Generación cuántica

El 12 de enero de 2014 se habrán cumplido treinta años de la multitudinaria rueda de prensa en la que Sir Clive Sinclair presentó a los medios el QL, el ordenador que buscaba lograr en el mercado profesional lo mismo que el Spectrum había logrado en el doméstico. Aquel acto, el más importante jamás organizado en la historia de la compañía que Clive dirigía con mano de hierro, fue el anticipo de una odisea que hundiría la ambición de convertir a Sinclair Research en la IBM inglesa. Un sueño imposible de alcanzar ante las pretensiones de conseguir en unos pocos meses lo que a cualquier empresa le habría llevado años invirtiendo recursos en investigación y desarrollo.

En pocas palabras, lo mismo que escribí en 2009 con ocasión del primer cuarto de siglo del QL serviría perfectamente cinco años después. Con la perspectiva y la capacidad de análisis que otorga el paso del tiempo, es lícito plantearse si el triunfo del QL no habría supuesto un revulsivo total para el desarrollo de la informática en Europa, secularmente atrasada respecto a Estados Unidos y Japón, abriendo al hombre de la calle un mercado que no estaría accesible para él hasta el inicio de los años noventa, cuando los compatibles PC comenzaron a bajar sustancialmente de precio. Sea como fuere, el Quantum Leap, el ambicioso salto cuántico con el que Sinclair quiso plantar cara a los gigantes, acabaría cual Quijote arremetiendo contra molinos de viento.

Con el QL, Tito Clive quiso imitar a los grandes hasta en el impacto publicitario.

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