: un movimiento del protagonista muy elaborado, pero demasiado complejo. La gran variedad de acciones que Sir Fred podía ejecutar al moverse constituían algo revolucionario para 1986 pero el juego, ya de por sí muy difícil para mi gusto, se complicaba todavía más por culpa de ese movimiento tan enrevesado. Nunca llegué a terminar Sir Fred sin ayuda de pokes, y lo cierto es que al poco de tenerlo ya los estaba usando para ver cuanto antes alguna de sus maravillosas cincuenta pantallas, a las que no podía llegar de ningún otro modo.

Junto a la definición de la palabra geek debería aparecer esta foto.

A fin de cuentas yo era un poco inglés para los juegos, como seguramente me hubiese dicho el mismísimo Paco. Él prefería los juegos complicados, orientados a hacer que el jugador se rebanase los sesos tratando de resolverlos. A mí me encantaban los juegos españoles por su perfeccionismo técnico y su vistoso aspecto, pero me exasperaba su dificultad y no aguantaba demasiado sin trucarlos. Por eso me sorprendió mucho, pero muy agradablemente, la enorme expectación que levantó Sir Fred en Inglaterra, donde fue distribuido en exclusiva por Mikro-Gen tras pegarse de palos con un montón de compañías que querían distribuirlo allí. El juego no tuvo malas ventas, aunque los responsables de Made In Spain no quedaron demasiado contentos con la experiencia a causa del incumplimiento del acuerdo económico prometido por los ingleses.

Yo seguía sin saber apenas nada de Paco Menéndez y de su vida obra y milagros, y como yo mucha otra gente. En la revista Microhobby había salido junto a sus “secuaces”, un grupo de chavales que no llegaban en ningún caso a los veinte años, dentro de una entrevista concedida durante el proceso de desarrollo del Sir Fred. Para los lectores habituales de Micromanía, entre los que me incluyo, Paco Menéndez no existía salvo porque su nombre salía en los créditos de los juegos que él había programado. Y ya. De todas formas bien es cierto que, aun con la repercusión que tuvo Sir Fred en los medios especializados de la época, la vida de Paco Menéndez no debió cambiar para nada. Mientras Víctor Ruíz se convertía en nuestra estrella programativa indiscutible gracias a los réditos de Profanation y otros juegos suyos de esa época como Camelot Warriors, la figura del ínclito Paco seguía envuelta por la cortina del misterio como si de un programador de Ultimate se tratase. Junto a sus colegas había creado dos juegos estupendos, pero él continuaba en segundo plano como si la cosa no le importase en absoluto. A lo suyo, que era divertirse programando.

Continua en Un homenaje a Paco Menéndez (segunda parte).

2 thoughts on “Un homenaje a Paco Menéndez (primera parte)

  1. La Pulga no es de Gonzo Suárez, sino de Paco Suárez.

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