Magos de la canasta

El baloncesto siempre ha sido un deporte popular, pero fue a partir de la década de 1980 cuando dio los pasos con los que alcanzaría las cotas de seguimiento que disfruta hoy. El creciente peso específico de los medios de comunicación audiovisuales en la sociedad norteamericana, unido al desembarco en la NBA de una generación inigualable de jugadores cuyo talento y carisma animaba a grandes marcas comerciales a firmar golosos contratos publicitarios, llevó al deporte de la canasta a su máximo esplendor. El fenómeno se reprodujo en Europa, el otro gran polo del basket mundial, aunque a menor escala. En España los Corbalán, Sibilio, Martín y compañía hicieron del baloncesto el único deporte capaz de frenar al fútbol, pero fue en Yugoslavia donde se rompió el molde. Tradicionalmente la región balcánica ha sido un semillero de grandes talentos del baloncesto, pero en los años 80 los yugoslavos lograron reunir un grupo de jugadores excepcional, capitaneado en la cancha por el legendario Drazen Petrovic y desde el banquillo por el no menos legendario Mirko Novosel, que marcó una época en el baloncesto del Viejo Continente primero con la Cibona de Zagreb y más tarde con la selección nacional, un equipo de campanillas que se llevó el Mundobasket 1990 de forma espectacular. Los Petrovic, Divac, Kukoc y compañía se postulaban como el adversario más firme de la todopoderosa NBA en los inminentes Juegos de Barcelona ’92, amenazando con ser el primer seleccionado europeo capaz de ganar a los profesionales americanos. Pero las sucesivas guerras en los Balcanes iniciadas a partir de 1991 acabarían desmembrando Yugoslavia, una entelequia más que un país surgido tras la Primera Guerra Mundial, e imposibilitarían aquel enfrentamiento. Parte de aquel equipo, con Drazen Petrovic en cabeza por supuesto, llegó a jugar la final olímpica ante el Dream Team vistiendo la camiseta croata, pero ya no era lo mismo.

Final del Eurobasket ´89 de Zagreb: la formación plavi, una apisonadora que aplastó a Grecia casi a la pata coja. Entonces nadie imaginaba lo que ocurriría un par de años después.

Es una lástima que aquel conjunto de personajes tan geniales como jactanciosos, especie de bad boys a la europea secundados por una hinchada temible que convertía la cancha en una olla a presión para los equipos rivales, nunca se vieran merecidamente reflejados en los videojuegos como sí lo fueron Larry Bird, Julius Erwing o Fernando Martín. Las limitaciones impuestas por el régimen comunista que gobernaba Yugoslavia (un comunismo softcore, pero comunismo al fin y al cabo) y el hecho de que los representantes más notorios de aquella generación alcanzasen la madurez en un momento crítico para la industria de los videojuegos (fin de la era de los 8 bits e inicio de la de 16) tuvieron la culpa, con excepción del que precisamente era el estandarte de aquella Yugoslavia mágica. En 1989 Drazen Petrovic atravesaba el mejor momento de su carrera cuando aceptó prestar su imagen al que tal vez sea el anticlásico más famoso del software español. Un producto que llegó tarde, cuando la era de los micros de ocho bits tocaba a su fin y la edad dorada del software español empezaba a ser un vago recuerdo. Drazen Petrovic Basket aspiraba a convertirse en el mejor simulador de baloncesto creado hasta la fecha, pero fue ejecutado con inusual torpeza por unos autores cuyo temible historial no presagiaba nada bueno. En resumidas cuentas pasó lo que tenía que pasar.

Que levante la mano quien se entere de algo.

Jamás sabremos lo que el llamado “Mozart de Sibenik”, tan competitivo en la cancha como difícil en el trato fuera de ella, opinaría hoy de aquella exótica experiencia con los juegos de ordenador, que además sería la única tras su muerte en accidente de tráfico. Con todo lo que se ha escrito sobre ella a lo largo de los años, en especial a partir del momento en que la retroinformática se puso de moda, a buen seguro de algo se acordaría. Eso sí: dudo que fuese para bien…

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