Finalizamos nuestro peculiar repaso a la prodigiosa década de los ochenta con la Leyenda dedicada a 1987, año I DC (Después de Chernobyl) marcado por una cierta relajación de las tensiones Este – Oeste. Gorbachov había alcanzado el poder supremo en la URSS sólo para descubrir que las arcas del Estado estaban más vacías que las cabezas de muchos miembros del PCUS. Con este percal no quedaba otra que buscar una salida honorable a la absurda carrera armamentística con los USA, entre otras cosas, y centrarse en poner orden en casa. Con el clima mundial algo menos revuelto, la gente pudo aprovechar las neuronas para pensar en algo más que con quién iba a echar el último polvo antes del fin del mundo. Ante tal cantidad de tiempo libre muchos encontraron la salida en los videojuegos. La demanda de ocio electrónico aumentó particularmente en España, donde la secular molicie de la ciudadanía tenía que ser contrarrestada de alguna forma. Por consiguiente, se produjo un notable aumento en la oferta de videojuegos patrios.
1987 fue también el año de la primera edición de los Premios Goya. Definitivamente la bomba atómica no sería el instrumento que acabaría con la vida en la Tierra.
Continuamos nuestro pequeño repaso a los ochenta con la Leyenda dedicada a 1985. No es esta la primera vez que hacemos referencia a ella: a primeros de este 2010 del que ya encaramos el último tercio, fue una de las primeras Leyendas de la vieja web HTML remasterizadas para lucir como nuevas con nuestro formato actual, entonces recién estrenado. Ya que estamos dándole un repaso a esta serie de artículos no está de más volver a hacer referencia a él, porque además quedó bastante divertido.
Durante los últimos compases del siglo XX y los primeros del XXI, quienes habían nacido a lo largo de la década de 1970 y habían vivido su niñez y adolescencia en la década inmediatamente posterior, comenzaron a pensar que aquella había sido una época maravillosa en la que no existía el paro, donde todo el mundo tenía una casa chachi por la que no pagaba hipoteca, la delincuencia era algo que sólo se veía en las películas yankis y hasta los politicastros eran algo así como superhéroes de la Marvel, con una honestidad sin mácula y capaces de convertir un arrabal subdesarrollado como España en un país tope guay, en el que incluso alemanes y gabachos se daban de hostias con tal de quedarse a vivir. Para colmo de buenaventuranzas el país vivía una nueva edad de oro cultural, en la nuestros artistas parecían tocados por la divina providencia de la inspiración y encadenaban una obra maestra detrás de otra. La palabra “bodrio” no existía; tampoco en el mundo de los videojuegos por supuesto, donde nuestras creaciones eran loadas allende los mares y hasta el invento más tiñoso le daba mil patadas al mejor producto llegado de fuera.
España en 1983.
Total, la reoca. Nada que ver con la mierda absoluta de la actualidad, cuyas miserias no les voy a enumerar ahora porque tampoco es plan de que acaben ustedes tirándose por una ventana de su zulito de pladur hipotecado por mil años. De aquel fenómeno de nostalgia colectiva por una época sin duda mejor se pisparon ciertos señores conocidos como “expertos en marketing”, que vieron la posibilidad de sacarle la pasta a una cuadrilla de borregos hacer algo para levantar la moral de la gente. Escudándose en la nostalgia ochentera, aquellos tipos y sus acólitos terminarían sacando a la palestra auténticos ejercicios de caradura. Kiss FM es el más relevante, así a bote pronto; pero hubo cosas que por patéticas hacen hasta gracia como Los 80, serie emitida por Antena 3 TV de cuya calidad y realismo habla el hecho de que, en plena manía por revivir esos años, no aguantó ni media docena de episodios antes de ser cancelada sin piedad.
España hoy día.
En esta web tuve costumbre de aprovechar el ocaso del año en curso para retroceder en el tiempo, dos décadas atrás concretamente, escribiendo un puñado de Leyendas en las que analizaba muy por encima lo que había pasado en la historia del Spectrum. Pero dentro del contexto de la época, entre otras cosas con la intención de demostrar que los años ochenta, lejos de ser lo más de lo más, fueron todo lo contrario. Un ejemplo de lo que se podía lograr al respecto lo tenéis en la Leyenda dedicada a 1985, que rescaté hace unos meses y que a buen seguro es la mejor de todas las de este palo. En 2005, cuando la escribí originalmente, la fiebre pro-ochentera todavía estaba en un momento álgido. Hoy esa fiebre se ha rebajado en gran medida para bien o para mal, pero no por ello está de más redescubrir las otras Leyendas relacionadas. Pocas ciertamente, puesto que no todos los años llegué a publicar cosas en esa onda.
Y comenzamos por el principio, como no podía ser de otra manera: en 2003 publicaba una Leyenda que, ambientada en 1983, analizaba someramente lo que aquel año había supuesto para el Spectrum dentro del tejemaneje histórico del momento. 1983 fue un gran año para nuestro querido aparatito, pero no tanto para el resto del mundo.
Ayer me estuve echando unas partidillas al Olé, Toro. Me dio por ahí, después de muchos años sin haberlo tocado para nada.
Nunca he sido precisamente fan de la llamada “fiesta nacional” sino más bien al contrario, y desde bien niño además. Tampoco congenio con otros derivados taurinos como los encierros o las sueltas de vaquillas; y no a causa del sufrimiento que puedan sentir los animales, sino porque me parecen unas fiestas tremendamente aburridas. Pero una cosa es la realidad y otra muy distinta los videojuegos. Sin ir más lejos ya aproveché los pasados Sanfermines para escribir sobre Txupinazo!, que me parece uno de los juegos más simpáticos y divertidos que he visto nunca en MSX.
El Ole, Toro llegué incluso a comprármelo. En el Rastro de Madrid, en formato de copia pirata. Pero me lo compré, sí. Y nada más salir, a principios de 1986. En aquella época ya existía en España un cierto sentimiento antitaurino que empezaba a mostrarse públicamente hasta en las propias plazas de toros, algo inconcebible pocos años antes. Mismamente en la antigua plaza de Alcalá de Henares, recién reformada por entonces y con una lustrosa capa de pintura blanca cubriendo sus centenarios muros, no tardaron en aparecer pintadas con eslóganes provocadores. “Tortura no es arte ni cultura” era uno que se repetía varias veces, pero este otro se me quedó grabado a fuego: “Torero muerto, héroe nacional. Obrero muerto, accidente laboral”. Lo más curioso es que nadie borró la mayoría de aquellas pintadas hasta que la plaza fue demolida (para hacer pisos, of course) a mediados de los años noventa.
Francisco Hernando: “Es preferible clavarle el estoque a un joven hipotecado que a un pobre animal. Y encima se gana más dinero, oyes”.
Olé, Toro me pareció un juego de lo más original y además constituía un empeño muy difícil de abordar en un Spectrum, algo por lo que enseguida llamó mi atención aunque no fuese aficionado a la “fiesta”. Y teniendo en cuenta eso, que estaba destinado al pobre y misérrimo Spectrum, ciertamente no resultó ser un mal juego, aunque adoleciese de lo que un colega bautizó como “Síndrome de Ultimate”: unos gráficos de puta madre se contraponían a la jugabilidad, que resultaba discutible por decirlo de un modo suave. En aquel momento Dinamic se veía superada por el éxito logrado con Profanation meses atrás, y había entrado en una espiral muy peligrosa. Aquel mítico juego, del que en junio pasado se cumplieron veinticinco años de su publicación, marcó un camino a seguir que contagió a posteriores lanzamientos de la casa y acabó convertido en un torpedo directo a la línea de flotación de la compañía fundada por los hermanos Ruiz. Todos sus juegos a partir de Profanation seguían el mismo esquema: esconder tras unos gráficos cojonudos un desarrollo en plan de “para avanzar pulsa la tecla justa en el momento justo”, que acababa por resultar mecánico, reiterativo y, en consecuencia, aburrido.
Aprende el arte del bichicidio con el Spectrum.
Olé, Toro, como Sgrizam o West Bank, seguía a rajatabla la componenda: bastaba con no pulsar la tecla necesaria en el momento exacto para que el toro nos voltease. Un rollo, vamos. Por eso no tardó mucho en acabar relegado a las catacumbas de mi colección de cintas. La curiosidad que me llevó a gastar dinero en comprarlo, aunque fuese en versión pirata, enseguida se vio superada por el aburrimiento de no poder superar la suerte de banderillas con el primer toro, prueba que me resultó infranqueable durante mucho tiempo y que acabó colmando mi paciencia con el juego hasta mandarlo a la mierda.
En resumidas cuentas, la idea se quedó en una especie de rara avis typical spanish más destacable por la polémica que creó (especialmente en Inglaterra, donde Olé, Toro fue molido a palos por la crítica y el público) que por sus cualidades. No obstante hay que reconocer que sus programadores le echaron pelotas, asumiendo una tarea casi irrealizable en una máquina como el Spectrum. Al menos la cosa les quedó medio decente, y a mi modo de ver tiene mucho más mérito que el posterior Torero; programa que llegué a probar hace un tiempo (sí, también, aunque esta vez sin comprarlo) para llegar más o menos a la misma conclusión que estos tíos.
Hace poco menos de un año la publicación de Spectrum provocó un pequeño terremoto en el panorama retroinformático, y puso nuevamente en boca de todos la figura de Alfonso Azpiri. El nombre de este sensacional dibujante, sin duda uno de los mejores que hemos tenido nunca, quedó indisolublemente unido a la llamada “edad de oro del software español”. Se echaba de menos una buena recopilación de sus muchos trabajos de aquella época, que en más de una ocasión eran mejores que los juegos en los que se utilizaban.
Obviamente esta no es la primera ocasión en la que se habla del libro. Ni siquiera en esta web, donde en su momento me hice oportuno eco de la repercusión que tuvo hasta en medios sin relación directa con los ordenadores o el retrogaming. De su éxito habla, además de eso, la gran cantidad de información o comentarios sobre él que pueden encontrarse en Internet.
Boceto y portada final de Rocky (1985), uno de esos ejemplos en los que una imagen vale más… que el videojuego al que presenta.
Me apetecía poner alguna foto de mi ejemplar particular, que compré a principios de octubre del año pasado cuando ni sabía que esto había salido a la calle. Ocurrió que lo vi en el escaparate de una tienda de cómics y rol mientras paseaba con mi novia por el barrio, y llamó mi atención como cualquiera se puede imaginar. Acabé comprándolo pese a que no veía claro eso de adquirir un libro de ilustraciones del que no sabía nada, que encima no podía ojear porque venía envuelto en plástico.
No lamenté la compra, por supuesto. He aprovechado la tarde del domingo, sentado tranquilamente en el salón de casa mientras la parienta veía la tele, para volver a repasar este compendio de bellas imágenes magníficamente presentado, como no podía ser menos tratándose de un libro como este. Alguna vez me comentaron que si algo se le podía echar en cara era que apenas tenía letra. Que no había anécdotas ni relatos sobre las ilustraciones, sobre procesos creativos o sobre metodologías de trabajo. Puede que sea verdad, pero soy de los que piensan que en casos como este una imagen vale más que mil palabras.