La batalla de los planetas

Hace tiempo que Internet dejó de estar encuadrado en lo que llamamos “nuevas tecnologías” para convertirse en una herramienta de uso cotidiano, tanto que en la mayoría de los hogares se considera un servicio más, al mismo nivel que la electricidad o el agua corriente. Como tal, resulta difícil imaginar la vida sin Internet… ni cómo era la vida sin Internet. Es verdad que sin youtubers el mundo era un lugar a todas luces mejor, pero tumores cancerígenos aparte, la Red ha servido para abrir las puertas a una cantidad enorme de información que, antaño controlada por unos pocos manipuladores que restringían notablemente su acceso en función de intereses generalmente espurios, sirve hoy para abrir los ojos de la ciudadanía ilustrada (escasa, pero juro que existe) que no se conforma con ver vídeos de gatos en Facebook. Gracias a Internet es posible enterarse de que “las teleseries más célebres de la animación española” como D´Artacán o Willy Fog eran en realidad japonesas (¡y con música de los Oliver Onions!); o que “el mejor manga de los noventa”, con Akira, Ghost in the Shell y Dragon Ball como puntas de lanza, surgió en realidad durante la década anterior y en el país del sol naciente estaba más que amortizado cuando llegó aquí en plan novedad mundial. Las frases entrecomilladas son, por cierto, textuales, leídas en ciertos medios de comunicación (que no directamente de propaganda), e ilustran con claridad dos hechos incontestables: el primero la ignorancia en que los medios tenían sumida a la opinión pública; y el segundo el retraso con el que llegaban a Europa fenómenos que en otros lugares llevaban años partiendo el bacalao.

No, Campeones no se llama así ni es de los 90.

En el mundo global tejido gracias a la Red de Redes resulta inconcebible que una serie de dibujos animados de 1972 se exhiba diez años después como material de estreno, pero eso fue precisamente lo que pasó con lo que en España se dio a conocer por el nombre de Comando G, cuyo verdadero título era La batalla de los planetas y que era a su vez la adaptación para Estados Unidos de un anime japonés llamado Kagaku Ninja Tai Gatchaman (algo así como Equipo científico ninja Gatchaman). La productora Sandy Frank Entertainment lo emitiría a partir de 1978 buscando aprovechar el éxito de Star Wars y el creciente interés de los norteamericanos por todo lo que viniese del Japón. Con la tradicional mojigatería yanki por bandera, la serie fue censurada para restarle violencia y lenguaje malsonante, siendo vendida posteriormente a otros países y manteniéndose en emisión hasta mediados de los ochenta, si bien para entonces su popularidad había decaído mucho e incluso en lugares como España, donde cualquier cosa que se pasaba por la tele causaba impacto a nivel nacional, La batalla de los planetas (perdón, Comando G) era ya un recuerdo difuso para la mayoría de los espectadores.

Igual que en 1982 no estaba mal visto pegar a los niños, tampoco lo estaba someterles a torturas salvajes como esta.

Por ello sorprendió el lanzamiento, a primeros de 1986, de un videojuego basado en la serie. Pero sorprendió aún más que el parecido entre el videojuego y la serie se limitase al nombre y ya. Battle of the Planets podía haber salido con cualquier otro título impreso en la carátula y no habría ocurrido absolutamente nada. Todo apunta a que Mikro-Gen, muy tocada por el desastre de Shadow of the Unicorn acaecido pocos meses antes, necesitaba liquidez urgente y tomó un juego prácticamente finalizado para sacarlo a la calle bajo una licencia asequible que ayudase a tirar de las ventas. Dicho en román paladino para quien no lo haya entendido, Battle of the Planets no iba a salir con ese nombre, y sólo un brete del destino hizo cambiar las cosas. Se trata de una tesis meramente especulativa, pero tampoco es que haga falta ser el protagonista de Detective Conan para llegar a esa conclusión una vez has probado el juego.

Esta imagen la pongo porque me da la gana.

Juego que además esconde otra sorpresa: su autoría. Como creador del personaje de Wally Week y de cuatro de los cinco juegos que componen una de las sagas más legendarias en la historia lúdica del Spectrum, con Battle of the Planets Chris Hinsley se desmarcó radicalmente del personaje que le había hecho popular, facturando de paso, si no uno de los mejores programas de Mikro-Gen (ya profundizaré en eso más adelante), al menos uno de los que mejor han envejecido, injustamente olvidado por el público. Bien es cierto que en su día Battle of the Planets tampoco disfrutó de un alcance multitudinario. La marca Mikro-Gen estaba demasiado unida al nombre de Wally Week y por ello, aun tratándose de juegos en principio destinados a públicos diametralmente opuestos, la empresa cometió el error de lanzar Battle of the Planets casi al mismo tiempo que la última aventura de su personaje franquicia, Three Weeks in Paradise, lo que le restó impacto junto al hecho de llevar el nombre de una serie “vieja” que en muchos lugares (incluyendo España) se había dejado de emitir hacía tiempo. Y ello pese a organizarse un concurso internacional a modo de promoción, por el que quienes obtuviesen las mayores puntuaciones podían optar a multitud de premios. Sin embargo dicho concurso apenas fue publicitado más allá de las instrucciones del juego y Mikro-Gen, ante la tibia acogida del producto y lastrada por las deudas, decidió finalmente “enterrarlo”.

La pantalla de carga del juego.

Con Battle of the Planets resulta evidente que Mikro-Gen buscaba llegar a un público mucho más amplio y “facilón” que el que acostumbraba a perder el tiempo llevando a Wally de un sitio a otro sin hacer nada. La compañía se fijó en el éxito obtenido por juegos como Elite o Starstrike, que habían puesto de moda los shooters con gráficos vectoriales 3D ambientados en el espacio exterior. Battle of the Planets está diseñado a su imagen y semejanza, casi como una máquina recreativa pero sin olvidar las señas características de Mikro-Gen y de su autor. Los efectos de sonido, la música y hasta el tipo de letra utilizado en la presentación, señalaban el origen de un programa cuya apuesta por la calidad resultaba evidente hasta en los detalles en apariencia más insignificantes. Hinsley hasta se permitía reutilizar algunos gráficos de juegos anteriores a modo de guiño a los fans, como la simpática lata de gasolina marcada con las letras “BP” (de British Petroleum) que aparecía en Automania y Pyjamarama.

Sin nada que ver con la imagen anterior: espectacular homenaje a la serie obra del artista Chris Graham.

Sin embargo, algo fallaba. Para empezar, salvo por la carátula de la cinta, la pantalla de carga y la escueta introducción legible al concluir ésta, nada identificaba Battle of the Planets con el anime del que supuestamente provenía. Jamás veríamos a ningún personaje de la serie ni el exterior de su nave Phoenix que en teoría pilotábamos, por lo que establecer algún vínculo con ellos resultaba casi imposible. El juego podría haberse llamado de cualquier otra manera y nos habría dado exactamente igual, porque podría ser el mismo sin ningún problema. Los gráficos basados en vectores, ideales para generar entornos 3D realistas en máquinas de escasa potencia como el Spectrum permitiendo al mismo tiempo rapidez y suavidad de movimientos, son buenos pero poco variados. La pobre representación de la nave en la que se supone vamos montados, cuyo panel tiene un diseño demasiado plano y simple, no ayuda a “sumergirse” en la acción. A esto último contribuye el sonido (unos cuantos pitidos nada más que aceptables) y el hecho de que, tratándose de un arcade en que lo principal es disparar a todo lo que se mueva, la acción resulta un poco lenta, lejos del frenesí al que nos aboca un competidor directo como Starstrike, que con sus excelentes gráficos, su potente sonido y su paroxismo de acción sin apenas respiro, acaba ganando a Battle of the Planets por goleada.

Comando G, edición pajilleros.

Un aspecto que ayuda a equilibrar la balanza frente al peso de tantos elementos presuntamente mediocres es la dificultad, rasgo por el que los juegos de Mikro-Gen y en especial los de Wally Week fueron muy conocidos… para mal. Con ocasión del lanzamiento de Everyone´s a Wally hasta llegaron a montar un centro de llamadas 24×7 para ayudar a los usuarios más desesperados, y aún así nadie logró resolverlo sin utilizar una guía. Como buscando redimirse del incontable sufrimiento que provocó, Chris Hinsley hizo que la dificultad de Battle of The Planets fuese mucho más asequible, lo bastante baja y progresiva como para que cogerle el tranquillo al juego sea cuestión de unas pocas partidas y permitir que la duración de estas se alargue en el tiempo de forma muy satisfactoria para el jugador, aunque desgraciadamente todo tiene un precio.

Por fin una imagen del juego, que ya tocaba.

El argumento no da para mucho: viajando a través de un sistema planetario compuesto por cinco mundos distintos (en realidad son todos iguales y lo único que los diferencia es el color de los gráficos), debemos evitar que las tropas del malvado Zoltar acaben con toda vida presente en ellos, combatiéndolas tanto en el espacio exterior como en los propios planetas, a los que habremos de descender ocasionalmente para dar cuenta de sus poderosos tanques de asalto, al tiempo que aprovechamos la visita para reparar nuestros escudos, cargar combustible y reponer armamento. Visto así parece más complicado de lo que en realidad es. Todo se limita a recorrer el espacio pegando tiros y bajar de vez en cuando a algún planeta que se encuentre infestado de enemigos, para enviarlos al otro barrio con un puñado de misiles cargados a tal efecto en nuestra nave. No hay más, y como la dificultad es muy baja al principio y además aumenta demasiado lentamente, una partida larga llega a hacerse muy tediosa. El juego no tiene final y tampoco cabe la idea de jugar por hacerse puntos, ya que no hay tabla de récords. Lo único que se le aproxima es el esperpento organizado por Mikro-Gen en torno al concurso de promoción: al finalizar una partida (o sea al diñarla), bajo nuestra puntuación se muestra un código aleatorio, que debíamos anotar para enviarlo por correo a las oficinas de la empresa si creíamos que nuestra puntuación era lo bastante alta como para merecer tal esfuerzo. Así de claro lo dejaban las instrucciones del programa, y como ninguna revista informaba sobre cómo iba transcurriendo la competición, de inmediato se esfumaba cualquier afán de pasar las horas encerrados en nuestro cuarto con los ojos inyectados en sangre. Porque además las puntuaciones aumentan muy despacio (al principio cobrarse una nave enemiga vale solo entre dos y cinco puntos), y dado que el marcador contiene nada menos que seis dígitos, es fácil imaginar que para llenarlo hasta alcanzar una cifra aceptable nos hará falta dedicar al juego 25 horas diarias en semanas de ocho días. Y tener a mano lo necesario para mantenerse despierto mientas tanto, porque la partida no puede pausarse en ningún momento como tampoco es posible grabarla en cinta, a fin de reanudarla más adelante.

Técnica ideal para jugar a Battle of The Planets durante horas y horas.

Si algún lector ha tenido arrestos para llegar hasta aquí, no debería extrañarle que el juego fuese acogido con tibieza por la crítica (británica. En España, donde más que el periodismo se ejerce la propaganda, era difícil no encontrar manchas de semen en la sección correspondiente de una revista). El público tampoco respondió como se esperaba. Más de uno reconocerá no sorprenderse, y sin embargo estamos ante un juego a revindicar por increíble que pueda parecer. Alguno dirá que a qué viene esto, sobre todo después de haberme cebado con él hasta casi ponerlo como hoja de perejil, pero todo tiene su explicación. Es cierto que tiene defectos, y que hasta su mayor virtud (la asequible dificultad) acaba convirtiéndose, también, en defecto. Pero estos serían achacables a decisiones erróneas sobre las ideas a plasmar, no a la impericia de un programador que en anteriores ocasiones ya había demostrado con creces lo bueno que era y que en esta demostró, además, que era versátil.

Battle of the Planets está bien hecho y tiene detalles técnicos impecables, pero sobre todo ha envejecido mucho mejor que los juegos que brindaron a Mikro-Gen sus mejores días. Hoy nadie en su sano juicio se pondría a jugar con Pyjamarama o Everyone´s a Wally, y de hacerlo no los aguantaría ni diez minutos. En cambio Battle of the Planets conserva intacta su jugabilidad, perfecta para esos intervalos en que uno no sabe qué hacer mientras espera el tren camino del trabajo o a un amigo en una cafetería. En tales circunstancias cumple a la perfección con un rol, el de entretener, que mal que nos pese no está al alcance ni del 10% de la programateca del Spectrum, superada por el tiempo y las modas cambiantes que, como para la ropa o el mobiliario de una casa, rigen también para los videojuegos salvo en contadas y afortunadas excepciones. Es una lástima que Battle of the Planets no cumpla con todo lo que cabría esperar de él. En ese sentido queda como un programa de 6 o 7 que, con otro enfoque un poco distinto, bien podría haberlo sido de 10.

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