La tele de bolsillo definitiva

Septiembre de 1983. Las ventas del ZX Spectrum iban viento en popa y el río de dinero que proporcionaban dieron a Clive Sinclair una nueva oportunidad para conquistar uno de sus más viejos anhelos:

La TV80 culminó la obsesión del Tío Clive por los televisores de bolsillo. Luego de haberlo intentado un par de veces sin demasiado éxito, Sinclair debió pensar que a la tercera iría la vencida e invirtió un considerable esfuerzo en investigación y en recursos monetarios para gestar un producto con el que esperaba, esta vez sí, salir victorioso en el mercado de las pocket TVs. Al contrario de lo ocurrido en 1976 con la TV1, lanzada a destiempo y demasiado cara, la TV80, también conocida como FTV (de Flat TeleVision) parecía llegar en un momento propicio: la moda de los televisores de bolsillo estaba en auge, especialmente en Japón, y siete años de avance tecnológico permitían presentar un aparato que por aspecto y dimensiones era semejante a un pequeño transistor de radio, pero con pantalla incorporada, un precio de venta razonable (80 libras, de las que toma el nombre) y un elegante diseño externo. El interno tampoco iba a la zaga, lleno de soluciones ingeniosas encaminadas a lograr un conjunto extremadamente compacto, ligero y de bajo consumo, aunque como la TV1 seguía requiriendo baterías especiales, fabricadas en exclusiva por Polaroid, caras y difíciles de conseguir.

Pero la estrella del espectáculo era sin duda el tubo de rayos catódicos “plano”, semejante al de la Sony Watchman de 1982 aunque colocado en posición lateral – horizontal en lugar de vertical. Una obra de orfebrería del diseño industrial… y sin embargo una enorme excentricidad. Para 1983, las nuevas pantallas de cristal líquido más sencillas de fabricar, de menor consumo y sobre todo más baratas a cada día que pasaba, mostraban el camino que la industria seguiría sin titubeos. Pero terco como una mula y poco dado a escuchar los consejos de nadie que no fuese él mismo, Tito Clive estaba convencido de que las pantallas de cristal líquido no tenían futuro (!) y se empecinó en dilapidar tiempo y recursos en una tecnología destinada a quedarse anticuada en un abrir y cerrar de ojos. Menos de dos años después de la llegada de la TV80, aparatos como el Casio TV-1000, con un diseño muy similar pero con pantalla LCD (y encima a color) se vendían como rosquillas.

Con todos sus defectos, la TV80 pudo haber triunfado porque mimbres no le faltaban para ello. Sin embargo constituyó un fracaso y sólo se vendieron unas 15.000, que no sirvieron para enjugar los cuatro millones de libras (casi cinco millones de euros al cambio actual) invertidos en el proyecto. En su contra jugaron la escasa publicidad otorgada al producto y el sistema de venta mediante envío postal escogido por Sinclair Research, popular en Inglaterra pero no más allá. Daba la impresión de que Tito Clive se conformaba con demostrar al público y a sus adversarios que sus ideas eran factibles, sin importar que tuviesen éxito en el mercado o no. Parecía que su máxima era “¿véis como tenía razón, imbéciles?” y así le acabó yendo. No en vano era un inventor antes que un hombre de negocios, tal como él mismo admitiría en alguna ocasión.

2 thoughts on “La tele de bolsillo definitiva

  1. Es una pasada. Y una pena que no se vendiese mejor, pero a veces tengo la impresión de que al Tío Clive le importaba un rábano.

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