“El Mundo del Spectrum”: buenas intenciones y poco más

No será esta la primera vez que me refiero a un curioso fenómeno: la “burbuja” experimentada por la retroinformatica desde hará unos dos años. Una burbuja que, como todas, tiene bastante componente especulativo y antecede a la inminente desaparición del modelo de negocio (o como quieran llamarlo) que lo sustenta, y que en lo referente al terreno que a nosotros nos interesa ha propiciado una auténtica avalancha de libros y hasta desarrollos hardware como el Spectrum Vega y sus diversos competidores. Se trata de un fenómeno inaudito porque, a diferencia de otras burbujas de la historia reciente, no existen circunstancias asociadas a su aparición. La burbuja especulativa que antecedió a la Gran Depresión fue motivada, básicamente, por la escasez de control bursátil; avanzando hacia un momento más actual, la burbuja inmobiliaria española se desencadenó durante una época de créditos baratos unida a la desregulación del suelo, que aumentó la demanda de pisos y, consecuentemente, infló los precios. En el caso de la retroinformatica, fenómenos como el revival de los 80 hace tiempo que son cosa del pasado. La vorágine en la que estamos inmersos habría tenido sentido a mediados de la pasada década, cuando a la gente le dio por escuchar el mismo MP3 de Mike Oldfield emitido en bucle por Kiss FM y presumir de que los ochenta, años nefastos en su conjunto, fueron en realidad los más guays de la historia humana porque Michael Jackson lo petaba y todo el mundo iba por la calle vestido como un mamarracho. En un escenario como ese, ordenadores como el Spectrum apenas tuvieron presencia ni fueron reivindicados pese a constituir un fenómeno social. Hoy los ochenta están entre eso que los chavales señalan burlonamente como “cosas de papá y los abuelos”, y sin embargo se han publicado más libros relacionados con la informática clásica que nunca desde que el Spectrum feneció comercialmente en 1993. Eso si nos ceñimos al material literario, que oferta numerosas opciones para cualquiera que desee ser visto por sus congéneres como un tarado ajeno a este planeta.

Ejemplo de lector habitual de libros sobre retroinformática.

En medio de tan extraña situación llega El Mundo del Spectrum. O más bien llegó, pues su lanzamiento tuvo lugar hace unos meses arropado por la editorial Dolmen y por la página web de la que toma el nombre, una de las de mayor solera en relación al Spectrum por cuando lleva funcionando veinte años (aunque no ininterrumpidamente) habiéndose ganado una nutrida comunidad de seguidores, para quienes sin duda el libro presenta un atractivo potencial que va incluso más allá de su temática. Cuentan los autores, el cuidado aspecto exterior e interior y un detalle en apariencia baladí pero con un peso específico notable: está escrito en castellano a diferencia de casi todos los libros de esta clase, escritos en inglés y por tanto bastante inaccesibles en un país como España, donde el conocimiento del idioma entre la inmensa mayoría de la población jamás ha abandonado (ni abandonará) niveles subterráneos.

Están el First Certifícate, el Advanced Certificate, y luego está el Botella´s Certificate.

El Mundo del Spectrum lleva a cabo un recorrido por la historia del ordenador desde sus antecedentes y su gestación hasta el momento actual, incluyendo fichas de empresas de software, programadores y videojuegos más famosos, y dedicando un tramo importante al software español, algo lógico por otra parte dado el origen del libro. En contraposición a la web, cuyo estilo de redacción oscila entre lo simplemente aceptable y lo directamente deficiente (incluyendo titulares entre signos de admiración que evocan al periodismo sensacionalista más chabacano), el trabajo editorial logra aquí subir el listón al mínimo exigible en una publicación profesional a la venta por 23 euros, si bien todavía se cuelan algunas erratas de bulto y errores en localizaciones y fechas, mientras que algunos párrafos parecen traducidos literalmente de la fuente original en inglés. Se trata de errores pequeños que deslucen el resultado conjunto, pero que sin embargo no son los defectos más graves que presenta el libro. Y no me refiero a la alegría con la que los autores utilizan el término “emprendedor” a lo largo y ancho del mismo; una alegría que en ocasiones invita a aflojar la risa, por cuanto esta palabra ha terminado adquiriendo (merecidamente) connotaciones peyorativas entre buena parte de la opinión pública española.

El Bellotagate como ejemplo del clásico emprendedor español.

Descartando el tramo inicial, que es con diferencia lo mejor del libro al centrarse en los orígenes de Sinclair, poco conocidos y documentados, El Mundo del Spectrum viene lastrado por la nostalgia gratuita que impregna sus textos y hace que en muchas ocasiones adquieran un tono pueril. La misma nostalgia que hace que a algunos todo le parezca color de rosa sólo por encuadrarse en sus recuerdos de la niñez. Está muy bien eso de echar la vista atrás y rememorar tiempos pasados, pero la idea pierde su lógica despojada de la visión realista y el sentido crítico que debería tener en una obra supuestamente dirigida a un público adulto. En este aspecto, la parte más floja es sin duda la que gira en torno a la historia del Spectrum en España y la tan cacareada “edad de oro” del software español, en el que los mencionados defectos (candidez y ausencia total de crítica) se agravan hasta alcanzar límites francamente irritantes. No es de recibo, por ejemplo, dedicar páginas enteras a glosar la historia de El Corte Inglés usando un estilo próximo al de un publireportaje y obviando detalles como que la empresa, haciendo honor a su condición cien por cien española, abusaba de sus clientes vendiendo el Spectrum al doble de su precio original en Inglaterra. ¿Quieren otro ejemplo? Cuando Sinclair puso a la venta el Spectrum+ a finales de 1984, comercializó también un kit por el que los usuarios del viejo Gomas podían convertirlo en + de forma sencilla, en su propia casa y por solo 6.000 pesetas (unos 30 €) al cambio. En Españistán, quien quisiera hacer lo mismo debía mandar el ordenador a Investrónica (filial de electrónica de El Corte Ingles, que ostentaba en exclusiva los derechos de distribución de Sinclair en el país), pagar el doble (12.000 “pelas”) y esperar pacientemente durante semanas a que el ordenador le fuese devuelto. En un país donde los derechos de los consumidores brillaban (y aún brillan) por su ausencia, no cuesta imaginar el embrollo que suponía reclamar ante cualquier incidencia. Pero nada, son cosillas sin importancia que no emborronan la inmaculada trayectoria de una empresa ejemplar.

San Ramón Areces, cofundador de ECI y responsable de su época de mayor esplendor.

En resumen, nos encontramos ante una obra bienintencionada y complaciente, alejada de la calificación de “excepcional” que me he encontrado en algunos sitios y que no llamará la atención de aquellos mínimamente versados en la historia del Spectrum, pues su visión resulta demasiado superficial, limitándose a mostrar un compendio de tópicos y lugares comunes sin mayor interés. Un libro cuya propuesta es similar a que hace por ejemplo Yo fui a EGB, cuyo origen reside también en una página web y en el que el contenido, apoyado en la nostalgia barata con olor a naftalina, es un mero gancho comercial. Pese a todo, sería injusto considerar a El Mundo del Spectrum como un mal libro que no vale la pena. Con sus deficiencias, puede servir como “primer escalón” para aquellos que quieran introducirse en la historia de una máquina tan fascinante como maltratada a lo largo de décadas (incluso por quienes se vanaglorian de conocer al dedillo la historia de la informática y los videojuegos). Gente que no pueda (o no quiera) leer en otro idioma que no sea el castellano y tenga redaños para desembolsar los 23 euros que cuesta. Una cuestión, esta última, nada trivial y que hay que considerar detenidamente, siendo este de un libro de apenas 220 páginas con predominio del contenido visual y que por tanto se “ventila” con suma rapidez. Más allá de ese primer paso sale más a cuenta valorar otras opciones, y preferiblemente en inglés.

Un youtuber resumiría así el libro y su esencia.

Luz difusa

Como una imagen vale más que mil palabras, iré directamente al grano: 

Impresionado me quedo al ver lo que ha hecho el holandés Ben Versteeg con algunos repuestos de Spectrum y un puñado de bombillas LED adquiridas en eBay. Las redes sociales vinculadas con la escena retroinformática echan humo, y ya hay quien le dice a Berg que, aparte de mostrar detalladamente el proceso de montaje, debería vender este invento.

Para jugar en Reyes (y también después)

Tradicionalmente, la Navidad se asocia con una de las épocas más consumistas del año, eso si no es la que más. Siendo así, no es extraño que muchos señalen estos días con un marcador rojo. Las empresas de videojuegos lo han hecho desde siempre, pero también lo hacen hasta quienes aún trabajan con ordenadores comercialmente muertos, imbuyéndose en una vorágine de lanzamientos que, además de gratuitos en su mayor parte, llega a recordar los tiempos en que aquellos venerables trastos dominaban el mercado y estaban en boca de todos nosotros, los mismos que de niños esperábamos ilusionados las revistas que anunciaban, cual estrella navideña, los grandes títulos que se avecinaban. Mi quiosquera llamaba a esas revistas “las deseadas”, casi huelga decir por qué. En diciembre y enero, hasta quienes no solían comprar revistas como Microhobby o Micromania acudían al quiosco, y era normal que todos los ejemplares disponibles se agotasen en poco tiempo. Algo comprensible visto lo visto.

Tres quiosqueros disfrazados en Navidad.

Hoy esas revistas han sido sustituidas por blogs de Internet, que no destilan la misma magia pero son notablemente más válidos a la hora de recabar información sobre lo que se cuece en un área concreta (videojuegos retro incluidos) que a fin de cuentas es de lo que se trata. Husmeándolos se entera uno de todo y puede probar, inmediatamente y de primera mano, cualquier novedad, pasando un rato agradable mientras disfruta el calor del hogar a la sombra del árbol navideño y se pone ciego a turrón. Yo me quedo con tres, pero hay algunas más en absoluto carentes de interés y que si tercia ya comentaré en otra ocasión.

Rompetechos

Quizá podamos discutir largo y tendido sobre si Francisco Ibáñez es el mejor historietista español de todos los tiempos, pero lo que es indudable es que se trata del más popular. Este antiguo empleado de banca empezó a dibujar tebeos profesionalmente en 1958, pero su mejor etapa llegaría entre los años setenta y ochenta con una serie de historias que, pese a su hilo conductor y sus gags bastante reiterativos, eran divertidas y graciosas a más no poder. Mortadelo y Filemón (que hasta protagonizarían sus propios videojuegos a finales de los ochenta) son sólo la punta de lanza de un amplio crisol de personajes por los que Ibáñez siempre ha mostrado cariño, aunque Rompetechos destaque, en sus propias palabras, como su favorito sin desmerecer por ello a los demás. Sin embargo Rompetechos nunca tuvo un videojuego. Hasta ahora, en que el programador español IvanBasic salda esta particular deuda con un juego que en más de un sentido recuerda a Andy Capp (1988), especialmente por su desarrollo en forma de videoaventura. Por tanto ya saben de qué va la vaina: explorar una serie de localizaciones interactuando con el entorno y los personajes que lo pueblan, recogiendo objetos para alcanzar un objetivo combinándolos adecuadamente. Hasta aquí todo normal.

La singularidad del juego que nos ocupa es que está programado en BASIC. Y en BASIC Sinclair, nada menos. Explicado en términos comprensibles hasta para un tronista de Mujeres y Hombres y Viceversa, sería como escribir un audiolibro usando un cincel, un martillo, un cacho piedra y una bocina. ¿Ridículo? Pues funciona. Y lo hace tan bien que hasta el Mortadelo y Filemón de Magic Bytes, un producto cien por cien comercial lanzado a bombo y platillo también en 1988 como Andy Capp, se antoja por momentos inferior al Rompetechos de IvanBasic. Parece mentira que un juego hecho en un lenguaje tan sumamente torticero como el BASIC del Spectrum luzca tan espléndidamente, con unos gráficos tan elegantes y haciendo gala de un movimiento tan rápido, aunque no del todo preciso (las limitaciones del lenguaje se dejan sentir en algunos puntos, y este es uno). Como broche final, el argumento y su desarrollo están lo suficientemente bien hilvanados como para que echar el rato manejando al entrañable Rompetechos merezca la pena, con bastantes localizaciones a explorar (incluyendo los interiores de edificios y tiendas) y una dificultad medida para obligar a nuestro cerebro a esforzarse sin que acabe echando humo, ayudando a nuestro cegato amigo a enviar una carta que contiene su última declaración de Hacienda antes de que sea demasiado tarde. Bájatelo mismamente de aquí.

“Estoy esperando”.

Pietro Bros

Conversión de la maquina recreativa de 1983 donde Mario aparecía con su nombre por vez primera, reinterpretando de paso y de forma “apócrifa” (trocando el nombre para evitar suspicacias con Nintendo) una conversión previa lanzada por Ocean software en 1987. Aquella primera versión fue obra de Choice, grupo de programación vinculado a Ocean que solía distinguirse por su mediocridad y que en aquella ocasión no faltó a la costumbre: su juego funcionaba porque conservaba la diversión del original, pero técnicamente estaba muy lejos de lo esperado en cualquier juego para Spectrum a publicar en 1987. Como en el caso de Rompetechos, Pietro Bros se destaca por un detalle singular y este es el aprovechamiento del motor Nirvana. No es la primera vez que escribo sobre la criatura del brasileño Einar Saukas ni sobre la espectacularidad gráfica con la que dota a los programas que lo utilizan; pero como en la vida no se puede tener todo a menos que seas un político o “emprendedor” español, la exuberancia visual de Nirvana se paga con limitaciones en la fluidez de movimientos y su velocidad. Cristian González, quien estrena su carrera de programador con este juego habiendo tardado más de un año en acabarlo, opta por restar algo de la mencionada exuberancia gráfica (sin perder con ello la clásica espectacularidad de Nirvana) para ganar en los otros apartados, alcanzando con ello un logrado equilibrio de virtudes en apariencia bastante difícil de conseguir, lo que hace a Pietro Bros aún más atractivo de jugar. Si a las cualidades del programa añadimos un sonido del que prácticamente carecía la versión de 1987, además de muy buena calidad (aunque exclusivo para el Spectrum de 128 Kb), sólo queda añadir que estamos ante la conversión más próxima a la recreativa original que nunca que haya visto en ordenadores de ocho bits. Un lujazo tratándose del Spectrum que podéis bajar desde aquí.

 

Heroes Rescue

Si eres fan de Futurama no lo dudes: este es tu juego. Nuevamente estamos ante un arcade de plataformas como Pietro Bros, aunque con un planteamiento técnicamente más modesto (lo que no quiere decir que sea peor juego en líneas generales). La idea es muy sencilla: recorrer una serie de nieveles controlando al tontaina de Fry, para rescatar de su confinamiento en jaulas a diversas celebridades de la farándula comiquera y de los dibujos animados. No son una plétora, pero casi: hay personajes de DC, de Los Simpsons, de Las Tortugas Ninja y cómo no, de Futurama entre otros muchos. Realizado por Defecto Digital, Heroes Rescue convierte al Spectrum un original procedente del Amstrad CPC, y está hecho con sumo gusto y primor por los detalles, bien acabados en general. Diversión sin complicaciones disponible para descarga aquí.

8 Bit Music

Lo del mundo de las apps para Android ya lo hemos comentado otras veces por aquí, y por tanto no voy a reincidir sobre lo proceloso del mismo y, por añadidura, lo difícil que resulta estar al tanto de todas las novedades surgidas en torno a él. Más que difícil directamente imposible, incluso en lo relativo al Spectrum y otros cacharros clásicos, en torno a los cuales surgen continuamente aplicaciones cuya calidad oscila entre lo mediocre y lo directamente infumable, salpicándose todo con alguna que otra cosilla interesante y poco (muy poco a decir verdad) que merezca destacarse. De todos modos no creo perder el tiempo cuando de vez en cuando me da por meter las narices en la cosa esa del Play Store buscando algo que pueda valer la pena y, de paso, llenar de mierda mi teléfono móvil.

8 Bit Music se ahorquilla justo entre lo interesante y lo destacable, porque si bien no estamos ante la primera aplicación para dispositivos móviles que le hace un guiño musical a los viejos rockeros del videojuego, sí que estamos (que yo sepa) ante la primera que reserva un hueco al Spectrum. En concreto uno de los 50 que permiten escuchar todo tipo de música ochobitera extraída de sistemas como la NES o la primera hornada de consolas Sega. Y ahí reside su principal punto débil para los seguidores del Spectrum, porque se trata de un hueco pequeñito que hasta los propios autores de la app ningunean, al punto de que ni siquiera hacen mención a él en la página del producto. Para colmo, la música que podemos escuchar es chiptune actual compuesto con el chip AY del Spectrum 128; nada de música de videojuegos clásicos del Spectrum (al menos durante las varias horas en que he mantenido “sintonizada” la radio hasta hoy) y en relación al Spectrum de 48 Kb nada de nada: ni está ni se le espera. Olvidaros por tanto de rememorar las soberbias melodías creadas a golpe de beeper para juegos como Fairlight, Gyroscope o Stardust. Quienes deseen hacerlo mientras pasan las horas en los atascos nuestros de cada día, deberán hacerle otro guiño a los años ochenta y grabarlas en un CD tras extraer el audio de Internet o de los propios juegos. No sería nada nuevo, insisto: en tiempos yo tuve una o dos casetes con música grabada directamente de mi Spectrum para escuchar en un walkman, de esos que no tenían ni botón para rebobinar. Por establecer una comparación, los fans del Commodore 64 no tendrán ese problema con 8 Bit Music porque en su canal la música de videojuegos clásicos sí que tiene el peso que ha de tener.

Emepetressus Antecessor.

Aunque el mencionado ninguneo al Spectrum suponga un agravio y una mancha evidente para esta aplicación, 8 Bit Music tiene más puntos a favor que en contra, y merece ser tenida en cuenta salvo que uno sea talifán cerril del Spectrum y se niegue a escuchar música de otros sistemas. Ni que decir tiene que los 50 canales disponibles cubren un amplio abanico de gustos, que además podremos disfrutar con buena calidad de audio. La aplicación en sí es muy fácil de usar, pero lo más importante de todo es que es gratuita. A cambio de esto último hay que soportar algo de publicidad, pero su presencia resulta bastante tolerable. En resumen, vale la pena probar 8 Bit Music con sus luces y sombras. Ofrece más que otras apps del mismo estilo que he podido probar, y además a cambio de nada (o casi). Desgraciadamente apenas cumple los deseos que todo buen aficionado al Spectrum esperaría de ella. Es un primer paso, pero tendremos que seguir esperando a una “radio Spectrum” de verdad.

Sam y Dean os desean feliz Navidad

Estos son Sam y Dean, dos gatitos siameses a los que adopté a primeros de noviembre después de que “alguien” (por no decir un hijo de la gran puta) les amputase una pata trasera a cada uno y los arrojase a un cubo de basura para que murieran allí. Los ruidos alertaron a una persona que los recogió y llamó a una protectora de animales. Por si fuese poca prueba de fortaleza haber sobrevivido a una experiencia como esa, superaron una infestación de ácaros y un brote de panleucopenia, enfermedad que en gatitos sin vacunar es mortal en la mayoría de casos. Recuperados contra todo pronóstico, ahora llevan una vida perfectamente normal, y con sus tres patas corretean por casa más que muchos gatos con cuatro.

Con semejante historia de por medio, en cierta forma muy navideña, no es de extrañar que ellos quieran desearos feliz Navidad, y por añadidura un servidor. Pues eso: pasadlo bien y no hagáis el bruto, que no hace falta. Ni con vosotros mismos, ni con nadie ni (por supuesto) con los animales.

Life is a game

La vida es un juego, y más en concreto uno con estética retro.

Es probable que muchos ya conozcáis este vídeo, pues fue publicado hace meses y hasta el momento de escribir estas pocas líneas acumula más de 17 millones de reproducciones en los distintos sitios por donde ha ido rulando. Pero con todo me parece muy simpático, muy entrañable, y por eso y su mensaje optimista encaja como un guante con las fechas en que estamos.