Primera novedad (del año)

Se entiende que es la primera de este 2019 recién comenzado que pruebo ¿no?

Proveniente de Rusia, Gluf podría definirse como una especie de Q-Bert, pero protagonizado por una rana en vez de por un bicho marciano. Tal como sucedía en aquellas clásica recreativa de Gottlieb, nuestro objetivo es ir saltando entre plataformas para “pintarlas” de un color determinado.

Las semejanzas con la máquina, no obstante, acaban ahí. Dejando aparte la naturaleza del escenario, realizado también a varias alturas pero en dos dimensiones y no en tres, Gluf añade un marcado componente estratégico por la limitada cantidad de “pintura” que la rana puede llevar consigo. Esta se representa en un medidor que decrece conforme pisamos baldosas sin pintar, lo que nos obliga a llenarlo en ciertos puntos determinados, a los que habremos de acudir a menudo porque la “pintura” se gasta con sorprendente rapidez. Así hasta completar el trabajo, desplazándonos de una altura a otra mediante ascensores, momento en que el juego nos dejará expedita la puerta de salida hacia la siguiente fase.

La mecánica del juego es bien fácil como vemos, y se equipara a la dificultad de los primeros niveles, muy asequibles en general. Pero conforme vamos avanzando, la presencia de obstáculos como baldosas que desaparecen a pisarlas, amén de los consabidos enemigos mortales al contacto, entorpecerán paulatinamente nuestra labor y nos obligarán a discurrir cómo movernos. Un paso en falso puede significar caerse sobre un enemigo o incluso al mismo vacío, y si eso ocurre habremos de empezar la fase otra vez desde el principio.

De nuevo nos encontramos con un juego que capta a la perfección la actual esencia del Spectrum como máquina de videojuegos. Gracias a programas sencillos como este, capaces de enganchar con rapidez a cualquier usuario y mantenerlo pegado a la pantalla durante un buen rato, el Spectrum goza de una vigencia que nadie podía imaginar que tendría a estas alturas, cuando estamos a las puertas de entrar en la tercera década del siglo XXI. Si a eso le unimos un aspecto visualmente estupendo y la música que envuelve el conjunto (en particular la melodía inicial, con su pegadizo ritmillo de polka), no cabe pedir otra cosa excepto más juegos como este.

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