Convirtiendo el infierno en cielo, más o menos

De todos los elementos que hicieron del Spectrum un chisme asaz peculiar, sobre todo en los primeros modelos con teclado de goma, el manual de instrucciones suele ser el que menos se recuerda. Algo normal, después de todo. ¡Hablamos de un artefacto con aspecto de juguete adquirido en un bazar de saldos y teclas de chicle! Al abrir por vez primera el embalaje del aparato, el usuario se encontraba con una especie de manual introductorio (lo que cualquier buen hipster de hoy denominaría «un getting started») y después con el manual de instrucciones en si, bastante alejado del tono casi ufano que tendría en modelos posteriores como el +2. A Sir Clive nunca le gustó que los ordenadores caseros fuesen vistos como máquinas para uso lúdico, sino como herramientas de aprendizaje para el mundo que habría de llegar y que en 1982 ya era presente más que futuro, con la informática protagonizando cada vez más aspectos de la vida cotidiana. El manual de los primeros Spectrum era así pues muy didáctico, pero desde un punto de vista más cercano al de una herramienta de laboratorio que al de un sencillo electrodoméstico digital, destinado a presidir la habitación de los niños en el hogar de cualquier familia media.

Con el Spectrum, Sinclair pretendía mejorar nuestro cerebro. Y lo que consiguió fue que actuásemos como Steve Martin en sus películas. 

De esta forma, muchos se encontraron con un yermo en el que fueron incapaces de manejarse. Porque tras la futurista (y por que no decirlo, extrañamente bella) ilustración de portada que presidía el manual del Spectrum, se escondía lo que perfectamente podría pasar como un libro de brujería escrito en latín al revés, sin ilustraciones y redactado como una tesis de fin de carrera. En pocas palabras: un soberano coñazo probablemente muy del gusto de alguien como Tito Clive, vástago de ingenieros, pero no muy adecuado para inculcar las bondades de la informática en alguien digamos «normal». No digamos ya sí encima ese alguien «normal» era un tierno infante que lo último que deseaba tras pasarse el día estudiando memeces en el colegio era… seguir estudiando. De hecho, no es la primera vez que hablamos sobre el particular y sus a todas luces perniciosas consecuencias, acentuadas en el caso español gracias a traducciones con toda la pinta de haber sido perpetradas por uno de esos tipos que presumen de «hablar inglés» porque alguna vez dejan la tele puesta en Vaughan TV haciendo zapping.

«Cinco minutos al día y en dos semanas Shakespeare quedará a tu lado como un poligonero».

Pero como dijo en su día el autor de La celestina (los jóvenes pertenecientes a la generación más iletrada mejor preparada de nuestra historia pueden pinchar aquí para saber quien es. Vaya por delante que no es un contertulio de Sálvame ni participa en un reallity de esos de cocinillas) no existe libro total y completamente malo. Evidentemente nunca leyó nada escrito por Lucía Etxebarría, pero tampoco le faltaba razón. En el caso del manual del Spectrum, lo más aprovechable es su portada (ya se lo imaginaban, seguro); y el diseñador y dibujante Paul Weller, al que ya nos hemos referido con anterioridad, siendo muy consciente de ello, decidió sacarle provecho con este resultado tan mono:

Cabe preguntarse si esto le hubiese gustado a Sir Clive durante la época en la que se acomodaba en la cima del mundo y andaba por ahí con el pedante subido, creyendo que podía endosarle cualquier fistro a la gente. Seguramente hubiese bramado a voz en cuello diciendo que «esa mierda no es didáctica», pero la cuestión es que el Clive de ahora, ya septuagenario y al que el Spectrum literalmente se la trae pelada,  también diría lo mismo. A mí, personalmente, su muy probable opinión me la traería igualmente al pairo: jamás nadie le sacó tanto y tan buen provecho a semejante engendro de manual, ni siquiera cuando le prendía fuego. 

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