Matthew Smith en la Play Expo Manchester

Entre los pasados 4 y 5 de mayo tuvo lugar la última edición de Play Expo Manchester, uno de los eventos más notables que este año se habrán celebrado en toda Europa relacionados con los videojuegos y la retroinformática. No en vano, en los ochenta Manchester fue un centro neurálgico para la industria de los videojuegos del Viejo Continente al estar situada allí la sede central de Ocean Software, siendo además Inglaterra el principal motor de esa industria durante toda la década.

Como puede observarse en el vídeo, la exposición tuvo muy buena pinta; pero si destacó por algo fue por la presencia de Matthew Smith, que participó en una conferencia cuyo objetivo primordial era presentar en sociedad un cortometraje sobre Jet Set Willy firmado por el realizador italiano Paolo Santagostino.

Como ya sabrán los más «enteraos», Jet Set Willy cumple 35 años en 2019 y la organización de Play Expo Manchester quiso celebrarlo a lo grande, aunque en mi opinión el tiro les salió un poco por la culata. Desde que reapareció por sorpresa a principios de siglo tras permanecer largo tiempo fuera de cualquier escrutinio público (lo que incluso llevó a la creación de una página llamada Where is Matthew Smith? para intentar localizarle), no parece que el mítico programador haya acabado de volver a la Tierra desde allá donde estuviese. En la conferencia de la Play Expo no se le vio muy participativo que digamos, y en las pocas ocasiones en que tomó la palabra no dio impresión de andar muy centrado. Por este y otros motivos, la conferencia quedó reducida a una especie de «pudo ser y no fue» un poquito decepcionante:

Con todo, la conferencia dejó algunas perlas para el recuerdo. La mera presencia,de Matthew Smith en ella resulta destacable el año en que su juego más reconocido celebra un cumpleaños tan especial. Otro detalle a remarcar es la definición de Jet Set Willy como uno de los primeros ejemplos de sandbox en el mundo de los videojuegos, afirmación que se me antoja algo excesiva pero que tampoco resulta completamente descabellada: bajo su apariencia de plataformas clásico al estilo de su antecesor, el no menos célebre Manic Miner, se escondía un programa que otorgaba al usuario una libertad muy considerable para un juego como este. El objetivo final estaba meridianamente definido desde el principio, pero quedaba a instancias del jugador cómo realizarlo pateando el mapa a su discreción, recogiendo objetos como le diese la gana. O no recogiéndolos si eso era lo que se le antojaba, limitándose a recorrer su mansión en busca de pantallas no vistas con anterioridad, algo que gustaba a muchos jugadores comenzando por el mismo Paolo Santagostino.

Hoy nos podrá parecer muy poca cosa, pero hablamos de un juego publicado en 1984 cuyo autor era un chaval de diecisiete años, quien además plasmó en él un bagaje cultural que ya quisiera para sí más de un freakie actual de los que, a su edad, se pasan el día enganchados a Internet. Jet Set Willy no era el juego técnicamente más avanzado que había entonces para el Spectrum ni tampoco el más bonito, pero tenía «algo». Y ese «algo» es lo que le ha permitido llegar hasta hoy convertido en un icono que supera los límites del sector que lo alumbró: dejando a parte las innumerables versiones y remakes existentes, a lo largo de estos 35 años se han escrito hasta canciones sobre él.

Casi no albergo duda de que, de haber salido en Japón o los USA durante la década de los noventa, con la industria de los videojuegos ya convertida en un gigante, vayan ustedes a saber si no existiría ahora mismo alguna película basada en las peripecias de Willy y su afán por ganarse el derecho a una siesta tras una noche de farra descontrolada. Si Steven E. de Souza pudo coger una recreativa con el hilo argumental de Street Fighter y sacarse de las narices un guión de cine cual pelotilla nasal (y para colmo además rodarlo), no encuentro razones que me inviten a pensar que Jet Set Willy no era merecedor de un destino semejante. Que a buen seguro habría quedado mejor, algo que por lo demás tampoco hubiese sido muy difícil, la verdad.

Y como tema de cabecera para la banda sonora yo hubiese escogido esto, muy representativo de lo que debe ser el alma de una fiesta (o el anfitrión mismo) para cualquier inglés. Y cuanto más se desmadre, mejor:

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