Oro parece…

Seguro que muchos de ustedes se acordarán de una productora cinematográfica conocida simplemente como “la Cannon”. En los ochenta, The Cannon Group se ganó una bien merecida fama de empresa trapera y zarrapastrosa gracias a su peculiar modus operandi, basado en la máxima “cuanto más mejor”. Menahem Golan y Yoram Globus, los dos israelíes responsables de la compañía, se ganaron a pulso el mote de “Go Go Boys” por el que eran conocidos en Hollywood debido a su propensión por dar luz verde a cualquier proyecto, independientemente de lo absurdo o alocado que pudiera ser. Así fue como se lanzaron a producir los filmes más bestiajos de Chuck Norris y Charles Bronson, la innecesaria cuarta entrega de Superman, hecha con el presupuesto equivalente al de una cena con bocatas de choped y vino peleón, o la película musical más delirante de todos los tiempos. La Cannon acabaría tildada como la responsable de “el peor mejor cine de los ochenta”, y aunque no sea así ni de lejos, lo abultado de su (mayormente) insulsa filmografía y lo bizarro de su propia historia, ha hecho que con los años su fama no cese de aumentar, haciendo correr ríos de tinta en Internet y hasta dando pie al estreno de un magnífico documental. Lo que pocos podrán imaginar es que los videojuegos de los ochenta también tuvieron su Cannon. Una empresa basada igualmente en la idea de que la omnipresencia de su logo era garantía de éxito. Una empresa cuyos métodos se asemejaban en ocasiones a los de una mafia. Una empresa cuyo nombre evoca un sentimiento mezcla de nostalgia, estupor y sordidez a partes iguales.

La calidad de la imagen es alegórica a la del producto vendido por la empresa.

Como muchas firmas nacidas en los ochenta con la idea de distribuir software para ordenadores domésticos, los orígenes de U.S. Gold se remontan al apogeo de la industria musical una o dos décadas antes, cuando personas relacionadas de algún modo a ella y con buenos contactos vieron una oportunidad de negocio en el naciente mundo de los videojuegos, destinados en su mayoría a ordenadores que utilizaban cintas de casete, idénticas a las utilizadas para grabar música, como medio de almacenamiento y carga de programas. ¿Por qué no pasar de distribuir música a videojuegos? Ese instinto llevó al excantante Paco Pastor a montar ERBE Software, que con el tiempo se convertiría en el motor de un negocio millonario como la mayor distribuidora de videojuegos de España. El mismo instinto que llevaría a Geoff Brown a montar su propia distribuidora.

Nacido en el seno de una humilde familia de clase trabajadora, Geoffrey Brown era un joven británico que estudiaba el equivalente a una FP de grado medio en Ciencias para intentar salir del deprimente suburbio de Birmingham donde residía, aunque su verdadera pasión era la música. A principios de los sesenta, siendo apenas un preadolescente, ya estaba haciendo pinitos como cantante y compositor en diversas bandas locales de blues y rock. Mediada la década siguiente parecía que la fortuna le sonreiría al fin con la banda Muscles, definida como “la repuesta de Birmingham a Level 42”; pero justo el día que iban a saltar a la fama gracias a una actuación televisiva que sería vista por millones de personas se murió Elvis Presley, y con él todas las esperanzas de Geoff por triunfar en la música: nadie les hizo ni puñetero caso.

Tito Geoffrey fardando de músculos. Y ya puestos, de pelopolla.

Obligado a buscarse un trabajo con el que sobrevivir en el mundo real, Brown aprovechó sus estudios de ciencias y una experiencia previa como programador en la British Leyland, fabricante del legendario Mini (el bueno, el de verdad. El de ahora es cosa de BMW) para hacerse profesor de instituto, sin ser consciente de que aquella iba a ser la llave que le abriría las puertas de la fortuna que tanto había perseguido. Por curiosidad y para ayudarse en las clases, Geoff adquirió una computadora Atari con la que programaba pequeños juegos educativos que enseñaba a sus alumnos, y el creciente interés mostrado por ellos le llevó a pensar en vendérselos a un distribuidor que los aceptó de inmediato. Allí fue donde se dio cuenta de la escasez de software existente en el Reino Unido, tanto para su Atari como para otros ordenadores que aterrizaban paulatinamente en las islas procedentes del otro lado del charco, de los USA. ¿Por qué no montar una empresa de importación? Así nació el germen de la que llegaría a ser la mayor distribuidora de software de Europa, tan grande y poderosa que apenas tendría problemas para afrontar el salto generacional que, entre finales de los ochenta y principios de los noventa, acabó con casi toda la industria de los videojuegos en el Viejo Continente, permitiendo a su propietario jubilarse con el riñón más que bien cubierto tras venderla habiendo enmendado, incluso, su mala reputación.

Este relato que acabo de resumirles es el que Chris Wilkins desarrolla en uno de sus libros. He dicho bien: uno de sus libros. Porque no es el último, y probablemente haya publicado un par más en el lapso de tiempo transcurrido entre que ustedes lean esto y se metan en la piltra esta noche. El tío comienza a recordar a Stephen King por la velocidad a la que es capaz de escribir, y a este ritmo acabará firmando una trayectoria literaria más prolija que la de Kim il-Sung y Kim Jong-il juntos. De Wilkins ya tuvimos oportunidad de juzgar otro de sus libros (publicado hasta ahora en tres volúmenes), que es también el más conocido, y yendo al grano empezando por lo que seguramente más interesará a posibles lectores / compradores, la conclusión no puede ser otra ni más contundente: The Story of U.S. Gold es infinitamente mejor en comparación, y lo es por muchas razones. Para empezar por lo que cuenta: en los ochenta, todo el mundo conocía (y temía) la marca U.S. Gold y su inconfundible logo, pero nadie sabía qué había detrás. Yo mismo creía que era una empresa americana a tenor de su nombre.

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Esa dualidad entre lo conocido (poco) y lo desconocido (casi todo) es lo que hace tan interesante el libro, bastante bien escrito aparte de mejor documentado, labor esta última que resulta encomiable por su dificultad. Wilkins y sus colaboradores hasta consiguen hacerle una entrevista a F.D. Thorpe en la que el afamado exarquitecto y dibujante, hoy un septuagenario jubilado que pasa de todo, contesta profusamente a las cuestiones que se le plantean, un logro sobresaliente tratándose de alguien que hace gala de un vocabulario monosilábico en las pocas entrevistas que concede. Por lo demás, el libro calca la estructura habitual de los trabajos firmados por Wilkins con su introducción (de Geoff Brown como es de recibo), la “chicha” y una última sección de entrevistas en la que, además del mencionado F.D. Thorpe, destaca la presencia de tipos como el autor de la peor conversión de recreativa jamás perpetrada en el Spectrum y que para la ocasión imita a cualquier español de pro cuando la caga en su trabajo, echando balones fuera sin asumir su propia responsabilidad. La culpa es de todos menos de él y para empezar del Spectrum, que para eso era una puta mierda de ordenador.

El equivalente en ordenadores a una peli de la Cannon.

De esta forma, no queda otra excepto recomendar este The Story of U.S. Gold incluso a pesar de su elevado precio. No cabe duda de que Chris Wilkins quiere aprovechar la actual “burbuja vintagenaria” en la que estamos inmersos (igualita a la española del ladrillo y que, como aquella, precede al hundimiento de un fenómeno claramente sobrevalorado) para cambiar de coche y casa a nuestra costa. Y si tercia, comprarse también un yate y una isla tropical donde amarrarlo. Al menos esta vez no se limita a recorrer lugares comunes descritos en unos pocos párrafos y nos brinda algo que vale la pena. No en vano U.S. Gold fue, como la Cannon, una empresa creada a partir de un sueño (literalmente: el nombre le vino a Brown al levantarse de la cama una mañana) y que, sobre todo al principio, tuvo mucho de negocio trilero, con el preboste de Ocean (David Ward, antiguo dueño de un puticlub reconvertido en “hombre respetable”) como socio al 50% y controlado además por una mujer: la propia esposa de Geoff Brown, Ann, auténtico cerebro en la sombra del tinglado. No solo demostró tener más pelotas que su marido en algunas ocasiones sino también, mucho antes que Angela Merkel, que una Europa gobernada por mujeres (aunque fuese de tapadillo como en este caso) no tenía por qué ser precisamente Felizonia. Ni mucho menos.

El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante. Dios los cría y ellos se juntan.

4 thoughts on “Oro parece…

  1. Muchas gracias por este análisis y por tu blog en general, está muy bien! Acabo de comprarme los 3 volúmenes de Sinclair ZX Spectrum in Pixels a ver si llegan para Navidad y tengo unas ganas enormes de leerme el de US Gold pero es demasiado caro. Anteriormente me leí el de Ocean (me lo pasaron en un fichero la verdad :$) y fue fantástico.

    Saludos y que siga adelante por mucho tiempo esta página ^^

  2. Muchas gracias por todo. A mí todos estos libros, incluyendo el de Ocean que citas y cuyo análisis caerá en breve, me los regalaron. Tal cual. Y sí, son caros incluso ahora que al parecer se venden un poquito rebajados ante la inminente salida de nuevos títulos.

    Personalmente este de U.S. Gold es el que más me gusta con diferencia (de los que he leído, se entiende). Las razones ya las he expuesto con claridad. Para ser totalmente honesto, es el único por el que pagaría el pastizal que vale.

  3. Efectivamente he aprovechado una oferta en la que te mandaban los 3 de «in pixels» por 35 libras. Habida cuenta que cada uno salió originalmente por 25 (luego bajan a 20), y que el propio Chris Wilkins me regaló el primero en PDF para que pudiera verlo (y me pareció que estaba muy bien para los que vivimos esa época en nuestra juventud), pues me decidí.

    El de US Gold me interesa mucho, incluso hay una edición en tapa dura. Pero claro, a 35 libras, que con gastos de envío se va a más de 60 euros, no puedo permitírmelo…

    En cualquier caso, disfruto mucho de las entradas de este blog y seguiré leyéndolo regularmente, gracias por el esfuerzo!

  4. De nada. Disfruta los libros, y si pillas el de U.S. Gold algún día ya nos dirás qué tal.

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