Mierdas Que Me Molaban Mil: Inspector Gadget

Antes de nada, empecemos por el principio. Porque las cosas hay que empezarlas por el principio:

Inspector Gadget está marcada a fuego en toda una generación. O más bien marcado: en este caso tal vez convendría trocar el género del femenino al masculino para referirnos al personaje antes que a la serie, pues impactó hasta rebasar los límites de la serie televisiva que protagonizaba y la palabra “gadget” fue rápidamente asimilada en el acervo popular español. Al contrario que la mayoría de críos que se pegaban frente a la tele en los ochenta, yo debo ser de los pocos a los que no les gustaba la serie ni siquiera entonces: para mí no era más que un clon exagerado de las aventuras del inspector Clouseau pero sin la presencia de Peter Sellers, o sea ridícula y carente por completo de gracia. Lo único merecedor de elogio era el doblaje encabezado por Jordi Estadella, a quien ser la voz en castellano del atolondrado inspector le permitiría convertirse más adelante en un famoso presentador televisivo. Cuando tuve ocasión de conocerle en TVE, siendo entonces presentador de El Semáforo a las órdenes del ínclito Chicho Ibáñez Serrador, no tardó en confesarme lo mucho que se había divertido doblando a Gadget, siendo plenamente consciente de la deuda que tenía con él. Le hizo bastante gracia que alguien le recordase por su trabajo como locutor y actor de doblaje, en vez de por todos los programas de la tele que le habían hecho popular desde los primeros años noventa.

Un tío grande, y no sólo por tamaño.

Con independencia de gustos personales, el éxito internacional de Inspector Gadget fue tan rotundo que hasta Disney tendría ocasión de adquirir los derechos para perpetrar un atentado, si bien el merchandising en torno a la serie y su protagonista abundó desde el primer momento, transformado en una panoplia inimaginable de reclamos que iban desde las clásicas figuritas de plástico a los álbumes de cromos. Y los videojuegos, por descontado. La industria del software lúdico aún se encontraba en pañales respecto a hoy día, pero ya había superado con holgura sus primeros estadios de vida y comparativamente había dejado la cuna para desplazarse en taca-taca. Un videojuego del inspector Gadget era de esperar, aunque a algunos nos sorprendió que llegase en una fecha tan tardía como 1987, cuando la serie llevaba un año cancelada. Pese a ello gozaba de predicamento en los numerosos países donde aún se emitía, España incluida, por lo que el anuncio del lanzamiento no dejo de causar expectacion. Más aún cuando la empresa que iba a respaldarlo sería la australiana Melbourne House, cuyo prestigio era indiscutible sobre todo cuando trabajaba unida a Beam Software, el grupo de programación responsable de sus mejores juegos. En aquellos tiempos, y pese a ser una moda en auge, hacer un juego basándose en cómics, películas o series de TV resultaba una labor ciclópea dadas las limitaciones impuestas por ordenadores domésticos como el Spectrum, que en ese aspecto se llevaba la palma. La inmensa mayoría solo utilizaban la popularidad de la licencia de turno igual que un señuelo para patos, por lo que las decepciones eran continuas y cada vez que se anunciaba alguna novedad en este subgénero de programas “basados en”, todo aquel lo bastante escaldado y con dos dedos de frente reaccionaba pegando el culo a la pared de forma casi instintiva. Pero en el caso del inspector Gadget sería Beam Software la encargada de llevar sus aventuras al Speccy. La misma empresa detrás de clásicos intemporales como Exploding Fist y los Horacios. La misma que pocos meses antes había logrado lo imposible: plasmar la magia de los cómics de Asterix en un Spectrum. Con tales antecedentes, casi no hacía falta más que esperar la llegada del juego sentado tranquilamente, pues el resultado prometía ser lo bastante bueno como para gustar incluso a quienes no éramos fans de la serie.

Evidentemente, cometimos un error.

Silas “Uncle Si” Robertson: “Hice progresar a Duck Commander aportando mi experiencia con los videojuegos”.

Con todo, pese a las imágenes de avance publicadas en revistas (que no auguraban nada especialmente brillante) y las criticas posteriores de esas mismas revistas (generalmente tibias, cuando no malas), decidí pedírselo a un colega que lo tenía aún a costa de dejarle una copia de un juego infinitamente mejor como Ranarama, que también acababa de salir. La curiosidad me podía, disfrutaba catando todas las novedades, y nunca valoré especialmente los “trueques” de juegos. Para mí lo principal era qué me apetecía probar, y si para satisfacerme debía prestar un juego de primer orden a cambio de otro que resultaba no valer una mierda, francamente me importaba muy poco. Perder contaba en mis pronósticos, pero así logré descubrir muchas joyas ocultas.

En resumen, era como Bart en este episodio de Los Simpsons.

Lo primero que sorprendía de esta primera incursión del inspector Gadget en el mundo de los videojuegos era su título completo, bastante largo para lo que se estilaba: Inspector Gadget and the Circus of Fear. Lo de Circus of Fear, aparte de darnos alguna pista sobre el argumento, podía interpretarse como un guiño al legendario Flying Curcus de los Monty Python o bien como el intento de inaugurar una franquicia si el juego tenía éxito. Tampoco importó mucho: como el juego no triunfó, no hubo franquicia. Y como el argumento resultaba ser meramente accesorio, lo cierto es que el juego podía haberse titulado de cualquier manera siempre que el nombre del atribulado inspector figurase en él. Dada la inclinación de Beam Software por versionar máquinas recreativas de forma encubierta, no sorprende la fuerte “inspiración” de Inspector Gadget en Metro Cross, un antiguo arcade obra de la japonesa Namco que curiosamente sería llevado al Spectrum de manera legítima poco después. El objetivo es el mismo: avanzar corriendo hacia la derecha tan rápido como nos sea posible, esquivando los obstáculos fijos y móviles que jalonan el camino para hacernos perder energía y un tiempo precioso. Lo de menos es contra quienes luchamos, que se supone son los esbirros de M.A.D. pero también podrían ser estrellas de la telebasura, hippies colocados hasta las pulgas o miembros de la Troika dispuestos a cepillarse los restos del Estado social francés, ya que nada los identifica con una organización concreta y el maligno Dr. Gang no aparece por ningún lado. Para que se hagan una idea, los primeros adversarios a los que hemos de hacer frente son miniaturas de Horacio, en lo que no deja de ser un divertido guiño hacia los fans de los juegos más conocidos de Beam / Melbourne House. El parecido entre juego y recreativa llega a tal extremo que los famosos gadjets de nuestro inspector no pueden ser activados a voluntad para superar obstáculos (excepción hecha de los gatcheto-muelles para saltar), sino que se encuentran diseminados por el escenario en forma de power ups con duración limitada, algo absurdo que deja en evidencia a los autores. Tal vez llevados por las prisas o directamente por la abulia, no quisieron complicarse la vida a la hora de plasmar los aspectos más característicos de la serie original. Y este en concreto no era difícil de resolver, como demostrarían tiempo después los autores de Mortadelo y Filemón II, cuya segunda carga permitía a Mortadelo transformarse a conveniencia del jugador para avanzar. Con solo pulsar una tecla.

Inspector Gadget tampoco destacaba en los aspectos técnicos. Era ramplón, quedando por debajo de la media exigible para cualquier juego comercial de 1987.  El sonido era inexistente, el movimiento bastante lento, con el añadido de una respuesta a los controles igualmente lenta, y de los gráficos tan solo el del inspector despuntaba en un marasmo de simplicidad. Lógico, dado que era el protagonista indiscutible y no esforzarse a la hora de trabajarlo un poco habría constituido un crimen. Sin embargo, la baja resolución del Spectrum limitaba el grado de detalle con el que se podía mostrar en pantalla (incluso a pesar de que nadie hubiese disimulado la mezcla de atributos para mejorar algo la cosa), y en consecuencia aquello se asemejaba más a una caricatura dibujada por un alumno de preescolar. Un personaje dibujado por niños y para niños, aunque bien es cierto que Inspector Gadget tampoco era un producto destinado a un público adulto, ni siquiera adolescente. Comparando, por aquello de que el protagonista lleva también un helicóptero escondido en el sombrero, una serie tan presuntamente pueril como Doraemon, que empezó a emitirse en Japón once años antes que Inspector Gadget, es mucho más adulta. Y también mucho más divertida: ni siquiera viéndola hoy día tienes la impresión de que te estén tratando como a un deficiente mental.

Sin embargo, el videojuego del inspector Gadget tenía algo que le hacía caer simpático a pesar de sus carencias. Para empezar los gráficos, aunque simples, disfrutan de un buen colorido y ademas éste se usa con cierto gusto, algo que por aquel entonces llamaba la atención en un panorama claramente dominado por juegos con gráficos monocromáticos. La simplicidad argumental también ayudaba a atraer cierto tipo de jugador poco dado a “perderse” en las complejas videoaventuras que copaban las páginas de la prensa especializada. Y por último, y no menos importante, la dificultad era, si no asequible, al menos sí accesible, y con unas cuantas partidas de practica permitía llegar bastante lejos antes de diñarla. Un detalle en absoluto baladí en aquellos años caracterizados por juegos “irresolubles”.

Esto es lo más parecido a la serie que veréis en Inspector Gadget.

Aquí estamos, y resulta que con esa mezcla de ingredientes aparentemente nimios, tan “simples”, Inspector Gadget lograba despertar cierta curiosidad  y resultar hasta divertido en su simpatía, que era su punto fuerte. Entre ese aspecto tan “para niños” y su accesibilidad, lograba imponerse a parte de su competencia, por mucho que la crítica lo hubiese tratado de modo indiferente ante su falta de calidad. Supuestamente Inspector Gadget palidecía frente a todos los grandes títulos que compartían espacio con él en las tiendas, cuyas excelencias eran cacareadas a los cuatro vientos por esa misma crítica, muchas veces oportunamente “motivada”. Repasemos por un instante la galaxia de estrellas aparecida durante el primer semestre de 1987: así a bote pronto recuerdo Game Over, Army Moves, Survivor, Shadow Skimmer, Arkanoid, Ranarama, Auf Wiedersehen Monty, Saboteur 2, Head Over Heels, Martianoids, Fernando Martín, El misterio del Nilo,  Enduro Racer, Gunrunner, ImpossaballJail Break… Si quisiera podría seguir hasta el infinito porque aquel primer semestre fue especialmente remarcable para la industria del software, que en general vivió un año 1987 apoteósico. Pero la gran mayoría de estos juegos (y los que me dejo) se definen con una palabra que es “frustración”. Si nos centramos en la sección española de la lista, la perspectiva resulta estomagante. Ya entonces muchas de estas presuntas estrellas animaban a estampar el Spectrum contra la pared más cercana. Hoy son directamente injugables: nadie que no estuviese mentalmente enajenado les dedicaría un minuto más allá del primer vistazo.

En esa coyuntura dominada por juegos chungos y enrevesados, Inspector Gadget era algo así como la pausa para el café en el trabajo: no dejas de estar en el trabajo, pero al menos permite relajarse algo antes de volver al lío y acabar hasta los cojones, por mucho que digas que te gusta lo que haces. Jugar con el Spectrum tenía algo de trabajo en más ocasiones de las que cabría desear: por mucho que te gustase, resultaba fácil acabar hasta los cojones de él por culpa de muchos de sus programas, de entre los cuales buena parte solía estar en lo más alto de las listas vaya usted a saber por qué. O quizá sí lo sepamos pero nos dé miedo reconocerlo abiertamente, no sea que el castillo de naipes de la nostalgia se nos caiga encima…

Hovra majna. Jrandérrima, sin duda.

Lo que nos lleva a al siguiente punto: si has sido capaz de llegar hasta aquí (enhorabuena si eres poligonero o directamente perteneces a la “generación mejor formada”) te habrá quedado claro que Inspector Gadget no es un videojuego precisamente magistral. Vale, de acuerdo: es una mierda, lo que en Román paladino quiere decir que está al nivel de la teleserie que lo inspiró. Eso no impide que carezca de virtudes, las cuales ya he citado y no voy a reiterar. Creo que fue Fernando de Rojas, a la sazón autor de La celestina, quien una vez vino a decir que no había libros totalmente malos, dando a entender que sus virtudes podían salvarlos del ostracismo. Algo que transcurridos cinco siglos podría extrapolarse a videojuegos como Inspector Gadget, y que de forma involuntaria le ha permitido envejecer bastante mejor que muchas de las estrellas con las que compartió tienda. Porque ya me diréis vosotros si mola más pasar el rato con este juego o con cualquier otro que, como Survivor, no hay dios que aguante.

Versión para el C-64, por comparar. O por joder.

2 responses

  1. fraespre dice:

    Madre del amor hermoso !!!
    Este juego no había por donde cogerlo, es un truñaco
    :-p

  2. Leo Rojo dice:

    Hombre, si el juego fuese bueno no estaría en esta sección. Pero para mí tenía esas cosillas que lo hacían incluso divertido en su chusquez.

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