«Maziacs» llega al ZX-80

En casos como este, la conocida frase «más vale llegar tarde que no llegar» es perfectamente válida.

El Sinclair ZX-80 es tal vez el gran olvidado en la historia de la informática doméstica, especialmente para los integrantes de la «generación mejor formada» que creen que esa historia comienza en los 90 con el PC-386 y la PlayStation. Es lo que sucede cuando se permite a deficientes mentales expresarse en los medios y hacer apología de su estupidez; un tumor que se ha dejado crecer tanto que ya difícilmente tiene alguna solución que no pase por una limpia en forma de exterminio masivo.

Pese a sus numerosas carencias, fruto de un diseño apresurado que primaba la economía por encima de todo, el ZX-80 fue el ordenador que abrió las puertas de los hogares europeos (principalmente británicos) a un mundo nuevo, adscrito anteriormente a círculos mucho más restringidos. A partir de enero de 1980, el hombre de la calle pudo disfrutar de algo que a ojos de numerosos «expertos» no estaría a su alcance por lo menos hasta cinco años después. Y encima por un precio de risa, inferior a las cien libras, lo que entonces se consideró una locura. ¿Quién querría comprar tamaño artefacto en ese momento? Los agoreros obtuvieron su respuesta (que no directamente bofetón) a los cinco minutos de abrirse el centro de exposiciones donde el nuevo producto se presentaba: dos pedidos por minuto de media. En menos de un año Sinclair había vendido 50.000, una cifra asombrosa para la época y más aún teniendo en cuenta la difícil coyuntura mundial, europea y en particular británica, ahogada por una crisis económica que parecía no iba a acabar nunca.

«Montaje a prueba de idiotas y licenciados post-LOGSE».

En realidad, el mayor «defecto» del ZX-80 es que quedó desfasado casi de inmediato, y la mayor culpa de ello la tuvo su heredero ZX-81, lanzado en marzo del año siguiente como una revisión profundamente mejorada de su antecesor y con un precio aún más bajo, inferior a las 70 libras (o a las 50 adquirido en kit para montarlo en casa). Un paso lógico ante el «boom» experimentado por el sector, donde la creciente competencia estaba siempre dispuesta a quitarte el sitio al menor descuido, y obligado teniendo en cuenta lo problemático del ZX-80, muy válido para lo que se esperaba de él en enero de 1980, pero lastrado por multitud de problemas que enseguida hicieron fruncir el ceño a los usuarios… y a los posibles compradores. El ZX-81, una máquina mejor, más asequible, más difundida (Sinclair vendía 10 por cada ZX-80) y por tanto más popular, hizo que muchos de quienes alguna vez se plantearon iniciarse en la programación con el «viejo» 80 pasasen directamente al 81, que le dio la puntilla al desproveerlo de software nuevo casi de un día para otro.

Es el caso de Don Priestley y su Mazogs, juego del que más tarde surgiría el popular Maziacs para el Spectrum. Mazogs llegó tarde para el ZX-80, pero al ser un ordenador básicamente igual a su sucesor, una conversión «hacia abajo» habría sido tarea no solo plausible, sino también relativamente fácil de acometer. Ahora, casi 40 años después, Paul Farrow nos brinda esa conversión que los usuarios del ZX-80 tanto habrían agradecido en su momento, pues era uno de los mejores juegos disponibles para el «hermano mayor». Hoy queda reducido a poco menos que una curiosidad porque es poco probable que vaya ser jugado en masa, pero no por ello deja de tener un valor más que estimable.

Sobre todo por el empeño del autor en respetar la práctica totalidad de la versión original en el «trasplante», siendo capaz de adaptarla al mismo tiempo para correr en un ZX-80 con la ROM original de 4 Kb, muy limitada en cuanto a funcionalidad respecto a la del ZX-81, que dispone del doble de tamaño e implementa características ausentes en el primer ordenador, además de numerosos cambios en el hardware que simplifican su diseño y agilizan su funcionamiento. El ZX-80 era tan rústico que ni siquiera disponía de la capacidad de mostrar una sucesión de imágenes con suavidad y ésta «saltaba» en el televisor de forma parecida a cuando se hace un pase de diapositivas. El símil es muy tosco, pero válido. Farrow lo explica de forma más correcta y concreta en este enlace, donde realiza un análisis del «cómo lo hise» descubriendo las interioridades de esa conversión, teóricamente fácil pero tampoco ausente de escollos, como lograr un movimiento suave en una máquina que, en teoría, no puede hacer algo así.

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