Cuando éramos reyes

Si todo va bien, cuando haya publicado este editorial el Tour de Francia 2007 estará atravesando su ecuador camino de su recta final. Con casi total seguridad, la mayoría de las pocas noticias generadas en torno a él sólo harán referencia a temas jugosos para los infames medios de comunicación que nos invaden, ávidos de pescar en el río revuelto de lo que ya muchos consideran como un contubernio de yonkis. Lo de menos será el resultado deportivo, y más después de lo ocurrido el año pasado con Floyd Landis y las recientes declaraciones de otro ex campeón de la carrera, Bjarne Riis, que confesó haberla ganado con la ayuda del doping.

Es evidente lo mucho que ha cambiado (para peor) la percepción que del ciclismo tiene nuestra borreguil sociedad. Nada que ver con los tiempos, no tan lejanos, en que se publicaba Tour 91, el último videojuego de ciclismo que gozó de repercusión mediática. En el momento de salir a la calle, con el Tour de ese año a la vuelta de la esquina, Miguel Indurain era considerado por muchos como el virtual ganador de la prueba, antes incluso de que se diese la salida del prólogo. Y no sin razón porque “Miguelón” había demostrado con creces su poderío en la ronda francesa el año anterior. De no ser porque en ese momento Pedro Delgado era todavía el “capo” indiscutible de su equipo, y por ciertos planteamientos (seguramente acertados) de José Miguel Echávarri conforme a no “quemar” demasiado pronto a su privilegiado pupilo, es posible que el de Villaba, si no ganar la carrera, tal vez podría haber optado a un puesto en el podio. 1991 marcó la definitiva cuesta abajo del segoviano Perico, e Indurain pudo sacar a flote, sin trabas, todo su potencial de estrella. Tan claro se veía ese potencial que en Topo Soft intentaron por todos los medios posibles que Tour 91 llevase el nombre del campeón navarro, pero al final no pudo ser.

Un reflejo de tiempos mejores. Y no, no se trata de nostalgia grauita.

Indurain y Tour 91 fueron, sin saberlo, la última etapa gloriosa del ciclismo. Tras la retirada de Miguel en 1996, harto del circo montado a su alrededor por Echávarri y el Banesto, llegarían las vacas más flacas que el ciclismo profesional haya visto jamás, por las cuales este deporte posiblemente nunca recuperará el respeto y la admiración que antaño despertaba entre la gente. Lo mismo ocurrió con los videojuegos de ciclismo, que arrastrados por la debacle de este deporte nunca más han revivido el tirón de otras épocas, hasta el punto de resultar difícil encontrarlos en las tiendas porque apenas tienen demanda. Esta dinámica negativa, unida al empuje de disciplinas más populares y menos cuestionadas como el fútbol, ha logrado que el ciclismo languidezca en nuestros ordenadores y en la vida real.

¿Será posible que el deporte de las dos ruedas recupere algún día el esplendor que una vez tuvo? Posiblemente nunca, porque el daño parece ya irreparable, y más ante la evidencia de que para los actuales medios de incomunicación, más interesados en el sensacionalismo basura que en la información, parece que sólo merece la pena hablar de ciclismo cuando se hace público algún caso de dopaje. A los “viejos” como yo nos queda el consuelo de saber que hubo un día en que la gente pasaba calurosas tardes veraniegas agolpada ante la tele, viendo sufrir a un puñado de locos a los que admiraba y respetaba; del mismo modo que hubo un día en que videojuegos como Tour 91 se vendían como rosquillas. Flaco consuelo es.

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