Compras traperas

Desde siempre me ha gustado patear rastrillos y lugares de venta de artículos de segunda mano o de ocasión (denominados ahora como «outlets», siguiendo la moda anglosajona más snob y cursi), sin importar la época de bonanza o crisis que atraviese la civilización. Para el recuerdo quedan mis visitas al Rastro de Madrid en tiempos del Spectrum, prácticamente semanales, gracias a las cuales conseguí, entre otras cosas, un buen puñado de magníficos cómics y aun mejores amigos. Con paciencia y una pizca de suerte, en los antaño conocidos como «traperos» se pueden encontrar verdaderas maravillas a precios de risa, y no sólo en lo que a muebles se refiere, que es con lo que la mayoría de la gente asocia estos sitios. En marzo pasado, por ejemplo, me compré un ejemplar virtualmente nuevo del PES 2008 por algo más de nueve euros (!). Y durante mis recientes vacaciones localicé el Microsoft Train Simulator, y aunque en esta ocasión la caja sí denotaba un uso intensivo por parte de su anterior propietario, lo que realmente interesa (los CDs y el libreto de instrucciones) estaba en buen estado, y como el precio era realmente bueno no lo dudé ni un instante.

El popular Rastro madrileño, abarrotado de gente

Me he pasado las vacaciones enganchado a este juego, al que deseaba echarle el guante desde hacía tiempo. Los más de vosotros pensaréis, de forma más o menos directa, que para algo están la «Mula» y similares; pero ésta es la clase de juegos que merece la pena tener originales, sobre todo porque las instrucciones no suelen estar de adorno. Si a eso le unimos el bajo precio al que se pueden encontrar la mayoría de los videojuegos en el mercado de ocasión (entre 2 y 14 euros) y que encima se venden con garantía, casi no queda excusa; lo que recuerda en cierto modo a los tiempos, no tan lejanos, en que los juegos de Spectrum se vendían a 875 pesetas.

Lo cual me lleva a pensar en que a veces las historias se repiten cual «deja vu», porque en su día también anduve como loco buscando el Southern Belle de Hewson y en aquella ocasión tuve que esperar tres años a que los juegos bajasen de precio para poder comprarlo, porque cuando salió a la calle (1985) resultaba demasiado caro y cuando me lo ofrecían pirata me negaba: un juego así no hay dios que lo disfrute sin instrucciones. En eso no cabe duda de que las cosas han mejorado y mucho, porque antes el «mercado de ocasión» estaba  prácticamente limitado a la piratería, con todos los riesgos que aquello tenía. Desde hace un par de años y por lo menos en Madrid, que es lo que yo conozco, proliferan las tiendas que venden videojuegos y todo tipo de material informático de ocasión a precios como mínimo interesantes (ejemplo: mando oficial de Sony para PSX 2 a diez euros; S.T.A.L.K.E.R. Shadow of Chernobyl a doce), todo perfectamente revisado y garantizado, por lo que si tienes algún problema puedes, como poco, devolverlo y cambiarlo por otra cosa. El negocio funciona tan bien que hasta las grandes superficies se están subiendo al carro, más ahora que los asuntos de dinero pintan en bastos para casi todo el mundo. La pena es que a nadie se le ocurriese algo así en tiempos del Spectrum. Yo soy el primero en admitir que jamás compré un programa original hasta que llegó la famosa bajada de precios del 87 y que hasta entonces me pasé casi cinco años pirateando sin piedad; pero también digo que si alguien me hubiese ofrecido entonces lo que hoy me ofrecen las tiendas de ocasión habría tenido en casa muchos más juegos originales de los que tuve, seguro.

El Southern Belle, listo para salir de viaje

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