Marchando una lata de corcheas

Pese a que todavía soy un hombre joven (sí, lo soy aunque parezca lo contrario por escribir en una web como esta) he tenido la oportunidad (no necesariamente la fortuna, ojo) de conocer a muchas personas tremendamente dispares entre sí, pero unidas por un nexo común: escuchan música. Sé de gente a la que no le gusta el cine, no lee o incluso no tiene tele en casa, pero a todo el mundo le gusta la música y dispone de algún aparato para escucharla, que utiliza con mayor o menor fruición. Por tanto no extraña que la música haya estado ligada a los videojuegos casi desde el nacimiento de estos: una buena música puede salvar un juego mediocre por encima incluso de unos buenos gráficos, o al menos hacerle ganar puntos de interés.

No se puede negar lo evidente: a todo el mundo le gusta la música.

Los ordenadores domésticos no han sido nunca ajenos a este fenómeno: en cuanto pudieron ejecutar sonido, los programadores de videojuegos comenzaron a devanarse los sesos para incluir no ya buenos efectos sonoros, sino también buenas músicas. Reconozcámoslo: a un juego le falta algo si no va acompañado de buena música. Y en este caso el Spectrum partía en clara desventaja frente a su competencia ya desde el mismo momento de salir a la calle en 1982. Lastrado por un altavoz que era tan modesto como todo lo demás en este chisme, nadie daba un duro por sus posibilidades musicales; y menos en comparación con “pepinos” como el Commodore 64, cuyo chip SID era el sueño húmedo de cualquier aficionado a la música que quisiera trastear con ordenadores. Pero pocos contaban con un pequeño detalle: el sorprendente éxito del Speccy llevó a un no menos sorprendente desarrollo de las artes musicales aplicadas a Él. Hubo quien logró simular polifonía en su altavoz monofónico y aplicarla a la creación de música con resultados más que convincentes. Con eso está dicho todo respecto a una faceta en la que aquella “lata de corcheas”, como a veces la llamábamos nosotros, sorprendió a quienes pensaban que sus carencias impondrían una barrera insuperable. No se daban cuenta de que la palabra “insuperable” no existía ni para el Spectrum  ni para quienes lo programaban.

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