¿Los bichos de más de cuatro patas han de desaparecer?

De todos es sabido que los fines de semana se prestan a vivir momentos muy especiales y dignos de ser recordados, como peleas a puñetazo limpio en el bar de moda, borrachos vomitándote amablemente las alubias del desayuno, transportes públicos a los que sólo les falta un cartel de «transporte de ganado» en el exterior para dar fe de su calidad de servicio, conductores demostrando en plena rúe que Fernando Alonso en un jiñao al lado de ellos y un largo etcétera más. Pero incluso con todo esto, hay cosas que se salen de cualquier escala conocida.

Sirva como ejemplo la madrugada del domingo 19 de junio de 2005. Regresaba a casa tras pasar el rato con mi novia y unos amigos, y según subía por la madrileña calle de Joaquín Costa para coger el «buho» me topé de bruces con cinco tías borrachas jugando al fútbol… con una cucaracha muerta. Las tías no sólo se lo estaban pasando bomba, si no que por añadidura demostraban una notable habilidad pateando al pobre bicho con sus zapatos de tacón, algunos de los cuales tenían una envergadura más que considerable. Insisto: hay que tener en cuenta que llevaban un pedo de tres pares. Y que eran tías, que ya sabemos que por lo general una tía no puede ver un bicho semejante ni a diez kilómetros de distancia, aunque serpentee por la calle borracha como una cuba. El colofón llegó cuando pasé por delante de ellas y una, que todavía controlaba algo y por cierto estaba de bastante buen ver, me dijo: «Nos falta uno. ¿Te apuntas?». A mí me repugnan cantidad los insectos. No puedo ni verlos, así que le di largas con una sonrisa en los labios y un rápido chiste que a la chica le hizo bastante gracia. Acto seguido me alejé a toda prisa de allí, mientras las chicas continuaban jugando su particular partidillo. Por mí sería mejor que los insectos no existiesen, aunque hay que reconocer, al menos por esta vez, que sin ellos nos perderíamos anécdotas tan increíblemente bizarras como la que os cuento, que parece directamente sacada de una sobredosis de absenta y LSD todo junto.

Lo repito por si alguien no se ha enterado todavía: no me gustan los insectos, así que para ilustrar el artículo pongo una foto de Elsa Pataky, que sin duda queda bastante mejor. Hala, todos contentos.

De un modo casi instintivo me vino a la mente aquella época de los 8 bits, donde deportes de masas como el fútbol y el baloncesto enseguida se quedaron pequeños para satisfacer las ansias de todo aquel que deseaba hacer «ejercicio» a los mandos de su ordenador personal; lo que además le daba la oportunidad de practicar disciplinas un tanto difíciles de ver en un polideportivo municipal, como el lanzamiento de troncos y cosas por el estilo. La avalancha de juegos deportivos fue de tal calibre que la gente demandaba juegos cada vez más originales. La cosa, que empezó con las pruebas atléticas «normales» de juegos como Decathlon o Hyper Sports, acabaría unos años después con el paroxismo absoluto de engendros como Galactic Games y su prueba de lanzamiento de cabeza. O el Western Games, donde lo realmente importante era escupir más lejos que nadie. Hoy en día las cosas han cambiado, por supuesto a peor: con la millonada que cuesta hoy día hacer un videojuego comercial, nadie en su sano juicio se atreve a producir algo que no sea el típico juego de fútbol o baloncesto, que es lo único que asegura un mínimo de ventas aceptable. Bueno, también hay juegos de fútbol americano y hockey sobre hielo, pero eso sólo vende en los USA porque, como ya sabemos, los USA están llenos de locos violentos, potenciales asesinos de masas. Eso en el norte, porque en el sur lo que hay son paletos pueblerinos. Paletos a manta, que a su condición de paletos unen también el hecho de… sí, de ser violentos. Por tanto no debe sorprendernos que por allí mole tanto ver a un puñado de cabestros pegando patadas a un balón oblongo mientras, ya puestos, se pegan entre ellos.

Los creadores de la mascota del Mundial de Fútbol USA 94 la bautizaron como «Striker», o sea «Atacante». Indudable alegoría al carácter violento del país y sus habitantes.

El caso es que no creo que vayamos a ver nunca un juego en plan It´s a Knockout en el PC. En el mundo actual, donde muchos jóvenes no son más que niñatos que sólo entienden de fútbol y de tunning, eso no lo iba a comprar ni su puta madre, la verdad. Es más, ahí tenemos el ejemplo del Atenas 2004, producto que recordaba a los viejos juegos “de olimpiadas” creados durante los años ochenta, que fue un fracaso de ventas pese a ser bastante correcto en términos de técnica y adicción. Me resultó muy curioso verlo hace cosa de un año en una popular discoteca de Madrid, donde tienen varias PS 2 colocadas por ahí para que la gente se pueda echar unos vicios entre baile y baile (¡gratis!). Ni que decir tiene que a las videoconsolas que tenían cargado Atenas 2004 no les prestaba atención ni Dios. Las que tenían Need For Speed Underground, por el contrario, registraban colas de gente, que cubata y / o culo de novia en mano esperaba pacientemente para echarse una partida.

La sociedad evoluciona. O mejor dicho, involuciona en vista del cambio (a peor) en ciertos parámetros de comportamiento. Por fortuna nos queda el mundo del retrogaming a aquellos que todavía conservamos algún atisbo de cordura y dos dedos de frente. Tenemos la inmensa suerte de haber vivido unos tiempos más inocentes (en teoría) donde (al menos también en teoría) la pasta no era tan importante en lo que a videojuegos se refiere. La mayoría de la gente que se dedicaba a programar iba a su aire y no esperaba salir de pobre trabajando en eso, así que se sentía con la suficiente libertad como para hacer lo que le saliera de los cojones. Si el juego resultante era distribuido y se vendía como rosquillas pues perfecto; pero si no lo compraba ni tu hermano tampoco era el fin del mundo, que ya iría todo mejor la próxima vez. Aquella libertad creativa que propició ese efecto de «accion – reacción» con los juegos deportivos se echa mucho de menos en la actualidad. Lo único «novedoso» que podemos esperar a día de hoy en un juego deportivo es ver qué panda de neandertales saldrá en la portada del próximo FIFA, o si en el NBA Live podremos ver esta vez manchas de sudor sobre el parquet como gran novedad sobre la versión del año anterior. Nos venden como «innovaciones» lo que no son más que un cúmulo de gilipolleces absurdas. Y lo peor es que hay mucha gente que pica el anzuelo, y no pestañea a la hora de gastarse 40 o más euros en la última edición de la franquicia de turno. ¿Alguien en un estado de integridad mental razonable se gastaría dinero en ver la misma película cada año pero con pequeñas mejoras y diferentes actores? Pues eso.

John Riccitiello, CEO de EA Sports: «Me río en vuestra puta cara».

Por suerte puedo aprovechar de vez en cuando el milagro de la emulación, para echarme unos vicios con el It´s a Knockout o con el Knight Games, programado en exclusiva para C-64. Porque estoy hasta los cojones de ver siempre el mismo perro con distinto collar. Estoy convencido de que si un programador de videojuegos de 1985 hubiese vivido mi anécdota del «cuca-fútbol», lo mismo esta noche ya estaba pergeñando la idea de un juego al respecto. A fin de cuentas cosas más raras se vieron, como ya es sabido. Hoy en día no hay huevos para colocar a una chaqueta como protagonista en un juego comercial (Double Take). O para hacer cosas tan atorrantes, ya que hablamos de juegos deportivos, como el Tour de Force. Teniendo en cuenta la cantidad de concursos de programación que se organizan para los viejos micros de 8 bits, yo animo a alguien para que se curre un juego de cuca-fútbol. O más bizarro todavía si es posible: cucarachas gigantes jugando al fútbol usando la cabeza de Ronaldinho como balón. Y que ésta hable con la voz de Chiquito de la Calzada (a través del Currah Microspeech, por supuesto) y haga chistes baratos, como el insigne humorista. A ver quién recoge el guante.

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