Mi reino por una espada

Si hay un género cinematográfico que despuntó al inicio de los años ochenta ese fue el de la espada y brujería, prácticamente inexistente hasta entonces. La idea de llevar al cine las aventuras de Conan el Bárbaro se venía barruntando desde mediados de la década anterior, impulsada entre otros por quien habría de ser su encarnación en pantalla (Arnold Schwarzenegger), pero solo empezó a fraguar cuando el productor Dino de Laurentiis adquirió los derechos. Como buen proyecto liderado por un empresario italiano (y encima de Nápoles), su gestación estuvo repleta de contratiempos y las anécdotas al respecto se cuentan y no acaban. Inicialmente Il Capo no quería ver a Schwarzenegger ni en pintura, y únicamente el fuerte carácter del director John Millius (un tipo cuya biografía es absolutamente fascinante) le hizo echarse atrás. Empeñado en adelgazar facturas a toda costa, De Laurentiis decidió que la película se rodaría en Yugoslavia; pero entonces el mariscal Tito, que había gobernado allí durante casi cuarenta años utilizando un puño de hierro cubierto con guante de seda, se fue para el otro barrio. Temeroso acerca de la estabilidad del país a corto plazo, el productor decidió trasladar los bártulos a España, país de cuya estabilidad en aquel momento hablan los más de 130 muertos por actos terroristas durante 1980. Uno cada dos días y medio. El equipo se encontraba filmando exteriores en Segovia cuando le sorprendió el 23F.

El gran misterio del 23F revelado al fin: la principal reivindicación de los golpistas era visitar el rodaje de Conan el Bárbaro para zumbarse a Nadiuska.

El éxito de Conan (recaudó cien millones de dólares contra un presupuesto de 16) hizo del personaje lo que actualmente hipsters y tontos de baba en general llamarían “tendencia” o, directamente, “un influencer. Lo cierto es que no se puede negar el influjo que el cimmerio más famoso de la historia tendría en la cultura de los ochenta, inspirador de toda clase de zetosidades (¡un saludo a Tunka el Guerrero!) y hasta de una de las mejores historietas de Superlópez. También de videojuegos, por descontado. No en vano Conan es una leyenda juvenil, y aunque su presencia pueda adivinarse en multitud de programas, curiosamente nunca lo haría de forma oficial en el Spectrum pese a que en 1985 estuvo a punto de hacerlo por obra y gracia de Datasoft, firma que ya tenía experiencia trasladando mitos del cine y la TV al ámbito de los videojuegos (Bruce Lee, El Zorro). Por desgracia, Conan: Hall of  Volta no llegó a ver jamás la luz del día salvo en máquinas yankis, con el Commodore 64 como portaestandarte de un juego, por lo demás, algo vulgar y anodino. En el Spectrum, lo más cerca que estuvimos de “sentirnos Conan” fue con Barbarian y su secuela, dos magníficos juegos creados por un talifán del personaje (y de la peli del Chuache), en los que supo captar como nadie su esencia. En dos palabras: sexo y violencia. Con todo, se echaba de menos algo más de aventura, siguiendo los esquemas de la obra original de Robert E. Howard. Como juegos de lucha cumplían, pero en conjunto se quedaban algo cortos.

Pantalla de carga del nonato Conan de Datasoft.

Estoy plenamente convencido de que, de haberse publicado hace treinta o treinta y cinco años, The Sword of Ianna habría sido el perfecto juego de Conan para el Spectrum pese a no llevar su nombre por ningún lado. Todo en este juego destila aires de puritito Conan empezando por su argumento, aunque por la forma de jugarse recuerda bastante al Blackthorne publicado por Blizzard en 1994. Cambia la ambientación postapocalíptica de aquel, pero el desarrollo de la partida consiste esencialmente en lo mismo: moverse de plataforma en plataforma mientras abrimos cerraduras para acceder a nuevas zonas del mapa, recogemos objetos que nos ayudarán a progresar en nuestra misión y combatimos a los enemigos que tratarán de obstaculizarnos.  Hasta se incluye una secuencia introductoria a la partida, y al igual que sucedía en aquel viejo clásico epocal, la capacidad de ejecutar numerosos movimientos con agilidad y rapidez es vital para la supervivencia, y ello da pie a enumerar los muchos aspectos brillantes de este Sword of Ianna, que a decir verdad son casi todos.

Porque el juego difícilmente podría estar mejor hecho. Ya que hablamos de movimientos su suavidad, velocidad y precisión resultan encomiables y contribuyen (quizás decisivamente) al enganche del eventual usuario, incluyendo detalles hasta graciosos como el polvo que levanta el protagonista al frenar tras una carrera, en lo que parece un guiño directo a Sir Fred. Pero es que las demás características que se nos pueda ocurrir juzgar no van precisamente a la zaga: los gráficos siguen la habitual línea preciosista de su creador, Pagantipaco, y resultan elegantes sin llegar a cotas de recargo innecesario, evocando el ambiente de una fantasía épica como esta del modo justo y necesario. Quizás se eche en falta un poco más de diversidad en los escenarios cuando se lleva un rato jugando, pero no deja de ser una cuestión personal. Sonido y música ponen la guinda a un programa diseñado y programado con precisión de cirujano desde el primer al último aspecto, algo que se nota desde el mismo momento que accedemos a la página web oficial para ojear el producto y decidir cómo lo queremos disfrutar.

Hasta ese punto llega Retroworks, ofreciendo la posibilidad de jugar con The Sword of Ianna en multitud de formatos, incluyendo una versión para MSX 2 que, siendo bastante buena, no alcanza las cotas de excelencia de la de Spectrum porque esta última exprime mucho más a fondo un ordenador siempre limitado en recursos. Aparte es evidente el desvelo de los autores hacia esta máquina en particular: si tienes un Spectrum +3 hasta puedes bajarte una edición específica para volcar a disco de 3″ y jugar con él. Siempre totalmente gratis, sin pagar un duro, aunque los “retroaficionados” más impenitentes (o con mayor afán coleccionista) disponen de una opción extra: adquirir The Sword of Ianna en edición física. Y no hablamos de una simple y llana cinta de casete ilustrada con una carátula más o menos decente, sino de esto:

Resulta increíble que en pleno siglo XXI aún haya gente dispuesta a sacrificar tiempo y dinero (en especial lo último) para alumbrar algo así. Porque hablamos de un producto destinado a un público minoritario, con el riesgo que ello implica para cualquier inversión. Por eso iniciativas como esta no pueden ser más elogiables, en especial cuando se tiene en cuenta lo que uno se lleva a casa incluso cuando decide no pagar. Si decide lo contrario, el acicate resulta lo bastante jugoso como para merecer sobradamente el desembolso. Y si además tiene que ver con un juego estupendo como el que nos ocupa, pues miel sobre hojuelas oigan.

En resumen, The Sword of Ianna es el mejor juego aparecido en 2017 para el Spectrum. Más que un juego es una experiencia, perfectamente disfrutable por cuanto su dificultad está además bien estudiada, animando al progreso del jugador sin ponérselo jamás demasiado cuesta arriba. Si se hubiese lanzado hace tes décadas habría podido competir con cualquier lanzamiento comercial de entonces, incluso superándolos por presentación, características y calidad general, muy notables en todo caso, cuando no directamente sobresalientes. Siendo exclusivo para el Spectrum de 128 Kb, The Sword of Ianna habría sido uno de esos juegos capaces de justificar por sí solos la compra del ordenador, tal como ocurre hoy día con esos “juegos franquicia” utilizados por los fabricantes de videoconsolas para espolear las ventas de sus productos. Y ese es, tal vez, el mayor defecto de este espléndido programa: que llega treinta años tarde.

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