Sólo puede quedar uno

En la actualidad, nombrar Los inmortales implica referirse a una película icónica del cine reciente y en especial de los ochenta, una década que fue nefasta para el conjunto de la sociedad pero especialmente para la cultura y en particular para el cine, convertido en instrumento de propaganda de la “revolución conservadora” impulsada por el infame Ronald Reagan. Poniendo un solo ejemplo para no extenderme demasiado, Doce del patibulo, Chinatown, o Apocalypse Now dieron paso a Rambos, amaneceres rojos y similares, amén de todas las astracanadas que sustituían los buenos guiones por raciones ingentes de efectos especiales. En resumen, cine insustancial y pueril para un público a su mismo nivel, que merced al pertinente adoctrinamiento (que no idiotización) iría aumentando sin solución de continuidad durante toda la década.

Los inmortales se circunscribe a este escenario, y es imposible entenderla fuera de él. Porque la película, en realidad, es muy poca cosa pese a lo que puedan decir mitoplastas y nostálgicos gratuitos de  cualesquier pelaje. Baste decir que es una de las películas favoritas de Sylvester Stallone, y con eso está dicho todo. Porque hablamos de un tío que se considera “artista”, es presuntamente adulto (calza ya más de 70), y luego va y te pinta cuadros como este:

No diga Rambaud, diga Rambo.

Lo que seguramente sorprenderá a los citados mitoplastas, nostálgicos y demás sabiondos de bar es que Los inmortales resultó un fracaso cuando se estrenó. En una época en que este tipo de cine atraía público a las salas como la mierda a las moscas, no fue a verla ni el aire. Hizo una taquilla risible, colofón a un rodaje infernal en el que el director hubo de lidiar con un protagonista que no sabía actuar (y encima bizco), otro que actuaba en plan “piensa en el cheque” y unos productores en horas bajas que le sometían continuamente a recortes presupuestarios dignos de cualquier gobierno liberal. El ambicioso guión, escrito por un estudiante, quedó en consecuencia reducido a los huesos. Solo se salvaban las canciones de Queen y la música del prematuramente fallecido Michael Kamen, pero entre unas cosas y otras el resultado quedó a la altura de esas pelis que salen directas a vídeo doméstico.

Bizconti, no Vizconde.

Con tales antecedentes, tampoco sorprende que el videojuego basado en la película quedase poco menos que a la altura de la película misma.  El paso del tiempo ha hecho que Montañés (la traducción del título original, que hace referencia al origen escocés del protagonista) sea visto como un equivalente en videojuego a esas comedias involuntarias tan populares hoy; esas piniculas que hacen gracia sin proponérselo, englobadas en lo que genéricamente se denomina “cine basura”. Que Highlander es una basura lo reconocen hasta sus propios autores, empezando por Simon Butler.

En este vídeo Butler no se corta en hacerlo, cargando las culpas del fistro resultante a Ocean. Simon ya no recuerda quién tuvo la idea de convertir Los inmortales en un videojuego; pero sí recuerda, y dolorosamente además, cómo los jefes de la empresa obligaron a aparcar los ambiciosos planes que Butler y su equipo tenían para el juego, porque según ellos debía estar listo para antes de Navidad. Sí o sí. Lo que esos jefes no tuvieron en cuenta es que en 1986 ya no era posible crear un súperventas en quince días como tres años antes. O quizá sí lo tuvieron en cuenta, pero no les importó mientras algunos incautos picasen el cebo. Los suficientes para sacar beneficios de un programa en cuyo desarrollo se invirtió menos que en una ración de haggis.

El resultado de cagomitar y envolverlo todo después que se seque. Only in Scotland.

Hoy la desmemoria, voluntaria o no, juega en favor de Ocean y su legado, de manera que muchos juzgan a la firma como algo tope chachi, máximo exponente de un periodo de nuestra historia en el que todo era de color rosa y tal. Una idea que ha terminado calando incluso de forma hagiográfica, cuando en realidad Ocean estaba más cerca de ser una empresa española al uso, de esas que generan riqueza en beneficio de la comunidad. Dice mucho al respecto que antiguos empleados como Jonathan Smith y en especial Bob Wakelin no quisieran participar en eventos donde pudiesen toparse con sus exjefes. Simon Butler pertenece al mismo club. Lo mejor del vídeo reside en el sentido del humor que despliega mientras cuenta cómo él y sus compinches perpetraban un atentado que, sin embargo, nos anima a probar si todavía no lo hemos hecho. Confiando, eso sí, en que no apeste demasiado nuestro joystick.

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