El Sir Clive americano

La historia de la humanidad está salpicada de hechos, lugares, fechas, personajes… olvidados (voluntariamente o no) por los cronistas. Como parte de dicha historia, la informática también está repleta de ilustres olvidados, y uno de los más indiscutibles es Ralph Baer.

Alemán de origen judío nacido en 1928, logró escapar a tiempo de la vesania criminal nazi para establecerse junto a su familia en los Estados Unidos. Tras servir en la II Guerra Mundial, pronto destacó como técnico experto en uno de los medios que transformarían el mundo en años venideros: la televisión. Y como genio visionario que era, no tardó en preguntarse si sería posible utilizar aquel aparato para algo más que apolillar las neuronas tirado en un sofá. En una parada de autobús esbozó una idea que décadas después iba a revolucionar la forma de ocio de varias generaciones, dando pie a una industria más poderosa que la del cine y la propia TV juntas. Pero como suele ocurrir con todo buen genio que se precie, sus ideas fueron mayoritariamente acogidas con escepticismo cuando no con jocosidad. Aunque lograría ver su sueño hecho realidad gracias a la Magnavox Odyssey, el relativo fracaso de ésta le hizo caer en el olvido y sólo gracias a la comunidad internauta, mucho tiempo después, su nombre comenzó a estar presente en el lugar que se merecía junto con sus inventos. El impulso que la Red lleva otorgando a la figura de Baer desde hace unos años ha servido, por ejemplo, para que la Brown Box que sirvió de prototipo para la Magnavox Odysey se conserve hoy día en el mítico Museo Smithsonian.

La Odyssey, lanzada en 1972, fue la primera videoconsola puesta a la venta en el mundo.

Las carreras de Ralph Baer y Sir Clive Sinclair mantienen, cada una a su nivel, bastantes paralelismos. Ambos fueron destacados visionarios en una rama del conocimiento humano, la informática, que ha cambiado la faz del planeta en un abrir y cerrar de ojos hasta hacerlo casi irreconocible. Baer sacó los videojuegos del laboratorio y los descubrió para el gran público, poniéndolos a su alcance con un precio asequible y abriendo una senda que luego sería aprovechada por otros tipos con más talento para los negocios y más arrojo para llevarlos a cabo, quienes acabarían por convertir la humilde senda en una inmensa autopista con la que entrar en el selecto club de los multimillonarios. Ése fue el pie cojo de Baer, que aunque finalmente logró un enorme éxito comercial gracias al Simon, vio cómo su nombre pasaba prácticamente desapercibido tras el de los magnates jugueteros que lo vendían, llevándose de paso la mayor parte de los beneficios. En ese sentido Sir Clive fue más listo, compensando su aparente falta de formación (sólo aparente: como ya es sabido, si no quiso acudir a la universidad fue porque, con buen criterio, concluyó que allí no aprendería nada útil a sus propósitos) con un mayor empeño en los negocios que le llevaría a ser cabeza visible de un pequeño imperio, en lugar de mero secundario en su propia película. Al menos en principio, claro.

A menudo se dice que la historia coloca a los genios en el lugar que les corresponde, pero que no pocas veces lo hace demasiado tarde. En el caso de Ralph Baer queda el consuelo de que, aunque tal vez un poco tarde, la historia ha llegado aún a tiempo de que el protagonista pueda disfrutar de los merecidos parabienes. Y es que, a fin de cuentas, más vale llegar un poco tarde que demasiado tarde.

Ralph Baer, recibiendo la Medalla Nacional de Tecnología de Estados Unidos en 2006

Con toda seguridad, esto es lo único positivo que George W. Bush hizo durante su nefasto mandato.

Este artículo fue publicado inicialmente en nuestra vieja web HTML el sábado 6 de diciembre de 2008.

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