Se llama Robert Maxwell

Clive Sinclair nunca fue un hombre especialmente dotado para los grandes negocios. Aunque es cierto que no le faltó habilidad, arrojo y la necesaria pizca de suerte para forjar un pequeño imperio empresarial, luego demostró muchas limitaciones para gestionarlo correctamente. Los descabellados planes de expansión de Sinclair Research, en base a invertir grandes sumas en productos futuristas pero mal diseñados y con poca o nula proyección comercial, llevaron a la firma a una situación insostenible a mediados de 1985. A Sir Clive no le quedó otro remedio que buscar a alguien dispuesto a enjugar las deudas que le acosaban, y entre los varios pretendientes que surgieron pronto hubo uno que destacó sobre los demás.

El pasado verano se cumplieron veinticinco años de la frustrada compra de Sinclair Research por parte del magnate Robert Maxwell, una de las figuras más controvertidas en la historia reciente del Reino Unido. Su muerte, ocurrida en circunstancias poco claras mientras navegaba en su yate por aguas de las Canarias, no hizo sino aumentar esa controversia al descubrirse los turbios manejos de sus negocios. En ese momento, año de 1991, Maxwell se encontraba arruinado y llegó incluso a apropiarse del fondo de pensiones de sus trabajadores para tapar el enorme agujero de sus empresas. Por ello se especuló en un principio con la posibilidad de un suicidio, aunque con los años han ido surgiendo todo tipo de teorías a cual más peregrina, que van desde la caída accidental por causa de una fuerte borrachera a un asesinato orquestado por el Mossad, para el que se dice que pudo haber trabajado durante décadas como agente encubierto.

Antes de eso, Ján Ludvík Hoch se había convertido en una especie de versión británica de William Randolph Hearst. Nacido en una región de la antigua Checoslovaquia situada hoy en territorio ucraniano, padeció en sus carnes la vesania criminal nazi y “anglosajonizó” su nombre tras escapar a Gran Bretaña y enrolarse en el ejército, con el que participó en la liberación de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Maxwell formó parte de una clase de emprendedores hoy prácticamente extinguida, capaz de darle cien patadas a cualquier listillo con tres carreras y dos MBA, que al igual que el mismo Sir Clive suplió su falta de formación académica con la perspicacia y las agallas necesarias para hacer fortuna aprovechando las necesidades del mundo de la postguerra. En 1951 había adquirido una pequeña editorial y treinta años después la había convertido en una de las más grandes del mundo. Ambicioso y con un fuerte carácter, la maniobra para comprar Sinclair Research fue una de las pocas que le fallaron durante su época de gloria. Clive había logrado renegociar la deuda con sus acreedores y al final pudo seguir al frente de su empresa, al menos durante un tiempo.

Tito Max haciendo una exhibición de poder.

Nunca sabremos lo que el imperio del Tío Sinclair habría ganado o perdido con el dueño del Daily Mirror al timón, aunque teniendo en cuenta el final de esta historia dudo mucho que su destino hubiese cambiado, y hasta es posible que habría podido ser aún peor. El óbito de aquel hijo de humildes campesinos judíos puso al descubierto sus trapos sucios, que eran muchos. Del estupor por su muerte se pasó casi de inmediato al estupor por todo lo que había escondido en vida. Como su colega Hearst, a todo lo bueno que mostró para convertir un negocio modesto en un enorme conglomerado de empresas le unió una falta absoluta de escrúpulos. Hearst lo pagó con la ruina. Maxwell, además, lo pagó con su vida.

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