Sin trampa ni cartón

Es lo que hacen quienes toman parte en el mundillo de la demoscene y participan en los numerosos concursos organizados por todas partes en relación con él: mostrar las capacidades de las máquinas con las que trabajan, y de paso mostrar las suyas propias tratando de exprimir esas máquinas hasta el límite (y más allá), sin trampa ni cartón, creando arte en el proceso. Un proceso que raras veces deja mal sabor de boca entre quienes contemplan el resultado final.

La Datastorm 2017, celebrada en Gotemburgo durante el segundo fin de semana de febrero, no fue la excepción. Centrada en los micros de Commodore y en particular en el C-64, que en su día fue el ordenador de 8 bits más popular de Suecia, ha sido una gozada para los afortunados asistentes, quienes pudieron disfrutar con exhibiciones visuales tan formidables como esta, ganadora en su categoría…

…o esta otra, que hizo lo propio en la categoría correspondiente al Commodore Amiga, sorprendiendo a la concurrencia (y seguro que provocando algún ataque epiléptico también):

Ni que decir tiene que ambas son excepcionales, y que si en el salón de casa tienes una smartTV del tamaño de un diplodocus (algo ya habitual, por otra parte) el espectáculo está garantizado.

Molicie

Antes de nada, y por si algún integrante de la “generación mejor formada” está leyendo esto, aclaremos:

Molicie
Del lat. mollities.
1. f. Blandura de las cosas al tacto.
2. f. Abandono invencible al placer de los sentidos o a una grata pereza.

En un fin de semana presidido por el frío, el viento y la lluvia, no apetece hacer absolutamente nada que implique trabajar. Incluso escribir artículos para la web (lo que no deja de ser trabajo, después de todo) se hace cuesta arriba y uno prefiere abandonarse a la molicie. Una molicie a la que invitan enlaces como el que descubrí hace unos días en una de las páginas “retro” que suelo visitar de cuando en cuando.

El título del post original lo dice todo: Descarga 5.000 juegos de Commodore 64. El paquete ocupa casi dos gigas y medio pero está almacenado en Mega, lo que garantiza que no moriremos de viejos esperando a que concluya la descarga. Una vez descomprimido y conjuntado con un buen emulador como VICE o similares tendremos acceso al material suficiente para que cualquier tarde invernal se pase en un suspiro. No cabe añadir más, sólo abandonarse a la molicie. Y disfrutar como enanos. A la mierda el trabajo.

El Uno, el Dos y el Tres

En 2016 Radio Televisión Española (RTVE para abreviar) cumplió sesenta años de emisiones y lo celebró como cabía esperar, aunque más modestamente que con las bodas de oro celebradas diez años antes. En aquella ocasión, en medio de la (falsa) prosperidad generada al calor de la burbuja inmobiliaria, el ente público llegó a montar un canal ad hoc (el llamado Canal 50), que con YouTube en mantillas y el archivo digital de RTVE todavía inexistente, permitió redescubrir una televisión mitificada por efecto de la desmemoria y que fue, es y será fiel reflejo del país que la sustenta: rancia, pacata y sumamente miserable incluso más allá del aspecto visual de buena parte de su producción.

Adalides de la excelencia.

En el compendio de adjetivos calificativos anteriormente expuesto tienen cabida hasta los programas más totémicos de la cadena. Incluyendo el que tal vez sea el más “totemizado” de todos: Un, dos, tres… responda otra vez, que en el Canal 50 se emitía los viernes por la noche, igual que durante sus mejores días en TVE. Un programa del que, por causa de la antedicha desmemoria (capaz con el tiempo de convertir el plomo en oro), se ha olvidado hasta su verdadera autoría, la cual no corresponde (al menos no del todo) con la persona a la que habitualmente se atribuye sino al que acabaría siendo su primer presentador.

El peruano Kiko Ledgard había alcanzado la fama en su país gracias al concurso Haga negocio con Kiko, basado a su vez en un original de la tele norteamericana. Emigrado a España por la difícil situación que atravesaba Perú al inicio de los años 70, empezó a trabajar en TVE y allí conoció a Narciso “Chicho” Ibáñez Serrador, emigrado a España como él, que durante los años sesenta había despuntado como realizador y que tenía muy buenos contactos en la empresa. Chicho mostró su interés ante la propuesta de Ledgard para adaptar Haga negocio con a la televisión española, añadiéndole un batiburrillo de ideas propias junto a otras tomadas de su etapa como realizador televisivo en Argentina. Así fue como nació Un, dos, tres, que empezó a emitirse en 1972 y de inmediato se convirtió en un fenómeno sociocultural, reflejo en cierta forma del proceso de apertura iniciado durante los últimos años del franquismo y acelerado posteriormente durante la Transición, resumido con genialidad en una frase de tan solo cuatro palabras atribuida al ínclito Manuel Fraga: sexo sí, política no. Así, mientras las fuerzas del orden reprimían con dureza a quienes se manifestaban exigiendo derechos tan básicos como el de poder ir a la huelga, Un, dos, tres se convirtió en uno de los primeros programas de la televisión española con un plantel de lozanas y pizpiretas jovencitas mostrando cacha, regular y puntualmente cada semana, a un público que hasta poco tiempo atrás consideraba de lo más erótico la sola insinuación de un tobillo femenino. Eso bastaría para explicar el inmediato éxito del programa, pero dejando a un lado el sarcasmo cabe reconocer las virtudes de un formato que, pese a haber envejecido fatal como bien pudo comprobar Chicho en su último intento por resucitarlo en 2004, fue un referente durante las décadas de los setenta y ochenta, llegando TVE a venderlo a otras televisiones europeas donde el programa, igualmente, funcionó muy bien.

La edición británica, titulada con sorna 3,2,1, fue la más popular junto a Dusty, el simpático cubo de basura que hacía las veces de mascota.

Tras unos años de parón al final de la década de los setenta, motivado entre otras cosas por el alto coste de cada programa en medio de una coyuntura difícil para RTVE, el regreso de Un, dos, tres a partir de 1982 marcó su época de mayor popularidad. Ver el programa se convirtió en un ritual para millones de familias, y la aparición de Mayra, las Tacañonas y demás troupe cada viernes noche señalaba el inicio del fin de semana, transportando al público a un mundo que para algunos era casi mágico. Años después servidor de ustedes tendría la ocasión de asistir a la grabación de unos cuantos programas sólo para constatar que lo único realmente mágico en aquel opresivo y exigente tinglado era Silvia Marsó, de la que me enamoré al instante nada más cruzar con ella dos frases. Ya les hablaré otro día acerca de mis aventuras en televisión, cuando venga a cuento y me apetezca.

Cualquier excusa es buena para poner una foto de Silvia Marsó.

Así llegamos a los últimos estertores de 1983 y los primeros de 1984. Con el Spectrum gozando de un éxito creciente en España y el Un, dos, tres establecido como el programa por antonomasia de TVE (que, recordémoslo, era la única televisión existente), la idea de trasladar el concurso más popular al ámbito del ordenador doméstico más popular parecía bastante lógica pese al reto que suponía. En este punto cabe hacer un inciso antes de acometer la valoración de un juego que seguro muchos de ustedes conocerán al menos de oídas, y que ha sido tildado de mierder por unanimidad, que no directamente aclamación. A la hora de valorar un hecho histórico (y este juego lo es) conviene hacerlo desde la perspectiva adecuada y no “porque si”: a finales de 1983 el Spectrum acababa de aterrizar en España y no existían ni los mimbres de lo que años más tarde se convertiría en la segunda potencia europea del software, sólo por detrás de la Gran Bretaña. Siendo el Spectrum un ordenador nuevo tampoco había buenos programadores, o al menos programadores capaces de exprimirlo al cien por cien. Ni siquiera en el país natal de la máquina, donde llevaba a la venta apenas año y medio y los juegos capaces de mostrar su potencial eran la excepción, no la norma.

Definiendo el adjetivo “casposo” en toda su magnitud y con una sola imagen.

En este contexto, alguien vislumbró la posibilidad de trasladar a un ordenador como el Spectrum un formato televisivo de estructura compleja y realización muy costosa. No contento con eso, pretendía que el carácter participativo del juego no quedase circunscrito al hogar del comprador de la cinta y sus amigos, sino que buscaba montar un concurso a nivel nacional, con reparto de premios y los participantes interconectados de alguna forma. Ni que decir tiene que Internet ni estaba ni se esperaba (1983 / 84, recuerden) y apenas existía prensa especializada que, como tal, permitiese aglutinar en torno suyo a los jugadores y mantenerlos en contacto. Para colmo el Spectrum, además de nuevo, era muy caro en España gracias a los emprendedores que acaparaban su distribución, siempre dispuestos a sacrificarse para hacer avanzar el país. Por ello, y contra la tendencia observada en Inglaterra donde el Spectrum de 16 Kb estaba siendo desplazado a marchas forzadas por el modelo mayor de 48, muchos compradores aún escogían la variante más económica. Si se quería que el concurso tuviese la debida repercusión, había que contar también con los poseedores del Spectrum “pequeño” y eso limitaría sobremanera al programador. Los obstáculos parecían insalvables, y pese a todo alguien se atrevió a afrontarlos. ¿Exceso de audacia? ¿De confianza? ¿Desconocimiento de las limitaciones (muy limitadas) del Spectrum? ¿Estupidez, lisa y llanamente? No en vano aquello equivalía a competir en las 24 horas de Le Mans conduciendo un Seat Panda. Nunca lo sabremos, pero el caso es que el juego se hizo y se puso a venta, además con el apoyo de TVE y con una versión exclusiva para el mercado inglés, donde 3,2,1 era seguido con fidelidad por millones de personas. Un, dos, tres fue la primera superproducción de software español.

Continuará… un día de estos.

Jugar, jugar, jugar y jugar

Y después jugar y jugar y jugar y volver a jugar. Parafrasenado al mítico Luis Aragonés, existen pocas formas mejores de pasar una gélida tarde de domingo que apoltronándose en el sofá para jugar frente al teclado, el joystick o el pad. O todo a la vez, si juegas en compañía y se da la ocasión. Es lo que nos proponen páginas como My Abandonware, que entre sus más de 10.000 juegos disponibles para descargar incluye un buen puñado de clásicos del Spectrum, si bien su fuerte reside en los juegos para PC, con Doom II encabezando las descargas. No es para menos: con dos ordenadores de medio pelo conectados en una sencilla red doméstica se puede armar la marimorena, y de paso tener algo con lo que presumir al día siguiente ante quienes se limitan a ver pasar la vida frente a sus ojos con galas de GH Vip

Entre los juegos disponibles se encuentra esta pequeña joya.

ZEsarUX 4.2

De esta forma tan simple cabe titular el post de hoy porque no tiene sentido hacerlo de otro modo. No es esta la primera vez (ni la segunda, ni la tercera) que reservo un espacio en la web para este emulador que, desde que pude probarlo con la versión 3.0 (la primera para Güarrindows), ha ido mejorando de forma ostensible gracias al desvelo de su creador, César Hernández Bañó. En realidad esta nueva versión de ZEsarUX fue anunciada a primeros del pasado mes de diciembre, pero hasta ahora me había sido imposible verla y quería hacerlo antes de opinar nada, porque yo soy así. Orgulloso de llegar tarde a las últimas noticias, calcando el lema del periódico digital CTxT.

                                          -“Malas noticias: los italianos han invadido Etiopía”.                                                                                                 -“¡Pero si eso ocurrió en 1935!”                                                               -“Quería investigar la información antes de publicarla”.

Desde aquel primer contacto con ZEsarUX hace ya dos años, los progresos de su autor se han visto recompensados y puede afirmarse que estamos ante, quizás, el mejor emulador gratuito para ordenadores PC que existe en la actualidad, ofreciendo además muchas características no incluidas en productos de pago. No es sólo por la enorme cantidad de máquinas que puede emular (su aspecto más destacado y que en esta versión añade dos más a la lista), sino por los numerosos detalles a nivel interno y externo que convierten a ZEsarUX en una auténtica navaja suiza dentro de esta clase de programas, válida para un amplio espectro de usuarios, desde quienes únicamente deseen pasar un rato jugando hasta aquellos que busquen un entorno de pruebas para desarrollo y no tengan a mano un Spectrum (o un SAM, o un CPC, o un…) de verdad. Adjuntaré a continuación un copypaste de las novedades, no tanto con la idea de informar sobre ellas como de alargar (artificialmente) el articulo y mejorar así su posicionamiento SEO:

Agregada máquina Spectrum 48k Spanish
Agregada máquina Pentagon 128
Agregado reproductor de archivos .ay de Spectrum y CPC
Agregado AY Piano menu para ver notas musicales mientras suenan
Agregado emulación Turbosound
Agregado emulación ZX Dandanator! Mini
Agregado emulación del Superupgrade
Agregado emulación experimental de 8-bit simple IDE
Agregado soporte para tarjetas de memoria de Z88 híbridas (RAM+Eprom)
Agregado traps de captura de texto para TBBlue, CPC464, Sam Coupe
Agregado nuevos modos de video de Prism: 256×128, 128×128, ambos a 256 colores, y 4 plane 256 colour mode clashless
Agregado estilo de GUI Sam Coupe GUI
Agregado soporte de drivers de texto para Sam Coupe (curses, stdout, simpletext)
Agregada opción para desactivar colores en spectrum (establece blanco y negro)
Agregada opción para desactivar sonido de carga de cinta
Agregada opción para cambiar RAM interna de DivIDE/DivMMC
Agregado browser para cintas
Agregado browser para tarjetas de memoria de Z88

Corrregida lectura de puertos 2ffd y 3ffd y bloqueos de +2a/+3 con real video habilitado
Corregidos registros al arranque en un cold start
Corregido fallo en Z88 al hacer smart load y todo los slots se expulsaban
Corregido gestión de símbolos (. , : / – + < > = ‘ ( ) “) en menú para maquinas: Z88, CPC, Sam Coupe
Corregido activación de dispositivos de memoria y debug, ahora puedes habilitarlos o deshabilitarlos en el orden que quieras
Corregido desactivación de divmmc/divide al hacer smart load
Corregido dibujado de algunos items de menú que se refrescan continuamente: waveform, ay registers, cpu stats, debug cpu, visualmem
Corregido emulación del ZXpand en ZX80

Menú mejorado. Ahora todos los settings están en un menú aparte
Debugger mejorado:
* Se pueden desactivar breakpoints individualmente
* Los breakpoints se disparan por defecto cuando la condición cambia de falso a verdadero. Y sólo vuelven a dispararse cuando la condición cambia de verdadero a falso y falso a verdadero

Mejorado dibujado de scalines. Algunas demos que hacen cambios de página (RAM 5&7) en un scanline ahora ya funcionan bien
Mejorada ventana de contenido de texto. Ahora se muestra un símbolo de progreso (*)
Mejorado valor que retorna el floating bus

Actualizada rom del Z88 a OZ V4.6.2
Actualizada Flash de ZXUno e imagen de MMC a los que lleva la campaña de crowdfunding. Ahora la imagen de MMC se llama “zxuno.mmc”
Actualizada emulación del TBBlue para usar los nuevos puertos I/O
Otras correcciones y mejoras

Si alguna destaca sobre todas es la inclusion de un reproductor de ficheros AY, el clásico formato en el que suelen guardarse las melodías de juegos para Spectrum y Amstrad, que incluye a su vez un analizador espectrográfico y una curiosa suerte de “pianola electrónica” capaz de mostrar las notas de una melodía mientras suena. Esto significa que ya no hará falta disponer de un reproductor específico si nos bajamos de WOS la música de nuestros juegos preferidos para escucharla en el PC. O incluso en la tele si nos es posible (conectando ambos aparatos por ejemplo), algo que dicho sea de paso mola un millón.

“El Mundo del Spectrum”: buenas intenciones y poco más

No será esta la primera vez que me refiero a un curioso fenómeno: la “burbuja” experimentada por la retroinformatica desde hará unos dos años. Una burbuja que, como todas, tiene bastante componente especulativo y antecede a la inminente desaparición del modelo de negocio (o como quieran llamarlo) que lo sustenta, y que en lo referente al terreno que a nosotros nos interesa ha propiciado una auténtica avalancha de libros y hasta desarrollos hardware como el Spectrum Vega y sus diversos competidores. Se trata de un fenómeno inaudito porque, a diferencia de otras burbujas de la historia reciente, no existen circunstancias asociadas a su aparición. La burbuja especulativa que antecedió a la Gran Depresión fue motivada, básicamente, por la escasez de control bursátil; avanzando hacia un momento más actual, la burbuja inmobiliaria española se desencadenó durante una época de créditos baratos unida a la desregulación del suelo, que aumentó la demanda de pisos y, consecuentemente, infló los precios. En el caso de la retroinformatica, fenómenos como el revival de los 80 hace tiempo que son cosa del pasado. La vorágine en la que estamos inmersos habría tenido sentido a mediados de la pasada década, cuando a la gente le dio por escuchar el mismo MP3 de Mike Oldfield emitido en bucle por Kiss FM y presumir de que los ochenta, años nefastos en su conjunto, fueron en realidad los más guays de la historia humana porque Michael Jackson lo petaba y todo el mundo iba por la calle vestido como un mamarracho. En un escenario como ese, ordenadores como el Spectrum apenas tuvieron presencia ni fueron reivindicados pese a constituir un fenómeno social. Hoy los ochenta están entre eso que los chavales señalan burlonamente como “cosas de papá y los abuelos”, y sin embargo se han publicado más libros relacionados con la informática clásica que nunca desde que el Spectrum feneció comercialmente en 1993. Eso si nos ceñimos al material literario, que oferta numerosas opciones para cualquiera que desee ser visto por sus congéneres como un tarado ajeno a este planeta.

Ejemplo de lector habitual de libros sobre retroinformática.

En medio de tan extraña situación llega El Mundo del Spectrum. O más bien llegó, pues su lanzamiento tuvo lugar hace unos meses arropado por la editorial Dolmen y por la página web de la que toma el nombre, una de las de mayor solera en relación al Spectrum por cuando lleva funcionando veinte años (aunque no ininterrumpidamente) habiéndose ganado una nutrida comunidad de seguidores, para quienes sin duda el libro presenta un atractivo potencial que va incluso más allá de su temática. Cuentan los autores, el cuidado aspecto exterior e interior y un detalle en apariencia baladí pero con un peso específico notable: está escrito en castellano a diferencia de casi todos los libros de esta clase, escritos en inglés y por tanto bastante inaccesibles en un país como España, donde el conocimiento del idioma entre la inmensa mayoría de la población jamás ha abandonado (ni abandonará) niveles subterráneos.

Están el First Certifícate, el Advanced Certificate, y luego está el Botella´s Certificate.

El Mundo del Spectrum lleva a cabo un recorrido por la historia del ordenador desde sus antecedentes y su gestación hasta el momento actual, incluyendo fichas de empresas de software, programadores y videojuegos más famosos, y dedicando un tramo importante al software español, algo lógico por otra parte dado el origen del libro. En contraposición a la web, cuyo estilo de redacción oscila entre lo simplemente aceptable y lo directamente deficiente (incluyendo titulares entre signos de admiración que evocan al periodismo sensacionalista más chabacano), el trabajo editorial logra aquí subir el listón al mínimo exigible en una publicación profesional a la venta por 23 euros, si bien todavía se cuelan algunas erratas de bulto y errores en localizaciones y fechas, mientras que algunos párrafos parecen traducidos literalmente de la fuente original en inglés. Con un descaro indudéibol, el libro llega a “fusilar” fragmentos de artículos publicados en revistas de época. Pueden leerse las páginas 18 y 19 y comparar su contenido con las páginas 6 y 7 del número 26 de la revista ZX (que se puede leer gratis aquí); un artículo basado a su vez en otro publicado por la revista británica Sinclair User, de la que la publicación española tenía los derechos. Cierto que el texto está “reformulado” para ocultar su origen (sin duda de forma algo tosca), pero la inspiración del mismo está ahí. Por supuesto no se menciona la fuente por ningún lado, no sea que haya que terminar pagando derechos de autor y la caguemos. Algo digno de un país como España, en el que este tipo de prácticas se denominan “periodismo de investigación”. Con todo, podríamos tratar esto como pequeños errores que deslucen el resultado conjunto, pues no son los defectos más graves que presenta el libro a mi modo de ver. Y no me refiero a la alegría con la que los autores utilizan el término “emprendedor” a lo largo y ancho del mismo; una alegría que en ocasiones invita a aflojar la risa, por cuanto esta palabra ha terminado adquiriendo (merecidamente) connotaciones peyorativas entre buena parte de la opinión pública española.

El Bellotagate como ejemplo del clásico emprendedor español.

Descartando el tramo inicial, que es con diferencia lo mejor del libro al centrarse en los orígenes de Sinclair, poco conocidos y documentados, El Mundo del Spectrum viene lastrado por la nostalgia gratuita que impregna sus textos y hace que en muchas ocasiones adquieran un tono pueril. La misma nostalgia que hace que a algunos todo le parezca color de rosa sólo por encuadrarse en sus recuerdos de la niñez. Está muy bien eso de echar la vista atrás y rememorar tiempos pasados, pero la idea pierde su lógica despojada de la visión realista y el sentido crítico que debería tener en una obra supuestamente dirigida a un público adulto. En este aspecto, la parte más floja es sin duda la que gira en torno a la historia del Spectrum en España y la tan cacareada “edad de oro” del software español, en el que los mencionados defectos (candidez y ausencia total de crítica) se agravan hasta alcanzar límites francamente irritantes. No es de recibo, por ejemplo, dedicar páginas enteras a glosar la historia de El Corte Inglés usando un estilo próximo al de un publireportaje y obviando detalles como que la empresa, haciendo honor a su condición cien por cien española, abusaba de sus clientes vendiendo el Spectrum al doble de su precio original en Inglaterra. ¿Quieren otro ejemplo? Cuando Sinclair puso a la venta el Spectrum+ a finales de 1984, comercializó también un kit por el que los usuarios del viejo Gomas podían convertirlo en + de forma sencilla, en su propia casa y por solo 6.000 pesetas (unos 30 €) al cambio. En Españistán, quien quisiera hacer lo mismo debía mandar el ordenador a Investrónica (filial de electrónica de El Corte Ingles, que ostentaba en exclusiva los derechos de distribución de Sinclair en el país), pagar el doble (12.000 “pelas”) y esperar pacientemente durante semanas a que el ordenador le fuese devuelto. En un país donde los derechos de los consumidores brillaban (y aún brillan) por su ausencia, no cuesta imaginar el embrollo que suponía reclamar ante cualquier incidencia. Pero nada, son cosillas sin importancia que no emborronan la inmaculada trayectoria de una empresa ejemplar.

San Ramón Areces, cofundador de ECI y responsable de su época de mayor esplendor.

En resumen, nos encontramos ante una obra bienintencionada y complaciente, alejada de la calificación de “excepcional” que me he encontrado en algunos sitios y que no llamará la atención de aquellos mínimamente versados en la historia del Spectrum, pues su visión resulta demasiado superficial, limitándose a mostrar un compendio de tópicos y lugares comunes sin mayor interés. Un libro cuya propuesta es similar a que hace por ejemplo Yo fui a EGB, cuyo origen reside también en una página web y en el que el contenido, apoyado en la nostalgia barata con olor a naftalina, es un mero gancho comercial. Pese a todo, sería injusto considerar a El Mundo del Spectrum como un mal libro que no vale la pena. Con sus deficiencias, puede servir como “primer escalón” para aquellos que quieran introducirse en la historia de una máquina tan fascinante como maltratada a lo largo de décadas (incluso por quienes se vanaglorian de conocer al dedillo la historia de la informática y los videojuegos). Gente que no pueda (o no quiera) leer en otro idioma que no sea el castellano y tenga redaños para desembolsar los 23 euros que cuesta. Una cuestión, esta última, nada trivial y que hay que considerar detenidamente, siendo este de un libro de apenas 220 páginas con predominio del contenido visual y que por tanto se “ventila” con suma rapidez. Más allá de ese primer paso sale más a cuenta valorar otras opciones, y preferiblemente en inglés.

Un youtuber resumiría así el libro y su esencia.