Diez formas de sacar partido a un Commodore Amiga

Si eres de los que aún tienen por ahí un Amiga y no sabes qué hacer con él excepto dejar que se pudra en el fondo de un armario, tal vez esto te anime a destaparlo:

Durante el segundo lustro de los ochenta y el primero de los noventa, el Commodore Amiga fue con casi toda seguridad el mejor ordenador doméstico que se podía comprar. La tortuosa historia de su gestación podría servir para una película al estilo de La red social, pero sea como fuere el esfuerzo de quienes se partieron los cuernos desarrollándolo valió la pena: la máquina era tan endemoniadamente buena que cuando se presentó en público muchos creyeron que era un engaño y miraban bajo la mesa buscando el truco, pero funcionaba. Y vaya si funcionaba, que hubieron de pasar cerca de diez años hasta que los compatibles PC pudieron igualar sus prestaciones, incomparables en materia gráfica y sonora, pero igualmente válidas para otras muchas cosas. En Alcalá de Henares, cerca de Madrid, un Amiga 500 se usó durante años para controlar las emisiones de la TV local, de forma que cuando el ordenador se reiniciaba podías ver el escritorio del Workbench a modo de carta de ajuste. La contrapartida al rendimiento de estos magníficos ordenadores radicaba en su precio, que hizo de ellos un artículo de auténtico lujo hasta el final de los 80 y limitó su difusión en una Europa que exprimió al Spectrum y sus colegas de ocho bits hasta las últimas consecuencias, por lo que cuando tocó dar el salto hacia una nueva generación muchos hogares optaron directamente por el PC y / o las videoconsolas. Para entonces el Amiga ya había dejado su huella en la historia, y hoy por hoy su legado tiene un valor incuestionable.

Incluso lo peor de lo peor tiene ese «valor incuestionable». Fuck Yeah!

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