Aquella tarde de Querétaro

Hubo un tiempo en que el Mundial de Fútbol de 1986 fue calificado por algunos como el Mundial gafado. En 1974 la FIFA había elegido a Colombia como país organizador, una decisión muy discutible por cuanto apenas tenía condiciones para albergar un acontecimiento de ese nivel. Los peores temores se confirmaron cuando Colombia hubo de renunciar al torneo a finales de 1982, obligando a la FIFA a designar rápidamente una nueva sede. Cuando algunos apuntaban a Brasil como favorita, el máximo organismo del fútbol se decantó por México, que tan solo doce años antes había organizado el que a día de hoy continua siendo el mejor Mundial de la historia y ofrecía mayores garantías desde el punto de vista político (Brasil vivía entonces bajo una dictadura militar) y económico (el país carioca estaba quebrado de facto). Aquello no sería lo peor, ya que a finales de 1985 México sufrió un fuerte terremoto que comprometió gravemente la celebración del torneo. Aunque se barajó a Estados Unidos como recambio de urgencia, finalmente México logró sobreponerse y organizó un buen Mundial; no tanto como el del 70, pero sí lo bastante como para regalar a los aficionados grandes partidos de fútbol y algunos momentos inolvidables.

Y Dios bajó de los cielos para reconquistar la Tierra.

En España aquel Mundial se recordará por siempre como el de la goleada a Dinamarca. La selección llegó a México como subcampeona de Europa y con el claro objetivo de redimirse ante la afición del país por el desastre bíblico acaecido cuatro años antes. Y lo consiguió en buena parte, aunque al comienzo sembró muchas dudas tras perder ante Brasil en el primer partido y ganar, sin apuros pero también sin brillo, a Irlanda del Norte y Argelia. Como casi siempre la cagó en el momento en que le colgaron el cartel de favorita para llegar realmente lejos, en un partido de cuartos ante Bélgica que supuso el inicio de dos costumbres que alcanzarían rango de ancestrales en nuestra historia futbolística: fallar en los penaltis y no pasar de cuartos aunque nos lo pusiesen a huevo. Antes, eso sí, el equipo tendría ocasión de dejar su impronta en el campeonato con aquel 5-1 a los daneses que nadie esperaba, y menos cuando ellos inauguraron el marcador. El partido se jugaba cuando en España ya era de madrugada y muchos conocidos míos se negaron a trasnochar para ver lo que ya imaginaban que iba a ser una derrota ante una de las selecciones que mejor fútbol estaba practicando hasta entonces. Aquella tarde de Querétaro encumbró a Emilio Butragueño, que marcó cuatro goles y se convirtió en el “portaestandarte” del equipo español durante los años siguientes, aunque al igual que ocurriría con su teórico sucesor en el puesto, Raúl, su trayectoria internacional acabaría siendo muy discreta, sin nada que ver con todo lo que consiguió como jugador de club.

“Leo colega no te pases conmigo joer, que para un día bueno que tuve con España…”

El Mundial de México ´86 fue, tras los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, el segundo acontecimiento deportivo de gran calado que tendría repercusión en el Spectrum, aunque sorprende que no fuese tanta como podría esperarse en el ordenador que dominaba Europa, tierra de fútbol por excelencia. Hasta 1986 se habían publicado muy pocos juegos de fútbol para Spectrum, muchos menos de los que se publicarían durante los cuatro años siguientes, y el único que salió a la calle coincidiendo en fechas con el torneo resultó ser una estafa. La realidad es que los usuarios de Spectrum vivimos el mundial más intensamente en nuestras casas que en las tiendas, pues desde un año antes muchos ya teníamos en nuestro poder el que se convertiría en el videojuego “oficial” del campeonato, Match Day, tan bueno que seguramente quitó a más de uno la intención de sacar su propio juego de fútbol. En mi caso, con Match Day se inauguró aquel año la costumbre de jugar Mundiales videojueguiles cada cuatro años, tradición que he mantenido hasta la actualidad y que compaginé con un póster (regalado con Teleindiscreta, creo) para apuntar los resultados del campeonato (el auténtico, se entiende), que colgué en la pared de mi habitación. Un póster cuya existencia acabó trágicamente, hecho pedazos en la basura luego de la derrota ante Bélgica en cuartos, tal fue el cabreo y la decepción que me pillé. En fin, México ´86 me pilló siendo un mico de doce años y por entonces todo me lo tomaba demasiado en serio. Cuatro años después no sucedería lo mismo y para el Mundial de Italia tomé un viejo cuaderno del colegio, arranqué las hojas que aún tenía escritas con apuntes de química de 8º de EGB y aproveché las restantes para hacer algo útil con él, como fue plasmar para la eternidad los resultados del peor Mundial de la historia, incluyendo los del enésimo fracaso español. En esta ocasión las risas que me eché a costa de Zubizarreta y sus cantadas (ni colocar barreras sabía, el tío) fueron antológicas. En lo que a videojuegos respecta, por aquel entonces ya no tenía el Speccy y aquel campeonato me lo jugué con el Kick Off en el Amiga. Poco imaginaba yo que años después volvería al redil y acabaría jugando unos “Mundiales” con un emulador de Spectrum corriendo sobre PC. Las vueltas que da la vida, oigan.

Tampoco imaginaba que un día vería algo como esto. La vida es una caja de bombones, pozí.

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